Una entre mil historias de la cuarentena en Guayaquil

03 de mayo de 2020 12:00 AM

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El mundo afuera ardía. En las calles había fuego y bocanadas de estupor provocado solo por un halo calamitoso de muerte, tan tenue y oscuro. Y el teléfono, esa única línea tan fría e inerte donde las voces viven, ese teléfono celular sonó dentro de la casa como tantas veces en los últimos días. Esta vez no habría buenas noticias: “Aló, Antonio. Lo siento. Tu hermano ha muerto”. Un muerto más en aquella gran ciudad. ¿Qué pasaría?

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La muerte. Tememos tanto a la muerte que ese mismo temor vive robándonos un poco de nuestras vidas. ¿Qué mató al hermano de Antonio Humberto López Zambrano? ¿Acaso sería una serie de eventos desafortunados? ¿Una cadena de hechos fortuitos que parecían tan lejanos, pero que realmente le susurraban mortalmente al oído? ¿El mismo destino? Hay muchas dudas, nada certero, solo presunciones.

Tan solo 20 días antes de su muerte, Antonio había visto a su hermano. Lo fue a visitar. Sería esa la última vez que se verían. “Yo le pedía que se calmara porque le iba a pasar algo grave, pero no lo pudimos calmar, porque hablé con otros hermanos y tampoco pudieron hacerlo”, confiesa. ¿A qué le tenía tanto miedo el hermano de Antonio? ¿Por qué entró en pánico?

“A lo mejor yo soy uno de los más tranquilos a pesar de mi edad, como le dije, yo tengo 77 años, pero he leído mucho, es mi hobbie. Antes de que el Gobierno decretara la cuarentena aquí, en Guayaquil, me despedí de mis hijas y les dije: ‘Bueno, creo que no nos vamos a ver, quién sabe por cuánto tiempo. Me voy a mi casa’, y me recluí, 4 o 5 días antes de que decretaran la cuarentena. Llevo más de 40 días encerrado y solo salgo cada 8 días a una tienda a 20 metros, cuando necesito algo. Vivo solo”, confiesa Antonio.

Los días posteriores aquella última vez que vio a su hermano, Antonio continuó llamándolo cada mañana o cada tarde desde el encierro de su casa.

“Mi hermano no tenía dolor de cabeza, ni nada, yo hablaba todos los días con él, le decía que estuviera tranquilo pero no me hizo caso y andaba exageradamente alterado”, cuenta. Fueron 20 días de comunicaciones. “Los últimos tres días ya no me pasó al teléfono. Decía que me llamaba después...”, relata Antonio. Nunca habría un después. (También: puede interesar: Sigue la crisis de los cadáveres en Guayaquil pese a esfuerzos de autoridades).

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Antonio Humberto López Zambrano nació en Guayaquil, Ecuador, el 30 de abril de 1943, y vive en esa ciudad. “En la Cooperativa Estrella de Belén, manzana 1804, solar 10”, una de las más grandes y pobladas zonas residenciales de aquella metrópoli de 2.600.000 habitantes. “He sido comerciante toda mi vida. Fui emigrante, viví cuatro años en Estados Unidos, fui propietario de una pequeña empresa de visutería y fantasía por 40 años. Yo vivo solo, estos días me estoy desayunando a las 9 o las 10 de la mañana, me pongo a trabajar para las cosas que yo hago, dejé la visutería. A mí me gustan los inventos y me estoy dedicando ahora mismo es a un horno para cocinar súper diferente a lo que hemos usado siempre, se coloca encima de las estufas y de ese tengo la patente de las autoridades de aquí, de Ecuador. Tiene muchos arreglos técnicos diferentes a los que siempre se han usado. También tengo una parrillas en las se pueden hacer infinidades de cosas, ese es otro invento. He tratado de buscar clientes, me he dedicado a probar cosas estos días de encierro. Tengo diez inventos diferentes, y antes de todo esto he vendido ciento y pico de parrillas”.

“Aquí lo que yo percibo es mucho miedo. En realidad, temor a lo que no se ve, porque es una cosa que no se ve. La incertidumbre al tiempo también que dure todo esto. Y a qué pasará después. También hay demasiada incomprensión de lo que es la pandemia”. El temor es algo que vio y escuchó de primera línea, a finales de marzo y comienzos de abril de este 2020, lo veía a través de la televisión, aquello que pasaba a extramuros, fuera de su casa, en las calles de su ciudad el miedo cundía. Los cadáveres no descansaban en paz, había gente muriendo porque algo que parecía ajeno y extraño se había salido de control. Antonio escuchaba todo aquello que sucedía afuera también por las llamadas, varios conocidos suyos murieron. A través de ese teléfono también escucharía el pánico de su hermano: Vicente Antonio López Zambrano. Vicente era un hombre de más de sesenta años, pensionado por el seguro social. Tuvo una cirugía en la cabeza hace algunos años, consecuencia de un asalto del que fue víctima, luego sufrió un accidente que malogró su espalda y lo dejó convaleciente, por tanto fue pensionado. Dos veces había enfrentado y superado a la muerte. Aun así, quizá su mayor temor era morir. ¿Le tenía tanto miedo a morir?

Vivir con los muertos

¿Qué pasaba fuera de casa? ¿Qué veía Antonio en la televisión y qué le contaban sus amigos por teléfono? Afuera el mundo ardía. Guayaquil era golpeado por un fuerte coletazo del coronavirus. “Ahí fue la congestión de los cadáveres en las calles, la gente se moría en sus casas, tenían ocho días muertos, y los sacaban a la calle porque no tenían ni ataúd para enterrarlos. Esto se volvió una situación terrible, porque los especuladores comenzaron a cobrar por un simple papel para el sepelio entre mil y dos mil dólares, por eso están presos algunos de ellos. También de las funerarias tenían temor de atender a la gente muerta por el virus”.

“En mi opinión, aclaro es solo mi opinión, la mayor parte de los que murieron esos días murieron de temor, de infartos. La esposa de un amigo también murió, tenía cáncer. Mi hermano no tenía dolor de cabeza, ni nada, yo hablaba todos los días con él, le decía que estuviera tranquilo pero no me hizo caso y andaba exageradamente alterado. Para mí que esas noticias que llegaron de la China antes que el virus pusieron a las personas que tenían problemas de salud demasiado en alerta”.

Antonio seguiría llamando a su hermano por teléfono, hasta que ya este no pudo contestar. Hasta que ya no tuvo fuerzas para hacerlo.

“20 días antes se le metió en la cabeza esto del virus, yo le pedía que se calmara porque le iba a pasar algo grave, pero no lo pudimos calmar. Mi hermano falleció el 31 de marzo, qué sucede, que mi hermano tenía bastantes complicaciones de salud, pero andaba caminando y tranquilo. Pero de pronto se le metió que el virus lo podía matar... Fue a una clínica para que lo examinaran pero no le quisieron tomar la prueba del coronavirus porque no tenía síntomas. Los últimos días se puso mal, se levantaba con las piernas que le temblaban”. ¿Entonces, qué habrá matado al hermano de Antonio? ¿Esa cadena de sucesos invisibles que se conectaron desde China y se ha esparcido al resto del mundo?

Adiós a Vicente

Aquello que tanto escuchaba Antonio por esos días inevitablemente le sucedería a su hermano. “A Carmen María López, otra hermana que vive en Nueva York, la cogió la cuarentena en Guayaquil porque estaba de vacaciones aquí, lo estaba acompañando, y ella lo vio morir. Tuvo que estar cinco días con el cadáver. Mi hermano tuvo que estar cinco días muerto en la casa donde él vivía para que lo enterraran. Gracias a Dios la familia tenía un espacio en el cementerio, donde están enterrados mis padres y dos hermanos y como teníamos donde enterrarlo se demoró nada más que cinco días, pero la gente que estaba esperando espacios en los cementerios demoraba más tiempo. Ya las autoridades lograron controlar eso.

Nadie pudo ir al sepelio de mi hermano y a mi hermana no le han hecho la prueba porque no tiene síntomas”, narra Antonio. “Del virus se oye bastante, donde vivo es una de las zonas más extensas y pobladas, dicen las autoridades que este es uno de los focos de infección, pero no he escuchado de muchas muertes. Yo estoy tranquilo porque he leído toda mi vida sobre estas cosas. Casualmente, aquí, en mi pequeño entorno, hay mucha despreocupación, la gente sale a beber, hace poco organizaron una fiesta cerca, tuvo que venir la Policía a desbaratarla”, cuenta. (También le puede interesar: Ecuador ha evacuado todos los cadáveres de domicilios, asegura Gobierno)

Epílogo

Ecuador sumaba más de 800 muertes y 24 mil contagios por COVID - 19. Antonio Humberto López ha seguido solo en casa. Continuó solo y encerrado los siguientes días, inmerso en el mundo de sus inventos, una pasión que cultiva desde niño. Sus hijas lo llaman todos los días, dos y tres veces. Hace poco cumplió 78 años en esa cuarentena. Ha enviado escritos al gobierno local sobre recomendaciones que cree pertinentes para afrontar la pandemia. Él todavía no sabe bien qué mató a su hermano, si fue el miedo a morir o si fue el virus más temido de los últimos tiempos.

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