Petronio, el sacristán que comía murciélagos

10 de mayo de 2020 08:00 AM
Petronio, el sacristán que comía murciélagos
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Petronio es el sacristán enfermo que vive en la torre de la iglesia de Macondo y todo el mundo dice que se alimenta de murciélagos.

Esta alusión a un personaje casi invisible de la novela ‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez, me ha llamado la atención, a propósito de las desmesuras humanas y los desatinos demenciales con que nos hemos alimentado en los últimos dos milenios, depredando un planeta y una naturaleza que no alcanzamos a conocer y no imaginamos ni siquiera a intuir que nos rebasa en inteligencia.

Por supuesto que la naturaleza tiene una inteligencia que desconocemos, y todo el tiempo ella se inventa sus propios antídotos contra ese depredador que dice llamarse humano y arrasa a su paso con las demás criaturas y consigo mismo. (También le puede interesar: La figura de Gabo que luce un tapabocas)

En la escena breve de la novela de García Márquez, donde nombran al devorador de murciélagos, se cuenta que el padre Antonio Isabel está preparando a José Arcadio Segundo para su primera comunión. Mientras el sacerdote le enseña el catequismo, el niño está pensando en otra cosa, porque heredó la pasión mortal por los gallos de pelea y, mientras el padre le habla de los misterios de la fe, él le afeita el pescuezo a uno de sus gallos. El padre le explica cómo se le ocurrió a Dios en el segundo día de la creación “que los pollos se formaran dentro del huevo”. El muchacho escucha con incredulidad. Descubre que el padre tiene los síntomas de un delirio senil que lo llevó a sospechar que el diablo le había ganado la batalla a Dios y que muy probablemente quien estaba sentado en el trono celestial no era Dios sino el mismo diablo. El niño se había vuelto ducho en todo esto y sabía ponerle trampas al mismo padre cuando le preguntaba, poniéndose trampas a sí mismo, creyendo que con las mismas trampas de gallero podía confundir al demonio. Amaranta, que estaba alistando al muchacho para esa ceremonia, cuenta García Márquez en su novela genial le hizo “un traje de lino blanco con cuello y corbata, le compró un par de zapatos blancos y le grabó su nombre con letras doradas en el lazo del cirio. Dos noches antes de la primera comunión, el padre Antonio Isabel se encerró con él en la sacristía para confesarlo, con la ayuda de un diccionario de pecados. Fue una lista tan larga que el anciano párroco, acostumbrado a acostarse a las seis, se quedó dormido en el sillón antes de terminar”.

Antes de continuar, pensemos un poco en esta escena y apliquémosla a la vida de hoy. Primero, el muchacho distraído en otra cosa distinta a Dios, pensando en el gallo, la parafernalia de la ropa con la que el niño hará su primera comunión, su nombre dorado y el diccionario de pecados, qué bueno recordarlos, pecados que cada vez la humanidad agiganta en su diccionario, pecados que muy probablemente ya no caben en ese libro gordo y pesado, tal vez porque no hay palabras que se aproximen para nombrarlos. El escritor nos sugiere que la lista era tan larga, pero qué bueno imaginar qué pecados debían aparecer en ese diccionario.

“El interrogatorio fue para José Arcadio Segundo una revelación. No le sorprendió que el padre le preguntara si había hecho cosas malas con mujer, y contestó honradamente que no, pero se desconcertó con la pregunta de si las había hecho con animales. El primer viernes de mayo comulgó torturado por la curiosidad. Más tarde le hizo la pregunta a Petronio, el enfermo sacristán que vivía en la torre y que según decían se alimentaba de murciélagos, y Petronio le contestó: ‘Es que hay cristianos corrompidos que hacen sus cosas con las burras’. José Arcadio Segundo siguió demostrando tanta curiosidad, pidió tantas explicaciones, que Petronio perdió la paciencia.

-Yo voy los martes por la noche -confesó-. Si prometes no decírselo a nadie, el otro martes te llevo.

La escena siguiente es perturbadora. Llegó el martes y José Arcadio Segundo fue a buscar a Petronio y este bajó de la torre con un banquito de madera que hasta ese instante nadie sabía para qué lo usaba. Petronio lo llevó a una huerta cercana. El muchacho se aficionó tanto a esas andanzas nocturnas, mucho antes de que lo vieran entrar a la tienda de Catarino buscando a una mujer. José Arcadio Segundo se hizo gallero. Tomó su primera comunión y Úrsula lo regañó cuando lo vio con los gallos. Y le recordó que esos gallos habían traído demasiadas amarguras a la casa para que él viniera ahora a traer otras. (Lea también: Cuarentenas contadas por novelistas)

Hasta ahora, toda esta escena gira alrededor de los animales: los gallos, los murciélagos y la nueva tentación que José Arcadio Segundo descubrió en la huerta, sugerido por Petronio y su banquita de madera. Tragicómica escena de ‘Cien años de soledad’, una novela donde la desmesura de la realidad compite con la desmesura de la ficción, y donde todas las desmesuras confluyen, incluyendo la desmesura histórica de una masacre de trabajadores bananeros o las desmesuras eróticas y míticas como la de Francisco El Hombre o las relaciones incestuosas que llevan a la familia Buendía al colapso de la estirpe y al nacimiento del primer Buendía con cola de cerdo. Toda la desmesura allí fluye con la misma aparente naturalidad con que alguien devora murciélagos y el virus mutado del animal pasa al hombre y se paraliza el mundo y colapsa la humanidad y sus sistemas financieros y se paraliza la vida cotidiana en una peste medieval globalizada en el siglo XXI, con nuevos matices de un cataclismo planetario. Cualquier parecido con la ficción es coincidencia. Esta vez García Márquez vuelve a sorprendernos en esta nueva lectura de su novela. Ese desastre de Macondo es el que estamos viviendo hoy: un viento apocalíptico ha venido a borrarnos (está escrito en los pergaminos de Melquíades) y quien lee ahora esta crónica es tal vez uno de los sobrevivientes de la pesadilla de Petronio, el devorador de murciélagos o de José Arcadio Segundo, que cayó en la tentación de probar otros animales. En fin, una hecatombe viral y biológica que el mismo hombre ha provocado. Pero como en Macondo, las estirpes condenadas a cien años de soledad no tendrán una segunda oportunidad sobre la tierra. Se salvarán quienes pasen de la soledad a la solidaridad. Quienes dejen en paz a los animales salvajes. Y se olviden para siempre de los murciélagos.

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