Facetas


Que me dejes de llorar para morir en paz

Joselito se murió un dos de abril. Venía del monte arrastrando las abarcas, cansado de una faena que le dejó siete kilos de bastimento y un dolor de espalda. Triste, pensaba en dejar de sembrar porque últimamente la yuca le salía jorra.

IVIS MARTÍNEZ PIMIENTA

26 de enero de 2020 08:10 AM

Joselito se murió un 2 de abril. Venía del monte arrastrando las abarcas, cansado de una faena que le dejó siete kilos de bastimento y un dolor de espalda. Triste, pensaba en dejar de sembrar porque últimamente la yuca le salía jorra.

“Mejor me pongo a tejer guarniciones con Anita -se repetía- pa’ pasar todo el día recostao’ en el taburete, aunque el insurrecto del Mañe diga que soy marica”.

Dejando atrás una enredapita de matarratones oyó que alguien lo llamó.

“¡Tráeme el jico, tráeme el jico!”, decía la persona.

Mientras caminaba, la silueta de un hombre gordo se hacía nítida. Joselito se sintió más lánguido que nunca. Sus 45 kilos no eran nada comparados con la corpulencia del sujeto.

“¡Que me traigas el jico!”, repetía el gordo.

No se oía el trinar de un solo pájaro y hasta el viento dejó de soplar.

El gordo se abalanzó sobre Joselito, cogiéndolo por el cuello. Al día siguiente, encontraron al inerte agricultor colgado de un bálsamo.

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La señora María Guillermina no podía dejar de llorar. Judi le decía: “No lo llores tanto que lo vas a poner a penar”. Pero ella, con el dolor que solo una madre puede conocer, seguía recordándolo, lo imaginaba cada vez más flaco, consumido por las larvas dentro de un cajón. Apretado. “Ombe, si ese día se fue sin tomarse el café”, pensaba.

Ya lo habían hablado, Joselito no quería ir más al monte, y ella no lo iba a obligar. Ella, incluso, iba a ser más feliz teniéndolo todo el día bajo el quiosco de palma, así la gente ya no iba a decir que el desnutrido hijo de la Guille se iba para el monte a verse con el ‘marío’ que tenía. Las guarniciones las estaban pagando mejor, y ya él había aprendido a echar una hamaca. Era cuestión de días para que la tejiera completa, con eso se podían bandear. Y con el tiempo él se iría a vivir a Cartagena, allá buscaba un mejor trabajo y tendría el novio que le diera la gana, si era verdad que no le gustaban las hembras. Porque él nunca se lo dijo, y ella nunca se lo preguntó.

Guillermina tenía la mirada perdida, los pelos enredados y unos cachetes que estaban a punto de desaparecer. En sus años mozos, un médico que llegó al pueblo se enamoró de ella, pero después de su embarazo a él se le fue olvidando lo que era el amor. Y ella no quiso plata, ni una pensión ni nada de eso. La había perjudicado y eso era todo. Ahora solo tenía el recuerdo de Joselito.

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En Semana Santa, el pueblo parecía un lugar fantasma.

Ya había pasado un año desde lo de Joselito y Guille seguía llorando a su hijo, como si recién lo hubiera bajado del bálsamo.

Cogía el caldero tiznao y lloraba, soplaba el fogón y lloraba. Y ni qué decir cuando empezaba a colar el café. Los gritos se oían hasta donde Cleme, que nada más murmuraba: “Allá está la pobre Guille, ombe, ¿cómo se le fue a morir el único macho?”.

María Guillermina no tenía marido, tenía amigos y familia, eso sí. Anita, la hija del difunto Roque era muy apegada a Joselito, pero tuvo que dejar de visitar a Guille porque la doña pegaba un grito cada vez que sacaba la aguja. Con el tiempo se acostumbraron.

Entre lloriqueos ese Miércoles Santo desplumaron a la única gallina blanca que tenía Judi en el patio, y la cocinaron; pelaron las papayas y la pusieron a secar; bajaron los bollos y molieron el ajonjolí.

“Mira, Mañe, cómo le saqué grasa a este ajonjolí, te apuesto a que lo haces tú y queda más seco que el pozo de la vieja Juana”, reía el viejo Rafa. Y los demás se tragaron la carcajada. Se hizo tarde.

Al final del día cada uno se llevó su parte, totumas iban y venían.

El Jueves y Viernes Santo era bien sabido que nadie podía salir, los arroyos cristalinos corrían sin nadie que interrumpiera su flujo. No podían cantar, ni bailar, mucho menos ir al monte o cocinar.

En la quietud del Jueves Santo solo se oían los mocos de Guillermina regresando a sus fosas nasales. Un leve lloriqueo acompañó a la madre hasta que se fue a dormir.

Recordó las palabras de Judi: “No lo llores tanto que lo vas a poner a penar”.

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El último día que Guille lloró a Joselito fue el Viernes Santo. Estaba como ida, echándole agua al comején que amenazaba con adueñarse de su mesita de noche.

Hacía calor a mediodía. Las lágrimas de la mujer se confundían entre el sudor. Guille apretaba la boca cada vez más para no molestar a los vecinos con sus acostumbrados gritos salidos de la nada. Tosía y ese dolor no se iba, no se quería ir.

Caminó hacia el escaparate y buscó una vez más la foto a blanco y negro de Joselito, lánguido como siempre, con una camisa blanca manga larga que lo apretaba tanto que dejaba ver sus costillas. Un bucle en el cabello le caía hasta la frente. No sonreía. Era como si tratara de decirle algo.

Apartó la mirada de la imagen solo porque una sombra pareció pasearse rápidamente hacia la cocina. No había nada. La brisa estremeció la cortina del único cuarto donde dormían ella y Joselito. Carajo, ¿era la brisa? Limpiándose la cara con el trapo de bajar los calderos, se dirigió hacia el cuarto y vio a su hijo sentado en la cama de tijera.

“Ya deja de estar llorándome, Guille, que me tienes en el purgatorio y ahí hacen mucha bulla”, dijo el espectro. No se lo estaban comiendo los gusanos, ni estaba más flaco, y le vio la misma ropa que tenía el día que murió. Alrededor del cuello habían moretones y pudo notar cómo el Joselito del más allá se sobaba.

Guille retrocedió y destrancó la puerta de un jalón. Rompió por primera y única vez la regla de no salir en Viernes Santo. Ahora suelta una carcajada cuando le preguntan por su hijo.