Facetas


Ralf ha muerto, su historia vive

Una de las almas de la calle del Arzobispado se apagó hace pocos días tras los efectos de la pandemia. Décadas de una historia que se funden ahora entre recuerdos.

CRISTIAN AGÁMEZ PÁJARO

21 de marzo de 2021 08:38 AM

Otra puerta se cierra. Una historia más se escribe ahora en la memoria reciente de los cartageneros y en estas letras, en estas páginas que han sido ya testigos tangibles de lo que ahora es intangible.

El revolcón económico y pandémico del Centro Histórico de Cartagena ha dado para todo. Para clausurar decenas de negocios, hasta los más emblemáticos.

El local 34-74 de la calle el Arzobispado ha sido uno de ellos.

Sorprende saber que Ralf, la famosa y más antigua barbería de Cartagena, de unas ocho décadas, ha llegado a su fin. Ahora ya no existe porque, entre otras cosas, los embates de la pandemia hicieron que, finalmente, sus máquinas no siguieran cortando barbas y cabellos.

Rodolfo Antonio González, un cuidador de carros y asiduo cliente de la barbería, fue testigo de cómo un día la antiquísima mueblería de Ralf, sus tocadores, con sus espejos enormes y sus sillones, fue sacada de local comercial que ahora permanece cerrado y quizá espera de algún nuevo inquilino.

-¿Sabe por qué se fueron?... ¿No sobrevivieron a la pandemia?, le pregunto.

- No sé bien. Uff... muchos negocios han cerrado por aquí, porque quebraron. Son bastantes.

Rodolfo me cuenta que siempre lo peluqueaban gratis en Ralf, porque era muy amigo de sus dueños y aprovecha para contarme un poco de su propia historia.

“¿Sabes cuántos años tengo yo de estar aquí?, ¡39! Y tengo cinco películas”, precisa.

- ¿Cinco películas?

- Sí. La última que filmé fue Blas el Teso, una comedia, por allá en los años 80. Fui el primer actor.

Rodolfo asegura haber participado como actor y de extra en producciones filmográficas en Cartagena y me cuenta también que es tuerto desde niño, por una enfermedad contagiosa que afectó uno de sus ojos.

En esa calle lo conoce y lo quiere todo el mundo. Incluso sus amigos de Ralf, entre ellos recuerda mucho, con el afecto que solo un buen amigo despierta, a Manuel Cordero, dueño de la barbería, quien falleció hace un año por un infarto. (Lea también: La Barbería Ralf)

Una joya turística

Manuel Cordero había heredado el oficio de babero de su padre, Pedro Cordero, quien tenía la Barbería Colonial en el Parque de Bolívar. Luego su padre compró otra barbería y “entonces yo me vine para acá, para la calle del Arzobispado, a la barbería de un señor que se llamaba Juancho Martelo, ahí me quedé con Juancho. Como trabajé toda la vida con él, antes de morir, me regaló esto, entonces quedaba en otro local. Aquí estoy hasta el sol de hoy, sirviéndole a la ciudad y a la gente. Esto tiene como 83 años”, explicó Manuel, en una entrevista para El Universal, en 2018. Fue una de las tantas entrevistas que concedió a medios de comunicación, incluso internacionales. “Manuel decía que, cuando muriera, también se acabaría la barbería”, recuerda hoy ‘el Tuerto’, como es conocido Rodolfo en la zona. Y, al fin y al cabo, es lo que ha sucedido con la desaparición de Ralf.

En aquella ya extinta barbería, Manuel trabajaba con su hijo Jaime Cordero y con su primo Lisímaco Cordero, quien mencionaba en la misma entrevista de 2018: “Aquí tenemos muchísimas anécdotas, hablamos de todo un poco, viene todo el mundo. Se forman unas tertulias (...)”.

Y es que eso era Ralf, un lugar que congregaba políticos, músicos, artistas, abogados, médicos, actores y un sinnúmero de personalidades de todo el mundo, atraídas por su estilo antiguo, parecía detenida en el tiempo, y bohemio, pero también por la hospitalidad de sus barberos.

El cantante venezolano Ricardo Montaner, Gustavo Petro, Enrique Peñalosa Joaquín Gutiérrez, Pambelé, Abel Leal, Andrés Cabas, Juan Piña, José Alberto “el Canario” y Alfredo De La Fe son solo algunos de los hombres que pisaron Ralf para solicitar sus servicios.

Solía también estar en Ralf Orlando Ortega, un tipo sonriente que nació en San Jacinto, pero por cosas del destino llegó a Cartagena y encontró en este oficio su vida. Aunque no era de la familia Cordero, sí trabaja en Ralf, aquel lugar al que muchos cartageneros consideraban un atractivo más y que, con el paso de los años, se convirtió en una joya turística de la ciudad.

El peso de la pandemia

¿Realmente por qué cerró Ralf? Intentando resolver esa pregunta y a través de Rodolfo, aquel cuidador de autos, logro contactar a Lisímaco, quien tiene 75 años. “¡El local es muy caro, papá!”, me explica al otro lado del teléfono desde su casa, en Paseo de Bolívar.

“Estaba en 2 millones 400 el arriendo y ahora subía a 3 millones 500. Yo fui entregando eso. Yo tengo mi pensión, soy pensionado. Gracias a Dios coticé pensión en la barbería y puedo vivir de eso”, menciona Lisímaco, aún con el sinsabor de la nostalgia humedeciendo su ser, porque ahora las puertas que atravesó por 52 años están cerradas.

“Duré 52 años trabajando ahí, tengo tres años de estar pensionado. Ya, al final, no se pudo y ya...”, insiste sobre el cierre.

Lisímaco me cuenta que si por un lado siente nostalgia, por otro siente la satisfacción del deber cumplido y las ganas ya de descansar: “Gracias a Dios, eso se acabó, me voy para mi finca, en Marialabaja”, señala. (Lea también: Ralf, memorias de la barbería más antigua de Cartagena)

¿Cómo les fue con la pandemia?

- Todo bien, gracias a Dios, teníamos una puerta abierta y otra cerrada, así pasamos el ‘vendaval’. Si llegaba la Policía a preguntar, decíamos que estábamos haciendo un mantenimiento (risas). Sin embargo, las cosas estaban duras. En el Centro y en todas partes hay mucho venezolano cortando cabello hasta por 4 mil pesos.

Pero usted ya está más tranquilo...

- Es correcto. Sí, sí, gracias a Dios, coticé pensión. No tengo problemas, todos mis hijos están casados, tengo una casa en el Paseo Bolívar y mi finquita en Marialabaja. No tengo niños pequeños y puedo vivir de mi pensión.

¿Y exactamente cuándo se cerró?

- Yo tengo dos semanas que dejé de ir, no me acuerdo bien. Antes de eso, me había enfermado, duré tres días sin ir y, cuando regresé, encontré que se habían perdido mis herramientas. Entonces yo cogí rabia y llamé al dueño del local y se lo entregué, no trabajé más, todos esos contratos estaban a nombre mío, yo lo llamé y le entregué el local. Ahí todavía estaba trabajado mi primo Jaime.

¿Y los muebles, qué hicieron con ellos?

- ¿Quiere comprar alguno?, yo le hago el contacto con Orlando Ortega para que se los venda.

Lisímaco dice que la pérdida de sus implementos de trabajo, más el alto costo del local lo llevaron a cerrar. Sin embargo, ya no tras las puertas de Ralf, seguirá atendiendo a uno que otro cliente, siempre que sus fuerzas y el destino se lo permitan.

“Tú sabes que se me perdieron mis herramientas, entonces compré unas nuevas para atender a unos clientes que me llaman para domicilios. Ayer me llamaron para hacer un domicilio y en El Cabrero me atracaron y me quitaron el maletín con todos los hierros nuevos que había comprado. ¡Estoy de suerte, carajo!”, sostiene y ríe el hombre que alguna vez hizo parte de la inolvidable barbería.