Amazonas: ‘Que nos escuchen desde lo más profundo de la selva’

24 de mayo de 2020 12:00 AM

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“¡Yo soy feliz, feliz trabajando, estando aquí!”, exclama por teléfono el doctor Roberto Sandoval Fontalvo. Esa ‘felicidad’ viene de hacer aquello que más le gusta: salvar vidas. Ayudar. Servir. Y el aquí es el Hospital San Rafael de Leticia, en Amazonas, donde el golpe del coronavirus se siente con rudeza. “Si Dios me trajo por acá fue por algo, hace ocho meses yo trabajaba en Guaviare, todo el mundo me decía que no, que no, que no, pero yo me vine para acá. Acepté una oferta laboral. Fui coordinador de Urgencias y cuando llegó el COVID-19 me nombraron Coordinador contra el COVID, yo estoy en la batalla contra la enfermedad”, me explica en tono serio, es parte de la historia sobre cómo llegó desde su natal Soledad, Atlántico, hasta el polo opuesto del país. Y, de seguro, hace ocho meses, si hubiera tenido una ventana mágica para ver el futuro, su decisión habría sido la misma. Así su familia esté ‘con el Cristo en la boca’, porque está solo en aquella región de Colombia tan apartada y tan tocada por el virus. “En estos momentos el hospital fue intervenido por la Superintendencia de Salud y ellos están prestando todas las medidas necesarias para nuestra protección, hay que destacar que los médicos tenemos todos los instrumentos de bioseguridad. Ya hay un orden”, señala, en referencia a la crisis reciente del sistema de salud local. “Hay días en los que hemos tenido cuatro o cinco muertos por COVID -19, en este momento (21 de mayo) tenemos cuatro días sin fallecidos. Acá, en el hospital, se coordina todo (los pacientes del departamento). Está la Clínica Leticia, pero el mayor número de pacientes lo maneja el hospital. Hoy tenemos dos pacientes ventilados. Estamos intubando pacientes sin gasometría arterial. Estamos en la lucha, en la lucha, yo estoy disponible 24/7 (...) Lo más complejo es no tener los elementos de laboratorio básicos que nos permitan descifrar a qué nivel (de gravedad del paciente) nos enfrentamos, si es medio, moderado o severo, no tengo gasometría arterial. Si la tuviera, yo estuviera feliz”, añade. El San Rafael de Leticia, el más importante centro médico de todo el departamento de Amazonas (de 79.000 habitantes), tiene solo cinco camas con ventiladores respiratorios. Faltan insumos médicos. No tiene Unidad de Cuidados Intensivos, pero sí una unidad de transición de ventilados, es decir, donde el paciente ingresa y, por dependiendo gravedad, le solicitan automáticamente una remisión para Bogotá o Villavicencio que puede tardar hasta 48 horas en concretarse. Pronto abrirán una sala con 18 camas para pacientes del nuevo coronavirus. “Creíamos que estábamos protegidos del virus cuando cerraron el aeropuerto de Leticia, pensamos que con eso no iba a entrar a nuestra comunidad pero vamos a ver que nos llegó por otro lado: por Tabatinga”, narra Yenny Torres, comerciante de la capital de Amazonas. Solo una calle separa a Tabatinga, ciudad brasilera, de Leticia. Un solo paso que el coronavirus cruzó sin barreras, convirtiendo a esa región de Colombia en la quinta más afectada, sumando 1.385 contagios y 36 muertes (cifra hasta el 21 de mayo).

Y es que el virus de China ha llegado hasta los rincones más recónditos de Colombia, aunque también hay comunidades que permanecen sin contagios. “Yo vivo en una comunidad que se llama Mucagua, pero en estos momentos estoy en Leticia. Ellos están a 70 kilómetros río (Amazonas) arriba. Están bien, sin salir, en absoluto, resguardados, solo salen para ir a pescar o a las tiendas. Vivimos del ecoturismo pero a raíz de la pandemia todo cambió, todo se quedó como congelado hasta nueva orden; nuevamente la comunidad vuelve a la pesca, a la cacería. Los ingresos económicos de las familias están prácticamente congelados”, precisa Jhonny Del Águila, miembro de la comunidad Mucagua. Antes de la pandemia era guía turístico, ahora busca la forma de encontrar donde sea posible ayudas y de guiarlas para que lleguen a los suyos a través de una travesía por río y selva. Ha recibido algunas donaciones internacionales que destina a los más vunerables. “En Leticia está muy complicado el tema, porque cada vez hay más contagiados. Aquí hay unos 25 barrios, hay detectados 145 contagiados en el barrio Victoria Regia; en Castañal, que es uno de los barrios tradicionales, hay 100 casos y en El Porvenir 77. Entre Tabatinga y Leticia tienen más de 200 casos”, sostiene. ¿Y es que quién iría a pensar que hasta aquellos pueblos tan apartados podría llegar una pandemia de esta magnitud?

Travesías contra el COVID – 19

“Estamos trabajando solos, el Gobierno no nos ha ayudado. La guardia indígena ha sido la encargada de controlar la situación”, es la voz de Lilia Java, otra indígena del municipio de Puerto Nariño, Amazonas. “El virus entró por Tabatinga (Brasil), se ha venido propagando por diferentes comunidades que ahora mismo están resguardadas. Actualmente está en Puerto Nariño, tenemos 46 casos positivos. Somos 22 comunidades indígenas alrededor de los ríos. Entre todas estas comunidades está el casco urbano de Puerto Nariño, donde habitan más o menos 3.500 personas y 7.000 mil habitantes de los resguardos, entre todos somos unas 12 mil personas. Solo han llegado una 200 pruebas”, refiere. La estación de la Policía solo tiene seis agentes, aunque hay patrullajes del Ejército y la Armada, a la guardia indígena le ha tocado conseguir el combustible para movilizarse y hacer brigadas de educación y control entre las comunidades apartadas. “Estamos tocando puertas de amigos para seguir buscando esas ayudas que necesitamos y más elementos de protección para la guardia indígena. Tenemos un hospital de primer nivel pero no tiene elementos básicos, con todo esto se han descubierto muchas fallas del Gobierno. Inicialmente, los médicos entraron a paro y luego renunciaron, porque las instalaciones no son las más adecuadas, no tenemos lavamanos, ni buenas conexiones eléctricas, ni balas de oxígeno. Ahora mismo hay dos médicos, un bacteriólogo, un odontólogo, cuatro enfermeros. Una estructura muy pequeñita, que está a punto de caerse, la adecuaron con madera como sala de COVID, pero aún faltan muchos insumos. Hemos estado pidiendo que el Gobierno nacional mire hacia el Amazonas. ¡Queremos que se escuchen nuestras voces desde lo más profundo de la selva!”, clama. Si una persona esas 22 comunidades, algunas más remotas que otras, se enferma de gravedad, debe ser llevada a este hospital y luego al San Rafael de Leticia y, si es muy grave, a su vez debe ser remitida a un hospital fuera del departamento. “Tenemos esperanza en nuestras medicinas tradicionales. Antes de que salieran esas 46 personas positivas el virus, muchas personas tenían los síntomas (...) todos empezamos a hacer el tratamiento, acá en la comunidad tenemos mucho limón, conservamos el jengibre, ajo, hierba Luisa, hacemos estos tés, no los tomamos calientes, ha sido la forma de nosotros de actuar. Hemos tenido gripa, con dolores fuertes, con falta de respiración y tomando eso nos hemos calmado, pero no nos han hecho ningún tipo de pruebas, aquí solo llegaron esas 200 pruebas, pero no le hicieron a toda la población”, añade.

Lilia ha liderado una cruzada para que los habitantes de estos resguardos aprovechen este tiempo para seguir preservando la identidad cultural de cada comunidad. Por eso visita a las comunidades con brigadas de educación sobre el COVID y sobre cómo aprovechar este tiempo en casa, con tardes de cuentos, fabricando trajes artesanales, transmitiendo su conocimiento a los más pequeños. “Normalmente para nosotros no existen las fronteras pero ahora, por el coronavirus, estamos ya fronterizados, no podemos ir a Brasil, ni a Perú, tenemos familia allá que hoy no sabemos cómo está. Acá la señal de Claro es más oscura que clara, el internet lo mismo, no tenemos llamadas internacionales ahora. No hemos podido volver a hacer un ritual, una minga, una asamblea, son cosas que también han cambiado. En la Comunidad de Puerto Esperanza, en el mes de marzo, se realizó una ‘pelazón’, es un ritual que se le hace a las niñas cuando les viene su primer periodo. Se le hizo a tres niñas, fue el último que hicimos antes de todo esto”, afirma. Y el mayor temor de todos es el mismo que se ha expandido por el mundo, ahora más que nunca. El miedo a morir. Fallecer como ya sucedió con el líder indígena Antonio Bolívar, de 75 años, actor de la película de Ciro Guerra, ‘El abrazo de la serpiente’. Tenía síntomas de coronavirus. “Hay varios líderes con el virus, guardias indigencias, lideresas... el día a día para nosotros ahora es desayuno, almuerzo y cena el virus. Ya no es una vida tranquila. Nuestro mayor temor es de perder a nuestros abuelos, es que se sigan perdiendo esos conocimientos ancestrales que solo nos trasmiten nuestros abuelos, nuestros curacas”, añade Lilia. Es el grito que late desde la selva, ese vasto universo verde que hoy más que nunca clama por ayuda.

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“En estos días hemos tenido más de 30 recuperados. Entre esos tengo a un paciente que llegó y casi que tocó ventilarlo, estaba muy mal, no daban un peso por él, pero logramos recuperarlo y ya mañana será dado de alta, me pareció un éxito, son muchos pacientes a los que les hemos dado egreso de forma exitosa, a pesar del poco material que tenemos. La verdad es que me hace feliz este trabajo y el lugar donde estoy combatiendo el virus”, afirma el médico Roberto Sandoval.

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