Orfelina, en la selva de cemento

04 de junio de 2017 08:00 AM

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Bien decía Héctor Lavoe que “la calle es una selva de cemento y de fieras salvajes, cómo no”... Orfelina Terán Caicedo es una mujer de perrenque que a veces enfrenta algunas ‘fieras salvajes’. No cabe duda. Es de temple, valiente, y no se amilana por casi nada.

Lo demuestra precisamente en la calle, cada día, todos los días. Con su uniforme de azul turquí, con el silbato o con un grito, intenta poner el orden. Hacer cumplir la ley. Educar, por más testarudos y desafiantes que sean los infractores.

Acaba de terminar un operativo en el barrio El Paraguay, ya dirige otro en Nuevo Bosque y planea el próximo de la mañana, en cualquier otro punto de Cartagena. Su día comienza a las 6 a. m., pero antes de salir a la calle deja su corazón guardado en casa. Tiene que hacerlo.

“Toca, porque, si te das cuenta, Cartagena se está volviendo un caos y tenemos que contrarrestar eso. Contribuimos a frenar un poco la inseguridad, la idea es que se ejerza control. Implacable no, simplemente es que todos tenemos necesidades y si nos vamos a traer el corazón a la calle no hacemos nada. Hay una parte humana que uno nunca va a perder, que es el servicio a la comunidad. Pero, independientemente, hay un ejercicio de autoridad que prima ante todo”, explica, al tiempo que llena un comparendo.

Entonces se aparece frente de la agente, un motociclista pidiendo caridad y apelando al corazón que Orfelina ya dejó guardado en casa.

-Tú eres el que dejó los papeles y se voló con la moto.
-Sí, yo nunca hago eso, pero ajá, me puse nervioso y me fui, porque imagínese, cómo hago para trabajar sin la moto. Pero aquí estoy.

***
Pero devolvámonos un poco en el tiempo. La vida no ha sido tan fácil para Orfelina, alguna vez la muerte se paseó muy de cerca de su casa, analizó detalladamente su vida. Por fortuna decidió no llevársela, pero ese suceso sí la dejó tan marcada que aún lo recuerda con lágrimas.

Hizo parte del primer grupo de diez mujeres que ingresaron a formarse como agentes de Tránsito, en 1992. “Duramos ocho meses preparándonos en teoría y práctica, salíamos a la calle a regular con una camiseta blanca, con jeans y la gorra del Datt. De esas solo quedamos, otra, que se llama Arelis, y yo. Otras terminaron desertando de la vida de tránsito. Es que es muy difícil porque a uno todos los días lo amenazan, pero hay que ejercer la autoridad”, dice.

Estando en el Tránsito, abrieron una convocatoria en la Policía Nacional a la que Orfelina quiso aspirar y lo hizo con decoro. “Cuando llego a la convocatoria de la Policía uniformada de tránsito, una teniente me dijo:’Tú vas a ser policía’, y sí, se dio todo, pasé a la incorporación. El 1 de septiembre de 1994 ingresé y pasé cinco años entre San Andrés y Bogotá”.

En San Andrés perteneció a la Sipol y fue secretaria aeroportuaria, por su carrera técnica de secretariado bilingüe. Pero cuando ya había hecho cuatro cursos y estaba esperando el ascenso, se retiró de la Policía.

“Porque no quise cumplir un traslado a Mocoa. Salí de ahí, quise ingresar a la escuela de formación del Inpec, pero ya tenía los 24 años cumplidos, no podía. Entonces ingresé como guardiana Distrital, a la cárcel de San Diego, donde duré tres años comandando la guardia, fui vigilante de guardia por tres años en Ternera”.

Orfelina detiene su relato. Le es inevitable no desmoronarse un poco. Esa mujer fuerte y temperamental ahora muestra instantes de sensibilidad, las lágrimas desbordan sus ojos, pero se seca sus mejillas con las manos y prosigue...

“En 2005 tuve un impasse con unos internos, a los cuales casi que miércoles y domingos, les cogía familiares con droga. Allá había un estímulo, el que más decomisos hiciera se ganaba el compensatorio, me gané la fama de que era la que más decomisaba.
“Me mandaron a matar. Organizaron macabramente con unos señores de Nelson Mandela para que me hicieran la vuelta, como dicen por ahí. A Dios gracias, esos señores, dijeron que por ese motivo no, porque yo no estaba haciendo nada malo, yo tenía mi hija de un año.

“A la semana esos señores cayeron por porte de armas en la antigua Loma del mercado, me tocó llevarlos a indagatoria. Casualmente pasamos por la casa donde vive mi papá y uno de los señores me dice: ‘Ve, ahí está tu papá en la puerta’. Ya tenían todo, habían hecho seguimiento de todos mis recorridos. Ellos me dijeron: ahora que lleguemos a la Fiscalía te damos una versión, delante de la fiscal contaron todo”.

Aunque en la cárcel habían tomado medidas para su seguridad, ella solo se enteró de lo que pasaba cuando los sujetos entregaron esa información a las autoridades. “Yo sentí que eso era como una lesión de vida”.

***
El impasse con los reos le causó una crisis de nervios que superó con esfuerzo. Dejó eso atrás. “Me fui a trabajar como vigilante, fui de las primeras mujeres que entraron a trabajar como vigilante en los colegios en 2010”, narra. Y como buena hija, regresó a casa.

En 2015 se abrió una convocatoria y Orfelina concursó para regresar al Tránsito Distrital, donde hoy es coordinadora de grupo operativo. “Ahí tú escuchas historias de vida, pero también tienes que hacer cumplir la norma. Hay gente que viene con que estoy enfermo, con que tiene al hijo enfermo, con que está desempleado. Con uno y otro cuento”.

¿Cómo eres fuera de tu trabajo? ¿Cómo eres en tu casa?
-Psicorrígida. Bastante, yo pienso que la formación militar nunca se pierde. Y en estos momentos, como está la ciudad y como está el mundo, toca que uno a los hijos les dé responsabilidades. En mi casa no hay muchacha de servicio, la muchacha de servicio somos yo y mis hijas, tengo dos niñas de 10 y 14 años.

¿Qué hace en su tiempo libre?
-Descansar, dedicarme a mis hijas. He hecho de mi casa un templo. Ya después que entro no hay más salidas, a menos que sea un caso muy excepcional. Mis hijas están felices con mi trabajo, cada vez que me dan una condecoración…  ah, espera, no te mostré la foto, me condecoraron la semana pasada y a varios compañeros también, el Día del Agente. La parte operativa, que es la mía, se ha destacado gracias a Dios. Chévere, muy bonito. Eso lo emociona a uno.
Hay un espíritu de comunidad que nace con uno y un principio de autoridad que uno forma y uno muere uno con ese espíritu.

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