Orlando Díaz Daza, un científico tocado por el acordeón

28 de abril de 2019 12:00 AM

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Si a alguien se debe Orlando Díaz Daza es a su padre, Argemiro Díaz, un hombre estricto y trabajador a quien se le ocurrió que su hijo debía ser un gran médico.

Hace más de 50 años, una numerosa familia de San Juan del Cesar se mudó a Maicao, en La Guajira, a buscar una mejor vida. Argemiro, el patriarca, era un comerciante con mucho empuje que montó una pequeña colmena para sostener a sus ocho hijos. Eran humildes, pero los pequeños nunca se dieron cuenta de ello porque nunca les faltó la comida y porque su padre se esforzaba por hacer hasta lo imposible con tal de que todos estudiaran.

En Maicao, el colegio solo tenía hasta cuarto de bachillerato (noveno grado), así que don Argemiro montaba a sus hijos en una chiva (los buses de la época) y viajaban 18 horas en carretera, para cursar quinto y sexto -como se decía entonces- en Bucaramanga, aun habiendo ciudades mucho más cercanas. Orlando aún no entiende por qué.

Él era el sexto hijo de Argemiro Díaz y Olga Daza, y, de todos, tal vez el único al que su papá le había escogido profesión. “Siendo muy niño decía que yo iba a ser abogado, porque él siempre quiso ser abogado, hasta que un día, en el periódico, vi una noticia de un abogado asesinado porque metió a alguien a la cárcel, que se escapó y lo mató. Así que dije que eso no lo iba a estudiar”, cuenta Orlando.

Su hermanos optaron por la medicina, ingenierías, bacteriología, derecho y arquitectura, pero él quería estudiar ingeniería porque se consideraba muy bueno con los números. En cambio, su papá pensaba que era muy buen estudiante y que lo mejor sería estudiar medicina. “Yo pensaba en ese poco de nombres raros, no sabía cómo me iba a aprender todo eso, lo veía muy complicado. Él me insistía en que me veía como un médico, y yo en realidad no sabía si me gustaba o no, pero consideraba que era un buen consejo de mi padre”.

Así que su papá lo inscribió en la Universidad de Cartagena y en la de Bucaramanga. En ambas fue admitido. “Yo quería en esta última porque tenía una novia allá, pero mi papá me dijo: ‘No señor, eso es muy lejos, usted se va para Cartagena y punto’. No nos atrevíamos, como en esta época, a llevar la contraria”.

Entonces empezó la carrera que le sugirió su padre. Regresaba a pasar vacaciones a Maicao y comenzó a interesarse por el acordeón. Argemiro sabía tocarlo y cinco de sus seis hijos varones se interesaron en ese instrumento. “Mi hermano Álvaro me enseñaba, pero mi papá no quiso comprarme uno porque iba a volverme parrandero y no médico, y (decía) que, si me ponía a tocar acordeón, en Maicao iban a decir que era un médico malo”.

A Orlando le tocó hacer una rifa para comprar su acordeón y Argemiro le advirtió que de ir mal en la universidad se la quitaría. Pero eso nunca pasó, por el contrario, era un estudiante destacado y, además, tenía un conjunto con el que tocaba en algunas fiestas para ganar dinero extra. Incluso, grabó un LP con reconocidas canciones de compositores como Rosendo Romero, Rafael Manjarrez, Roberto Calderón y Calixto Ochoa.

Y se graduó como médico y su papá nunca dejó de guiarlo. “Me fui a hacer el rural a Maicao y, ya siendo médico, con 25 años, cuando me iba a alguna parranda, él me decía: ‘A esta casa no se llega después de las 8 de la noche, esta casa se respeta’. A veces le insistía que era una fiesta y entonces me decía que tenía que avisarle porque eso allá estaba muy peligroso”, recuerda Orlando con evidente orgullo por la crianza que recibió.

“Eso fue en 1985 y fue uno de mis mejores años, porque compartí mucho con ellos (sus padres). De los ocho hijos, era el único que vivía con ellos en ese momento y me consentían mucho. Me hacían las comidas que más me gustaban: el chivo, la carne asada... Mi papá era muy estricto, pero muy cariñoso. Mis hermanos dicen que me quería más a mí, yo creo que sí tienen razón, pero les digo que no para que no se sientan mal”, agrega entre risas.

Orlando siguió preparándose y viajó a Cali a estudiar radiología en la Universidad del Valle y más tarde ganó una beca en la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, y se convirtió en neurorradiólogo intervencionista, rama que se encarga de tratar las enfermedades vasculares del cerebro, sin abrir la cabeza. “Entro por una incisión del tamaño de un grano de arroz, por la región inguinal, por la arteria femoral, y a través de una pantalla de rayos x puedo ver el catéter, que es un tubito de plástico, que subo y dirijo hasta el cuello. Después de allí, con una manguerita más pequeña, entro a las arterias del cerebro”, explica.

Después de estudiar en Harvard, Díaz Daza regresó a Colombia y trabajó como jefe de neuroradiólogía en un hospital de Bogotá y, tiempo después, recibió una propuesta desde Estados Unidos. “Ahora soy codirector del Instituto Neurovascular del Hospital Metodista de Houston y profesor de la Universidad Cornell”.

Viaja por todo el mundo enseñando lo que sabe hacer muy bien. Ha hecho cirugías no solo en diferentes lugares de Estados Unidos, sino también en la India, China, Panamá, Perú, Puerto Rico y por supuesto Colombia, donde todos los años programa varias intervenciones gratis para personas de escasos recursos, junto al neurocirujano Rafael Almeida.

“Esto para mí no es un trabajo, hago las dos cosas que más me gustan. El acordeón me ha ayudado mucho a llegar donde estoy, porque con él he conseguido muchos amigos, entre esos el que me llevó a Harvard”, asegura.

El doctor Orlando dice que tocar un acordeón en Estados Unidos es un honor, un médico que toque un instrumento es considerado un genio, aunque aquí, en Colombia, resulte común y no sea visto como algo extraordinario.

“Las dos son como un complemento para mí: el acordeón me ha ayudado muchísimo y la toco todos los días, cuando estoy cansado. Ahora no tengo uno sino diez... Y la medicina es mi vida, me ha abierto muchas puertas. Mi papá estaba en lo cierto, ¡esto es lo mío!”.

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