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Pequeñas ‘gigantes’ conquistas en una UCI COVID

He querido recopilar ciertas pequeñas victorias que nos cambian y se convierten en la más grande hazaña lograda por nosotros desde que nos aprendimos a amarrar los cordones de los zapatos.

MANUEL SALINAS HERNÁNDEZ

23 de mayo de 2021 10:00 AM

Aunque a cuestas solo tengo un ‘calabozazo’ de una noche para respaldar la afirmación que viene a continuación, me atreveré a expresarla, con el perdón de quienes llevan mucho tiempo, justa o injustamente, en cualquier reclusorio de nuestra ciudad o país: entrar a una UCI - sobre todo si se está consciente - es casi igual a estar preso.

Ingresé a una UCI luego de 14 días de padecer síntomas de COVID-19. Sí, cuando la mayoría de personas ya están saliendo del virus y algunos incluso se están reincorporando a sus actividades cotidianas con mucha o mediana normalidad, a mí me tocó ingresar a una Unidad de Cuidados Intensivos. Cosas de la vida que no asociaré a mi apellido Salinas, sino que tomaré como experiencias que me ayudaron a crecer, aunque fuera el pelo.

Sea que el clima no ayudó, que esperé mucho tiempo para combatir el virus o que me atacó alguna cepa más violenta y dañina de las que atacan a la mayoría, a las dos semanas de mis primeros síntomas leves, la situación se convirtió en una especie de infección que crecía en mis pulmones y que amenazaba seriamente con avanzar.

Es curioso ver un video de cómo una especie de sábana blanca va cubriendo un espacio oscuro y redondo que eran los protagonistas principales de mi sistema respiratorio.

- El resultado de la prueba - tomada hacía 5 días - no te ha llegado, pero esto es COVID, así te salga negativa.

La sentencia del médico encendió alarmas y comenzaron las mediciones periódicas de saturación respiratoria y frecuencia cardíaca, necesarias para este tipo de casos. A la larga, tras no soportar medicamentos vía oral y tener la suerte de haber llegado a mi aislamiento casero en un clima de preaguacero que contribuyó a una fuerte fiebre, la decisión no podía ser otra que volver al ambiente hospitalario, aunque con la esperanza de volver a casa.

Por desdicha, los síntomas no cedieron. La saturación bajaba, la frecuencia cardíaca - paradoja - no bajaba, la fiebre se mantenía y hasta el aire acondicionado, que nadie más sentía, se me hacía insoportable. Vinieron los ataques de tos que aunque no se extendían en el tiempo, tampoco contribuían a una mejoría pronta y luego la necesidad de oxígeno para ayudar a respirar.

Pequeñas ‘gigantes’ conquistas en una UCI COVID

Todo termina en una semi imprudencia justo antes de que el médico de turno llegase a mi puesto en su ronda de hospitalización. La incómoda camilla y la falta de costumbre para permanecer quieto y bocabajo, hicieron que sentarme en la camilla y alzar las piernas fueran una tentación irresistible. Asociar la conducta a la valoración posterior resulta atrevido, sin embargo, qué casualidad que pocos minutos antes, y con una cánula de oxígeno al 5%, el nivel de saturación respiratoria subiese a 95 y que luego de sentarme y subir las piernas, este cayera a 90 o menos. Nada que hacer, mala valoración médica, necesidad de máscara de reservorio (algo así como un tapabocas con una bolsa pegada que se convierte en una especie de cánula 2.0) y sentencia de UCI.

- Con esa máscara es mejor asegurar la UCI, explicaría luego un galeno amigo de mi hermana María, gran guerrera que mezcló su trabajo de enfermería con el de cuidandera durante esas horas.

Había que esperar a que, en una ciudad donde la ocupación de Cuidados Intensivos ya metía miedito (superaba levemente el 80%), se encontrara una cama UCI disponible. La espera, parece, no fue mucha, solo una noche, como si una noche con crisis respiratoria no se asemejara a pasar 5 minutos en una iglesia para un ateo, o todo el domingo sin asistir a una para un creyente practicante. (Le puede interesar: ¡Tenga cuidado! A 92% llegó la ocupación de camas UCI en Cartagena)

Así, luego de charlas con tono positivo y de creerme el cuento (aún lo creo) según el cual la medida era más de tipo preventiva que por necesidad literal, me subieron a una ambulancia y por primera vez tuve prioridad en una vía. Estaba en pañal, semidesnudo, casi inmovilizado, con la sola posibilidad de ver gente extraña (exceptuando a mi hermana, que se subió de atrevida al vehículo de socorro) y un raro plástico arriba que hacía que todo lo exterior cambiase de color. Un mundo nuevo en el que todos hablaban y ni era conmigo, ni podía participar. Iba rápido y no veía la carretera. Iba cómodo, pero todo me incomodaba. Iba bien, pero todo parecía estar mal.

Así llegué a una UCI que era una gran novedad y de la que, luego de vivirla, diría que debería cambiar el significado de las letras en su sigla de Unidad de Cuidados Intensivos, al de Unidad de Cuidados para Inconscientes. No hay manera de estar allí consciente sin sufrir el impacto de un meteorito diario de situaciones. Vecinos más delicados que se agravan, códigos azules (peligro de muerte) o situaciones similares constantes. Monitores que aprietan, electrodos que incomodan, sonidos extraños que no dejan dormir, llamados a enfermeras que, por cantidad de pacientes, gravedad de los mismos y escasez de personal, no llegan pronto, o no tan pronto como se desearía. Todo va minando el ánimo de cualquiera, por muy optimista que sea. Al final, solo nos quedan las lágrimas como manera de resistencia civil corporal y tratar de mantener o verle el tono positivo a lo que sucede. Por ello, se hace necesario recopilar ciertas pequeñas victorias que, en una UCI, hacen que la vida cambie y se conviertan en la más grande hazaña lograda por nosotros desde que nos aprendimos a amarrar los cordones de los zapatos.

Victoria 1. Saber ‘el maní’ de los cables

En una Camilla UCI tienes pegados a tu cuerpo gran cantidad de electrodos que permiten monitorear tu estado. Además, en el caso particular, estaba la ayuda de oxígeno para respirar y todo se juntaba con la canalización en la vena, más el brazalete para el control de presión arterial y el medidor de saturación en alguno de los dedos. Una telaraña en la que ni las múltiples enamoradas del Hombre Araña desearían estar.

Todo lo anterior te hace sentir atado y casi que listo para sesión de tortura propia de películas de espionaje de los años 70 y 80. El cuerpo se cansa, desea cambiar de posición y acomodarse a una camilla más grande pero igual de fastidante que todas sus colegas de otros pisos. Comienzan las dolencias y el desánimo inicia su reinado. Por eso es necesario llenarse de calma y analizar todo.

Mire de dónde salen los cables, mida su extensión y el nivel de maniobras que le permiten. Pida, que lo canalicen en su mano no hábil, si es zurdo que sea en la mano o muñeca derecha y viceversa. Aprenda a manejar la camilla. En la mayoría de UCI, estas tienen botones de control en su cabecera, así podrá combinar extensión de cables y a medida que la camilla se expanda o encoja, tendrá más o menos capacidad de maniobrar.

Finalmente, atrévase. Sin miedo, las enfermeras regañan pero no pegan (a menos que sean familiares) y si su esfuerzo y maniobra resultan exitosas y le permiten, al menos, colocarse bocabajo cuando usted lo decida, tendrá un visto bueno médico y seguramente será recompensado, sino con una visita o vista a lo lejos de algún ser querido, sí con una mejoría que a la larga se siente. Esto además de ir venciendo al demonio que lo hace sentir como si fuera una especie de ente inútil que llegó allí a que lo examinaran y movieran al antojo de los demás.

Victoria 2. Aprender a disfrutar la comida

Si tiene la fortuna de ser ingresado a una UCI cuando los principales síntomas del COVID están desapareciendo, es bueno que sepa que su sentido del gusto no será uno de los más agradecidos con su situación.

La comida de los hospitales tiene la misma fama que las participaciones de Real Cartagena: mucha hambre y deseo en la expectativa, mala impresión y algo de desazón al ver el producto, un poco o mucho de desilusión al probarlo y resignación cuando salimos del estadio, que viene siendo el momento en que engullimos el último bocado. La idea entonces es aprender a verle el lado positivo a lo que sucede. Al menos hay comida, dirían algunos, aunque no aliente en lo más mínimo.

Cobra entonces muchísima trascendencia el refrán según el cual: la intención es lo que cuenta. Y es que pasar del arroz chicloso, la sopa fría y la ensalada semiaguada a un puré de papas relativamente bien hecho, con ensalada seca y trocitos de carne en alguna especie de salsita con algún sabor, es como entrar en el tumulto al bus de Transcaribe y encontrar una silla en que sentarse.

Sepa entonces que por cada comida mala es posible que la próxima mejore un poco. Tal vez se esté nivelando el paladar por lo bajo y nos encontremos entonces con que sobrevaloramos el sabor de cualquier cosa que nos llevemos a la boca. Pero resulta mucho más agradable mirar las cosas bajo ese prisma que continuar con un gusto exquisito y someterse a una tortura cada 4 o 5 horas. A la larga, si todo va bien, en pocos días podrá entrenar su paladar y ennegrecerlo cada vez más para seguir con sus gustos, por finos o corrientes que sean. (Le puede interesar: 7 signos de alarma en pacientes COVID)

Victoria 3. Dominar el cuerpo

Si hay algo más denigrante para la condición humana que depender de otras personas para que nuestros cuerpos realicen sus funciones básicas, que me lo digan. Bañarse, cepillarse, orinar, evacuar. Todo debería siempre depender de cada quien, así como cada propietario es responsable de cuándo, en qué forma y cada cuánto limpia su casa. Sin embargo, no es posible. En una UCI se depende de otros y aún no inventan un pañal autosostenible, así que no es bueno dejarle todo a ese desagradable pero necesario elemento que se convierte en nuestro compañero más cercano.

Permanecer hidratado no es igual a beber algo cada 5 minutos. No es bueno llenarse de agua o cualquier líquido porque se hace necesario expelerla y durante los primeros días de su permanencia en UCI tal vez los miedos y las dificultades no le permitan ni aguantar lo suficiente ni — mucho menos — bajar la camilla o alcanzar un pisingo (aparato metálico semicilíndrico donde se deposita la orina. Hermano del pato que es para otro tipo de deposiciones) con el cual satisfacer su necesidad. Además la capacidad de estos aparatos es limitada y las enfermeras o algún otro miembro del personal médico no están allí a cada minuto para vaciarlo.

Si ya se siente en capacidades y su recuperación avanza láncese. Ubique primero el pisingo y pida, por favor y por todos los dioses, que lo dejen a una altura que sea de fácil acceso para usted. No espere a estarse haciendo porque pueden traicionarlo las ganas y la ansiedad y puede dar paso a una frustración tremenda. Las maniobras, como todo de ahora en adelante durante los próximos meses, debe ser con calma. Suelte y domine su pañal, ya que también es importante saber volver a ponérselo y finalmente orine.

Será quizás lo más satisfactorio que logre, algo que solo superará la alegría de un buen informe médico o el ver así sea por la ventana, a un familiar que llegó a saber de usted. Sentirá que ya puede hacer de todo, aunque sepa que no es cierto y valorará a perpetuidad las veces que pueda hacerlo. La gloria estará en sus manos — más bien en otra parte de su cuerpo — por cierto tiempo a cada rato y tendrá ganas de exhibir este logro como si se tratara de una mención de honor o el llegar a un doctorado de una prestigiosa universidad.

Coma lo necesario, calcule el tiempo en que acude el personal que lo asea y el de enfermería que pueda ayudarlo al momento de hacer sus deposiciones. Sepa controlarse y no se desespere. No abandone su orgullo, siéntase humillado cada vez que esto pase y cada vez que lo aseen a manera de baño. Pero sepa que esto pasará y que está ante profesionales que cumplen con su trabajo, aunque para usted lo hagan de mala manera. Tome todo esto como una invitación a cuidarse mucho para no volver a estar hospitalizado en lo que le resta de vida.

Finalmente si ya tiene autoridad sobre su cuerpo y sus funciones, suéltese el paño y descanse. Nadie se ha muerto de una pañalitis pero superarla es tan difícil como olvidar aquella vez que perdiste un examen de trigonometría por un signo positivo o negativo en el resultado final.

Victoria 4. Levantarse

Si ya le tomó la medida a los cables que tiene y fue lo suficientemente amable con el personal médico que lo atiende y escasamente ve, además de si su evolución es favorable, prepárese para pedir un favor que lo hará — sin que pueda recordarlo — volver a la época de sus primeros pasos.

Si hay algo triste de estar en una cama cuasipermenentemente es el no usar sus piernas. Se adormecen, hasta duelen dependiendo de su posición, se cansan y se vuelven pesadas. Deseamos caminar como nunca lo hemos hecho pero el miedo nos inunda y dudamos de si podríamos hacerlo bien. La sensación de haber sido inyectado con anestesia local para algún procedimiento quirúrgico será cada vez mayor, así que entre más intente moverse y/o levantarse, será mejor.

No es fácil. Primero debe estar consciente de lo que hará y pedirlo de buena manera a quienes lo ayudarán. NO lo intente usted solo. También es imperativo dominar la camilla y sus botones así como saber cuánto esfuerzo puede hacerse antes de presentar alguna complicación en la respiración y saber cuándo y cuánto descansar. No se sienta mal si no puede al primer intento, siga haciéndolo hasta que el cuerpo le dé.

Finalmente llega el momento de levantarse y sentir que el mundo está nuevamente a sus pies así sea por 3 segundos antes de que se maree y piense que se va a morir por falta de aire. Por eso es conveniente saber respirar. Vaya despacio, como si una pierna le pidiera permiso a la otra para dar cada paso. No pierda de vista todas las conexiones de su cuerpo con los monitores y fíjese el objetivo de la silla que ya debieron habilitarle para que se aposte allí. Voltéese y siéntese lentamente para que sienta cómo su espalda descansa y sus piernas vuelven a la vida.

Seguramente en ese momento sentirá que varias funciones corporales vuelven a usted así que es imperativo haber conquistado la victoria anterior. Disfrute y siéntase en la terraza de su casa echando cuentos. Ojalá para ese tiempo ya haya podido establecer contacto con sus seres queridos y que gracias a la tecnología lo vean fuera de una camilla. El alivio de ellos seguramente será mayor al que usted está sintiendo.

Victoria 5. Adaptarse

Probado está que la raza humana es de costumbres y así como al ser concebidos aprendemos a respirar líquido y luego de 9 meses nos adaptamos por la fuerza al oxígeno, también es cierto que podemos hacer de nuestra estadía entre esas frías paredes, sábanas y colchones, algo no tan angustiante para nosotros y para quienes nos quieren. Recuerde que más allá esa camilla hay gente que se preocupa por usted y una imagen alentadora que vean puede influir en su ánimo y motivar alegrías.

El compromiso con quienes nos quieren no caduca, se extiende más allá de la vida y las alegrías que podemos darles serán valiosas para todos, sobre todo si se trata de población vulnerable como personas mayores o con algún padecimiento.

Pida un radio, toque una canción usando la almohada como tambor, pruebe sus pulmones y cante, haga buena cara y sonríale a quienes vienen a ‘masacrarle’ el brazo a punta de agujas. Usted los y las conoció en uno de los peores momentos de su vida, pero gracias a sus labores está saliendo de ese momento y su buen ánimo contribuirá a sentir su agradecimiento, además de subirles el ánimo. Recuerde que conocen historias mucho más tristes que la suya y que también son susceptibles al sufrimiento ajeno.

Con el tiempo aprenderá a dormirse a buena hora para no sufrir cuando llegan a sacarle sangre a las 4 a. m. para un examen. Sabrá volverse a dormir luego de la toma de la muestra sanguínea y hasta será capaz de entablar alguna conversación cordial con quienes lo atienden. Esto, por desgracia para las relaciones humanas y por fortuna para su salud y para usted, no dura mucho así que trate de dejar una impresión que supere a la de aquel paciente que llegó casi ahogándose y replicándole a todo el que se le cruzara por su delicada situación.

No tiene por qué gozarse la UCI, pero tampoco tiene por qué permitir que la UCI se lo goce a usted.

Ñapa 1

El machismo imperante o los prejuicios que de él se derivan han hecho que sea visto de manera diferente — para no decir mal visto — la dedicación del género masculino a la profesión de enfermería y auxiliar.

En mi experiencia personal en la Clínica La Ermita de esta ciudad, el mejor exponente de los cuidados a un paciente fue un joven de nombre Benjamín. Atento a las necesidades, amable al momento de hablar y gran tino al momento de encontrar las venas para extraer sangre o canalizar. Bien por él y ojalá que si hay hombres inclinados a dedicarse a esta tarea que tienen alguna duda, lo hagan sin miedo. El mundo ya no está para encasillar oficios y profesiones por género sino por capacidades.

Ñapa 2

Mi vecino desconocido en la UCI era un señor de nombre Ovidio con quien solo me conectaba una especie de peladura en un papel de protección que pusieron en el vidrio que separaba nuestras habitaciones. Por allí intentaba ver algún movimiento y todos los días les preguntaba a quienes me atendían por la salud de aquel hombre a quien escuchaba agitarse y de quien oía el nombre por boca de los médicos que le preguntaban en tono motivante cómo se sentía.

Nunca escuché su voz, asumo que no podía expresar palabras o que la fuerza de su voz no daba para que esta llegara a mis oídos.

A Ovidio el deseo de una recuperación y a sus familiares un saludo por si las cosas no salieron bien. Nada me motivó a estar pendiente de él más allá de la solidaridad que hermana a quienes padecen el mismo sufrimiento, aunque sea a niveles diferentes. (Lea además: COVID: limpieza excesiva de superficies y otras medidas poco efectivas)

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