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Cinco son los amigos de Andrés: Roberto, Wilson, Wilmar, Jesús y Luis Ángel. Una es la fruta que más odia: el banano. 28 los compañeros que tiene en el colegio donde estudia y 12 los años que lleva viviendo un mundo diferente al de los demás.

“Prospi, prospi, prospi”, dice Andrés Felipe Acevedo, mientras su madre Karen Guardo cuenta su historia. El pequeño fue diagnosticado a sus 5 años como autista, un trastorno neurobiológico del desarrollo que muchos desconocen y del cual casi ni se habla.

“Prospi” no tiene significado. Ni siquiera Andrés sabe qué es. Solo se ríe y lo confirma: “No sé qué es”, dice. Simplemente es una de esas palabras que se le quedan y que cuando se siente ansioso o animado repite sin vacilar.

- ¿Tienes un empresa? -le pregunto.

- Sí -me contesta.

- ¿De qué se trata?

- Vendo cosas.

- ¿Qué cosas?

- Productos.

- ¿Cuáles?

- Camisas, paletas, granolas y parfait.

- ¿Por qué las vendes?

- Para tener otra empresa.

- ¿Otra empresa?

- Sí, otra empresa contra el bullying.

Pipe, como todos le dicen, es un niño aparentemente común y corriente, pero su condición de autista le permite ser diferente a su manera. Es pilo con los números, psicorrígido con las horas de comida, estricto con el orden y la pulcritud, lo que hace que siempre luzca muy bien vestido.

Le gusta arreglar televisores y posiblemente puede convertirse en ingeniero electrónico, sin embargo, hace poco descubrió que es bueno en la cocina, por lo que quiere ser chef.

Pipe es un niño especial, no porque sea autista, lo es porque a su corta edad sabe bien lo que quiere: tener a su cargo el primer restaurante inclusivo de Colombia.

Su historia y su proyecto

Karen tenía 18 años cuando, a pesar de todo el empeño que puso porque su diagnóstico fuera negativo, un rotundo sí la dejó llorando por dos horas en la playa. Aquella especialista le había confirmado lo que muchos otros ya le habían dicho.

“A los dos años dejó de hablar, caminaba de punticas y cuando se emocionaba juntaba las manos imitando a una palomita. En esa época desconocía totalmente lo que era el autismo. Me cuestioné, me afecté y hasta me deprimí, pero en ese momento no sabía cuál era el propósito de Dios para mi hijo y para mí”, manifiesta Karen.

Pasaron años en los que investigó más allá de lo que podía imaginar y se asesoró de especialistas. Decidieron que Andrés asistiera a un colegio de educación normal, no especializado, pues a través de la imitación este desarrollaría mejor sus capacidades. A pocas cuadras de su casa, en el barrio Bruselas, estudia Pipe, con niños y profesores ‘normales’.

“En el Instituto Cristocéntrico del Caribe -dice Pipe-, allí estudio y ahí me gusta estar, porque no me juzgan y me hacen sentir feliz”.

Para la madre de Pipe, “lo más importante de este tipo de enfermedades es llegar a las personas con amor, porque muchas veces no sabemos cómo manejar las cosas por desconocimiento, por eso somos voceros del autismo, nosotros damos a conocer de qué trata y que ellos son personas especiales pero que igualmente deben tratarse con respeto y sobre todo como seres humanos pensantes, actuantes y que sienten”, comenta la mujer.

La primera empresa inclusiva

Desde junio empezó su proyecto, llamado ‘Pipe, un amor hecho antojo’. Una empresa que a través de la venta de camisetas, granolas y paletas orgánicas, que él mismo hace, recoge fondos encaminados a construir el primer restaurante inclusivo de Colombia.

“Personas en condición de discapacidad, cognitivas o físicas, podrán ser productivas en el restaurante. Pienso en mi hijo, que es un niño hábil y desarrolla su potencial como los otros niños, y no quiero que no se sienta acogido, o que cuando crezca no haya espacios laborales para él. Por eso nuestro proyecto combate el bullying y sensibiliza a las personas en su trato con personas con este tipo de trastornos”, cuenta la madre de Andrés.

Andrés, por su manera de ser, tiene una forma particular de hacer las cosas. Come saludable y a sus horas, le gusta lo natural y con trocitos de frutas, no come con conservantes, ni colorantes y como le enseñaron en su casa: “La hora de la comida se respeta”. Quizás por esto Karen y su hijo quieren conseguir un local donde chefs, meseros y encargados de la atención sean tan especiales como Pipe.

“Soñamos con un restaurante inclusivo, donde no se juzgue a las personas por su discapacidad, sino por su capacidad de hacer las cosas de manera diferente. Con platos creados por los chicos, con un tema saludable y donde prime el respeto por cualquier limitante”, expresa Guardo.

Del autismo poco se informa, por lo que la iniciativa de Pipe permitirá que además de generarse un espacio para esta población, se cree una pedagogía que reinvente y reeduque el pensamiento de cartageneros, colombianos y turistas que visiten el primer restaurante hecho con amor por un niño autista.

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