Facetas


Olga Lucía Jordán, la artista detrás de sus retratos

Por el lente de Olga Lucía Jordán ha pasado la historia del arte de Colombia durante los últimos cincuenta años. Es la memoria de 380 artistas.

GUSTAVO TATIS GUERRA

20 de enero de 2020 11:43 AM

A Olga Lucía Jordán no se le ha escapado nadie. Ha ido a los rincones más recónditos del país y del mundo a fotografiar a los artistas de Colombia. En más de medio siglo de pasión por la memoria, ha captado a 380 artistas, cuyos retratos cuentan no solo la historia de más de cien años de arte nacional, sino el instante en distintos tiempos en que ese mismo artista, aun con las pocas hebras que le deja la embestida del tiempo, es reconocible por su alma y su temperamento, gracias al retrato de Olga Lucía.

La suya no es solo la hazaña de ser y de haber sido en más de medio siglo la fotógrafa de los artistas, sino la artista sigilosa y discreta detrás de su propio lente. Ella no retrata rostros ni cuerpos, retrata espíritus y espera que la luz que emana de los seres no sea perturbada por la otra luz que entra por las ventanas.

“Lo que yo hago es pintar cuadros con la cámara”, me dice en este atardecer de enero en Cartagena y lo descifra sílaba a sílaba: foto es luz y grafía es dibujo. En suma, un diálogo con la luz. Porque al decidirse por la fotografía ya Olga Lucía había iniciado el camino de la pintura en 1969, cuando entró a estudiar arte en la Universidad Nacional. Lo que pintaba en aquel entonces al óleo y en acrílicos eran ventanas. Nació en Riosucio, Caldas, vivió desde pequeña en Quindío y luego en Bogotá.

Su primera exposición de 1979 fue sobre los Derechos del Niño, en medio centenar de imágenes que ilustraban en diez fotos cada derecho.

Poco tiempo después descubrió que podría expresarse mejor en la fotografía que en la pintura.

Retratar a Obregón

Alejandro Obregón no quería que lo fotografiaran. Consuelo Mendoza encomendó la tarea a Olga Lucía Jordan para la portada de Diners, pero cuando ya el tiquete aéreo estaba comprado para Cartagena, y cuando todo parecía fluir, el artista le dijo a la fotógrafa que se iría de viaje. Olga Lucía tocó el timbre y Sebastiana, la muchacha que trabajaba en el servicio doméstico, le abrió. En el portón, Obregón le dijo: “No me gustan las fotos”. Se sentaron, tomaron un café, Obregón la invitó a almorzar, y al final dijo: “Quedas en tu casa. Voy a hacer la siesta”. “¡Ay, maestro!”, dijo en un suspiro Olga Lucía ilusionada en fotografiar a Obregón en su estudio y muy cerca a esa ventana descrita por García Márquez, en cuyos barrotes entraba el Caribe. Pero al mirar las ventanas de la casa vio que estaban cerradas y una de ellas, cruzada por unos maderos clavados.

Al despertar, Obregón la invitó a entrar a su taller y ella percibió la luz radiante que entraba por la claraboya y dejaba sombras en el rostro del artista. Le hizo 36 fotos. Pero el artista le pedía que no le hiciera más a él, sino a una flor que había traído del África, que fotografiara al canario y a las sillas de mimbres. Mientras hablaba, fumaba su cigarrillo y bebía sorbos de cerveza. Le preguntó: “¿Ya terminaste?”. Aún faltaban tres para acabar el rollo de la cámara cuando Obregón le dijo: “¡Apúrate! ¡Se viene el agua! ¡Va a caer un aguacero!”. Y certero fue porque al terminar la tercera foto se desgajó el aguacero.

Luis Caballero, huidizo

Tal vez el más difícil de los 380 artistas que ha retratado fue Luis Caballero cuando llegó a París tras 20 artistas colombianos.

“Caballero, neurótico, provocador, con una acidez, fue evasivo y se negó a responder innumerables llamadas, hasta que un día respondió y me citó a las 6 de la tarde en su estudio. Llegué cinco minutos después y me regañó. Le expliqué que vivía lejos, y me dijo: ‘Qué pena, ¡ese no es problema mío! ¡Soy marica, pero no loca!’.

“Me preguntó a quiénes más estaba fotografiando y al mirar la lista hizo un gesto, preguntó quién financiaba el libro y quiénes faltaban. Dijo que algunos de los que aparecían allí pintaban con los pies. Y que, al ver la lista, sobraban artistas. Me dijo: ‘Si te llevas los seis gatos que tengo, me dejo fotografiar. Fue el que menos me colaboró. Pero, al ver sus fotos, me dijo: ‘¡Me gustan!’. Un día me regaló un dibujo, un monotipo de 70 x 90 dedicado”.

Retratar espíritus

Enrique Grau estaba esperando a una modelo poco después de las fotos y dijo: “Se está acabando el tiempo”. Le encantó que le hiciera la foto cerca a su autorretrato con un suéter a rayas azules, rojas y amarillas que encontró en Nueva York. Le hizo otras a una de sus mariamulatas en el mar y es como si el artista estuviera saliendo de su propio cuadro. No hay un solo retrato de Olga Lucía que no integre al artista con su obra o con sus propias emociones y sentimientos. El día que iba a fotografiar a Carlos Rojas, el artista le dijo: “Le advierto que soy neurótico”. Con el tiempo, se convirtió en un gran confidente y amigo. Retratar a Álvaro Barrios en su estudio fue una fiesta. Cada objeto de su estudio es una obra de arte pintada por él. Al final, salieron a hacer la foto en la que Álvaro eleva una cometa que es la misma Remedios la Bella ascendiendo al cielo. “Ese día me dejó el avión por tanto ver maravillas en el estudio de Álvaro Barrios”. Fue alumno de Jorge Elías Triana, y ahora ella está en el apartamento de su hija, Gloria Triana. Recuerda que al retratarlo, él salió al mar, vestido de blanco y llevó su flauta. Alfredo Guerrero y Cecilia Delgado han sido retratados en distintos tiempos, en más de tres décadas. En todos estos retratos, los dos artistas parecen salir de sus propias obras. Alfredo recostado junto a sus modelos pintadas y Cecilia muy cerca del pan dibujado sobre una sábana blanca. Pan real y pan dibujado se confunden.

Epílogo

Olga Lucía Jordán tiene 35 mundos tematizados en su larga trayectoria como artista, en la que hay serie de ventanas de todo el país, escaleras, paisajes, hojas, flores, etc. En algún momento quiso regresar a la pintura, pero supo que lo suyo era el arte de dibujar con retratos.

“Uno no madura ni evoluciona con los años sino con el trabajo”, me dice. Los artistas son uno de sus 35 mundos.

Cada retrato es una síntesis de historia personal que retrata a su vez, el arte y la vida misma. El peor momento para hacer fotos es el mediodía. La mejor luz es de las cinco de la tarde.

Es la hija de Elena Calvo de Jordán, profesora que le gustaba inventar veladas teatrales, escenografías y maquillajes.

Es la hija de Clodomiro Ayala, comerciante. Los dos sembraron en ella, tal vez sin intuirlo, una vocación, un destino artístico.

Le encantan los espejos, los reflejos y las sombras. Tiene la paciencia del que espera el más oculto de los milagros.