Facetas


Relato de un rapto, 10 horas de agonía

Alexander y Emilianis sintieron que su mundo se desplomaba cuando su hija, de apenas 20 días de nacida, desapareció en brazos de una desconocida.

CRISTIAN AGÁMEZ PÁJARO

30 de agosto de 2020 12:00 AM

Aquella mañana Emilianis Carolina Rivera Acosta y Alexander Rafael Galeano Suárez vivieron el infierno en carne propia. La desazón de la incertidumbre los corroía por dentro, queriendo derribarlos. Su mundo se desmoronaba. Su pequeña bebé, de apenas 20 días, ya no estaba.

Una mujer extraña, disfrazada de caridad de pies a cabeza, se las había arrebatado con engaños, se marchó con la criatura. La secuestró. Ya no la verían, nunca más, pensaron, ofuscados, confundidos.

Ellos, unos padres muy, muy jóvenes, permanecían con sus almas cercenadas clamando auxilio en una estación de policía, en Cartagena de Indias.

¿A dónde había ido aquella mujer misteriosa con la bebé?, ¿para qué la secuestró?, ¿la vendería?

Imagen PAPAS

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Atravesamos la casa azul cielo de La Esperanza al despuntar las 3:30 de una tarde de martes. “Es una pensión”, me decían antes por el teléfono. Una pensión de venezolanos, en Cartagena, a 10 mil pesos la noche el cuarto.

“Yo tengo tres años aquí. Mi mamá me tuvo que mandar a Colombia de Venezuela por la situación. Cuando me vine, dormí tres días en Maicao. Un hermano mío me recogería pero me quedó mal y tuve que dormir allá. Luego me recogió en la Terminal en Cartagena”, me explica Alexander con su marcado acento del país petrolero. La razón del viaje, la misma que ha llevado y está llevando a miles de sus compatriotas a escapar, la crisis, la terrible y ya ¿eterna? crisis.

“Yo tengo tres años viviendo en Cartagena -repite- y ella tiene dos años aquí. Yo la mandé a buscar a ella y a mi mamá”. Alexander viste una cachucha blanca que dice Adidas y un buzo blanco de los Chicago Bulls. Señala ahora a quien es su compañera, su amor: Emilianis Carolina. Se conocieron en una fiesta en Coro, la ciudad capital del Estado Falcón -noroccidente de Venezuela- parecida a Cartagena en algunas de sus casas coloniales. “Nos habíamos visto pero nunca habíamos tratado (...)”, mencionan y, tras un cruce de miradas, ríen con picardía.

-Al principio -al llegar a Cartagena-, yo vendía agua y gaseosa en el Centro. Me rebusqué vendiendo agua, por ahí, me ha ido bien... gracias a Dios.

-¿Mejor que allá, en Venezuela?, pregunto.

-No, mejor que allá no, pero sí consigo para la comida y para los bebés.

Alexander tiene 19 años, tenía 16 cuando llegó a Cartagena, y su compañera Emilianis tiene 18. En esta ciudad nació el primer bebé de la pareja de venezolanos, en abril de 2019, hace año y cuatro meses. Fue en la Clínica Maternidad Rafael Calvo. No tenían documentos, llegaron sin controles prenatales directo al parto, como muchas otras mujeres venezolanas que han sido asistidas por los servicios médicos de Cartagena. Afortunadamente, todo salió bien. El chiquillo se pasea ahora entre el cuarto, la sala y el patio de la pensión de venezolanos donde charlamos. En la misma casa, viven la mamá y una hermana del joven venezolano, con una sobrina y otros parientes. La familia creció hace un mes, cuando vino al mundo el segundo bebé de Alexander y Emilianis: una niña que nació en la Clínica General del Caribe, gracias al apoyo que recibe la pareja de una fundación que agremia a ciudadanos del vecino país.

“En tres años aquí, no he conseguido un trabajo estable, lo que he hecho es pedir, porque uno lo que hace es pedir, quiero conseguir un trabajito, una vaina, estoy tratando de buscarlo, pero yo pago diario también, 10 (mil) pesos por este cuartico (...) y hay mucha gente que me humilla porque pido”.

- ¿Y sí te ofrecen un trabajo, qué sabes hacer?

-Yo hago lo que sea, patrón. Lo que sea para sacar a mis niños adelante.

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Aquel alma desalmada y desconocida, disfrazada de caridad de pies a cabezas, había llegado hasta Emilianis Carolina Rivera Acosta y Alexander Rafael Galeano Suárez, cuando ellos pedían limosnas con sus dos hijos, una tarde de este 22 de agosto de 2020.

“Esa señora se nos acercó. Nos dijo que ella tenía ropita -para la bebé-, que ella donaba ropa. Nos mostró en el Facebook de ella. Ella nos citó para ese mismo día en el Pie del Cerro, a las 6 de la tarde”, narra Emilianis. “Que nos iba a dar una ropa, que nos iba a regalar 20.000 pesos y que nos iba regalar unos potes de leche, pero cuando yo llegué ahí ella preguntó por la niña, que quería verla”, complemente Alexander.

Aquella desconocida mujer insistió en ver a la pequeña niña, tanto que acordaron otra cita al día siguiente en el mismo lugar. “A las 7 de la mañana, cuando nos vio, nos trataba bien. Nos abrazaba. Nos invitó a desayunar en su casa, dijo que vivía en Daniel Lemaitre, primero nos hizo caminar hasta Santa Rita, porque no quería tomar un taxi”, continúa Alexander. Bajo engaños, dicen, en el camino la desconocida los convenció entregarle a la menor mientras se desplazaban a la vivienda. Mientras ellos subieron a una mototaxi, la desconocida tomó otra moto.

“Cuando llegamos al CAI de Daniel Lemaitre –que sería el punto de encuentro-, vimos para atrás y la señora no venía, mi esposa presentía algo y se puso a llorar. Enseguida fuimos a la Policía. El grupo del Gaula y la Policía de Infancia y Adolescencia nos ayudaron bastante. Hicieron buen trabajo, gracias a Dios”, relata Alexander.

La mujer desconocida se había esfumado con la bebé que se convertía en víctima de los horrores de este mundo, al que tenía solo 20 días de haber llegado. Entonces aquella angustia de padres comenzó a devorarlos por dentro, se preguntaban “¿A dónde se llevaron a nuestra hija?”, sin saber si quiera por dónde comenzar a buscar. Le rezaron con fervor a Dios y a la virgen de Guadalupe, pero también depositaron su confianza en la justicia terrenal, en manos del grupo Gaula de la Policía Metropolitana de Cartagena. La pericia de los agentes los llevó a actuar con la inmediatez primordial en estos casos. Cámaras de seguridad, llamadas telefónicas y algunos testimonios fueron la clave para dar en tiempo récord con el paradero de la supuesta secuestradora

¿Dónde?, pista, tras pista condujo a los investigadores hasta varios kilómetros de Cartagena, hasta Rotinet, corregimiento de Repelón, municipio de Atlántico. “Al parecer, tenía el televisor prendido y todo, viendo las noticias. Tenía música, estaba festejando. No sabemos si iba a vender la niña. Ella dijo que nosotros se la habíamos vendido, pero no le creyeron porque ella -al parecer- le fingió un embarazo al marido. Cuando volvió (a su casa), lo hizo con la bebé y dijo que había parido.

“Decía que nosotros se la habíamos vendido, pero mi niña no es un perro, ni un animal para andar vendiéndola, no amigo, no. Los policías nos interrogaron porque me decían que hay muchos venezolanos que venden a sus hijos y después se arrepienten, pero no es el caso de nosotros”, sostiene Alexander. La pequeña fue rescatada a las 6 de esa misma tarde por Unidades del Gaula, menos de diez horas después del rapto. Casi diez horas de angustia y sinsabores. La pequeña, a las 8 de la noche, ya estaba en los brazos de sus padres.

Imagen PAPA3

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En el patio de la casa de La Esperanza, ahora los papás Emilianis Carolina y Alexander cargan a su pequeña, vestida con un mameluco rosado y un gorrito tejido del mismo color. La ‘apapachan’, la consienten. La miman. Posan para las fotos felices, a pesar de las necesidades, dicen querer salir adelante con sus hijos. Sueñan con volver a Venezuela, a su natal Coro, pero saben que por ahora no es posible, porque solo los pañales son demasiado costosos allá. El día que volvieron a la casa con la bebé en brazos, los vecinos los recibieron entre aplausos. La gestora social del Distrito de Cartagena los ha visitado y les ha prometido ayudar a la familia para que la pequeña sea registrada y afiliada a una EPS, entre otras cosas. El alcalde, dicen, William Dau habría manifestado su deseo de apadrinarla. Alexander insiste en querer trabajar para buscar otra casa donde vivir y para sus hijos. En diez horas vivieron una indeseable montaña rusa de emociones, llena de muchos vacíos y angustia. Al final, por fortuna, estaba la felicidad.