La historia de un falso positivo en El Carmen: “Que me llamen inocente”

19 de mayo de 2019 12:00 AM

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Por: Manuel Francisco Fernández Serpa - Especial para El Universal

Este relato hace parte del libro ‘Que nos llamen inocentes’, publicado por Dejusticia, Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad. El Universal publicó en su momento el arresto de Manuel, tras el reporte del Ejército, hoy, cuando se ha aclarado todo, él nos cuenta su historia completa.

Nací en la finca de mi familia en San Isidro, en Arenas, un corregimiento de San Jacinto, y soy el menor de tres hermanos, el pechichón. Nos vinimos a vivir a El Carmen de Bolívar en el 98, por la guerra y porque mis hermanos crecieron y en la vereda no había bachillerato. Al principio íbamos los fines de semana a darle vuelta a la finca, a la yuca, el ñame, el maíz y el plátano, pero cuando en el 99 las cosas se pusieron difíciles y vino la violencia dura, nos vinimos del todo. Me acuerdo de cuando era niño y los grupos al margen de la ley, sobre todo la guerrilla, se aparecían en la casa y a mi papá le daba miedo que vinieran a convencernos para llevarnos a las filas. Llegaban pidiendo colaboraciones, que les hiciéramos comida, por ejemplo. Pero mi papá siempre fue neutro, ni para allá ni para acá. Cuando la guerrilla pedía que, por ejemplo, les vendieran gallinas o cerdos, mi papá no los recibía, les decía que agarraran los animales del corral, pero que no se nos metieran a la casa, que él no quería problemas con ninguno. Ni con el Ejército, ni con la guerrilla. Tenía 12 años cuando comenzó a haber más muertos y combates. Es que la finca estaba en un punto pesado porque estaba muy cerca de un arroyo en el que se escondía la guerrilla. A nosotros nos tocaron varios enfrentamientos. Yo veía a los helicópteros buscando a los guerrilleros y disparando muy cerca de la casa y nos tocaba escondernos debajo de las camas, arrinconados, con miedo de las balas perdidas. Era muy cruel porque éramos niños y no sabíamos qué hacer. Además, el Estado nos tenía completamente abandonados. En el 99 el ELN mató a mi abuelo por tener una casa con un patio grande que el Ejército utilizaba para desembarcar soldados. Eso era en Arenas, un corregimiento de San Jacinto (Bolívar). Eso fue muy duro, no volvimos por un tiempo por allá y comenzamos a vivir con ese miedo a que volviera la tragedia. Nos imaginábamos todo el tiempo lo malo, escuchábamos cualquier moto o cualquier carro pasando cerca de nuestra casa y pensábamos que seguíamos nosotros. Es que estábamos completamente solos. Cuando los Montes de María fueron declarados zona roja, la Policía quedó como humillada en la cabecera de El Carmen, no salían por miedo a que la guerrilla los matara. A las veredas a veces llegaba el Ejército o la Infantería de Marina y se quedaban tres o cuatro días y se iban. Uno no estaba protegido. Vivimos muchas cosas y es duro porque nunca vino una ayuda psicológica para superar esto. A mi mamá y mi abuela les tocó vivir con mucha zozobra, y es el momento en que esa atención psicológica no ha llegado.

La detención

Ya no quiero que llegue el mes de julio en mi calendario, quisiera borrarlo. Cuando me detuvieron llevábamos ya unos años viviendo aquí, en El Carmen. Yo tenía 18 años y estaba en noveno de bachillerato. Me acuerdo que fue por los días de las fiestas de la Virgen del Carmen porque las autodefensas regaron panfletos diciendo que ellos no respondían con lo que podía pasar en las fiestas del 16 de julio, ya que había mucho guerrillero infiltrado. El 13 de julio llegó mi papá a las nueve de la mañana y me dijo que fuéramos a la frutera a mercar para irnos para la finca a cocinar y a pasar el día. Estábamos saliendo de mercar cuando llegó un policía conocido de nosotros y me dijo: —Oye, flaco, vamos pa’donde mi teniente, que necesita hablar contigo. Yo salí con él y cuando llegamos a la esquina del parque principal el policía me dijo: —Dame tu cédula—. Me pareció raro y me negué. Entonces salió un militar de una camioneta y me gritó que le diera la cédula o si no me agarraba a patadas y cogió el fusil. Y ahí me tocó entregarles mi contraseña y me subieron a “la turbo” de la Policía, en la que ya había un poco de muchachos entre los 17 y 20 años. Yo ahí pensé que me estaban reclutando para el Ejército. Nos llevaron al estadio, donde había un montón de gente del CTI, el DAS, la Policía y la Infantería de Marina. Comenzaron a llamar a grupos de a 20 personas para poner el número de cédula en un computador, me imagino que para mirar si teníamos antecedentes. Entonces pasaron mi contraseña y como no salió nada, me dijeron que me fuera. Cuando iba saliendo por la puerta del estadio, pasó otra camioneta por delante de mí. Era blanca, sin insignias, de vidrio ahumado y dentro venían un tipo encapuchado y unos policías uniformados. El tipo me señaló y le dijo al señor del DAS de la entrada del estadio que me agarrara. Entonces me pusieron las esposas y me montaron en la camioneta.

El encapuchado

El encapuchado era un muchacho que yo conocía desde hacía tiempo, de cuando yo pertenecía al centro de socorro de la Defensa Civil. De esto me di cuenta después, cuando en la Fiscalía me dijeron que él era el que me acusaba. Yo ni sabía qué era ser informante, ni que pagaban por eso, pero el tipo resultó inventando que yo era guerrillero, para vengarse por un problema que tuvo conmigo. Yo era el encargado de hacerle el mantenimiento técnico a los seis radioteléfonos que tenía la Defensa Civil y él iba mucho a la oficina de los socorristas, como a pasar el rato. Un día el director me llamó a decirme que había un radio que no aparecía, y que si no lo encontraban, yo iba a tener que pagar el millón y medio que valía. Entonces le dije que este muchacho se había quedado en la oficina, ese día, después de que yo salí, que seguramente él tenía el radio o sabía algo. Cuando lo confrontaron, el muchacho me dijo que si lo seguía acusando me iba a meter un tiro. A los 22 días me capturaron. Sentí mucha rabia porque me mandaron a la cárcel sin tener ninguna prueba que me incriminara en algún delito y pasó lo mismo con otras seis o siete personas inocentes que él señaló. Cuando me agarraron, me llevaron al comando de la Policía y de ahí a los cuarteles del DAS en Cartagena. En la noche nos mandaron a la Sijín del barrio Manga, hasta el 16 de julio, cuando nos llevaron a rendir indagatoria en la Fiscalía. Yo ni sabía de qué me acusaban. Fuimos 45 detenidos ese mismo día.

La acusación

Me llevaron a la Fiscalía y me dijeron que estaba acusado de manejar un carro seis cilindros, cuando nunca, hasta el día de hoy, he manejado un carro, si acaso bicicleta. Me acusaron de llevar armas y comida para la guerrilla de alta montaña. También dijeron que yo había puesto una bomba en Electricaribe, aquí en El Carmen, que había volado una torre de energía en el barrio El 28 y que estaba involucrado en la muerte de un funcionario de la Defensa Civil. Mejor dicho, que yo era un terrorista. Le doy gracias a Dios que la Defensa Civil y la comunidad recogieron firmas en El Carmen y en Cartagena. Incluso desde Bogotá enviaron los certificados de las cinco medallas de honor que me habían dado por buen desempeño, porque tenía una carrera de tres años en la institución como voluntario destacado. Ellos ayudaron mucho a mi familia durante los dos meses y medio que estuve detenido.

La cárcel

Para mí fueron como doscientos años. Allá se ve de todo, drogas, peleas... La guardia, a veces, cuando amanecía arrebatada, sacaba a todo el mundo desnudo de las celdas al patio, en plena madrugada. Yo vi salir como dos o tres muertos de allá, porque se mataban entre los presos. De los 45 que nos llevaron para la cárcel, esa misma noche nos atracaron a varios. Los presos nos quitaron los zapatos, el suéter y el pantalón y nos dieron una ropa vieja. A los pocos días, nos dividieron en grupos. A mí me tocó el patio bueno, el B2, donde no había tanta droga, no sé si era porque era el patio de los guerrilleros y los paramilitares. Yo dormía en un par de cartones que ponía en el piso, hasta que mi papá me llevó una colchoneta y uno de los duros del patio me dejó dormir en una base de cemento. Yo era un niño y la gente se daba cuenta de que yo no era malo. Además, el primer mes lloraba mucho y algunos se acercaban a darme ánimos. Los 45 que habíamos entrado juntos nos manteníamos pendientes de a quién llamaban para darle la libertad. El día que me llamaron a mí, fue un alivio.

La “libertad”

Cuando salí de la cárcel me quedé unos días con mis papás en Cartagena, y luego duré casi un mes sin poder salir de aquí de la casa, asustado, escuchando ruidos en todo lado, con miedo. Intenté trabajar en la tienda de un amigo, pero la gente llegaba a comprar y como yo salí en todos los noticieros, en RCN, en Caracol, en Telecaribe, se quedaban viéndome y me preguntaban si yo no era el guerrillero de la televisión. Duré solo ocho días y no pude más. Entonces, me aislé en la finca, de donde también me tocó irme porque seguía habiendo mucha autodefensa rondando. Me fui para Sincelejo. A mí siempre me ha gustado superarme, así que cuando me sentí mejor, intenté que me volvieran a admitir en el colegio, pero me dijeron que no, que por los antecedentes penales. Duré dos años sin estudiar, hasta que decidí presentarme a un programa para estudiar los sábados en el colegio Julio César Turbay, y ahí sí me aceptaron porque había unos profes que me conocían. Terminé en el 2008. Ese fue el día en que cumplí mi sueño de ser bachiller. Luego me casé, nació mi niño y me quedé trabajando como albañil, hasta ahora.

Yo quisiera

Cuando era niño, yo soñaba con terminar el bachillerato e irme a prestar el servicio militar. Quería ir al Ejército o a la Infantería de Marina. Pero cuando el Estado me hizo lo que me hizo, se acabaron todas esas instituciones para mí. El impacto de todo esto en mi vida es muy fuerte. Aunque pasen los años, hay gente a la que no se le quita esa idea de que eres guerrillero. Conseguir un trabajo es difícil y tampoco puedo hacer transacciones bancarias porque soy un exconvicto y eso está en mi pasado judicial. Yo quisiera trabajar de otra manera, no en la albañilería porque es duro: todo el día uno bajo el sol, moviendo dos o tres bultos de concreto solo, cosa pesada. Me gustaría trabajar en otra cosa, hacer parte de una empresa. Pero tengo que dar gracias a Dios que no he estado solo en esto, que mi familia siempre ha estado conmigo. Ahora vale la pena abrir la puerta a estos recuerdos porque en esa época se cometieron muchas injusticias y el Estado tiene que reconocer que todos los que caímos así, en masa, desde el 2000 hasta el 2005, éramos inocentes. A mí me gustaría ver algún día en televisión una noticia que dijera que después de haberme culpado de ser guerrillero, el Estado reconoce que se equivocó y que se comprobó mi inocencia y la de los otros. Que venga un alivio emocional, que el país se dé cuenta de que fuimos víctimas de un juego. El Ejército se empeñó en entregar resultados de capturas sin meterse a los Montes, llevándose a la gente del casco urbano y para mí es un alivio saber que el país puede conocer nuestras historias y darse cuenta de lo que pasó. Voy a guardar este libro para que sirva como prueba de mi inocencia. Para que si alguien se atreve a estigmatizarme delante de mis hijos, ellos tengan este libro en las manos y lo usen para defenderse. Para decir que su papá nunca fue guerrillero.

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