Sospechosa por coronavirus: “En 24 horas no podrás respirar bien”

10 de mayo de 2020 08:30 AM

ENVIAR PÁGINA POR CORREO

—Llegaron los resultados, pero usted no se puede ir— me dice.

—¿Por qué, doctor?— le pregunto.

—La radiografía no está muy bien que digamos...

—¿Cómo así?, pero si yo respiro bien...

—Sí, pero tiene una neumonía, hay que tratarla porque puede tener una evolución desfavorable en las próximas 24 horas. La remitiremos a una clínica de mayor complejidad.

¿Qué más voy a preguntar? ¡Nada! La angustia no me deja abrir la boca. Tiemblo. Lloro. Pienso en mi vida... mi esposo, mi hermana, mi papá y mi abuelo. No puede ser. Si yo llegué aquí caminando... si yo me siento bien, tanto como hace dos horas, cuando llegué...

—¿Quién es el último de la fila?, pregunté al llegar a la unidad de urgencias de mi EPS. Eran las 7:30 de una mañana nublada pero calurosa de abril. Afuera, donde antes fue un parqueadero, hay una carpa blanca, unas ocho personas y dos médicos que atienden a dos metros de los pacientes. Alguien dijo yo y me paré justo atrás de él, pero me di cuenta de que la fila no existía en realidad, todos se ocultaban de decenas de curiosos alrededor que los miraban sin disimulo y recordé: vengo a hacerme la prueba del COVID-19, debo ser cuidadosa. También me escondí.

Nadie miraba a nadie, parecían mudos y me parecía también que los tapabocas nos convertían en seres sin expresión ni identidad. El se “moría” cada que un médico, que más parecía un astronauta, pedía los síntomas a cada uno: dolor en la garganta, fiebre, diarrea, gripa, malestar general. Yo escuchaba atenta, sin un solo dolor, nisiquiera tenía la rinitis que me ataca desde los veinte años. A las 8:20 fui atendida.

—Doctor, a mí no me han dado síntomas, pero mi esposo dio positivo y por eso quiero hacerme la prueba— dije. Aunque no pude ver a los demás, sentí que todos me miraban. Ellos tenían dudas y yo toda la probabilidad de estar contagiada. El doctor escribió algo y llamó por teléfono, a los minutos una enfermera se acercó y me dijo que la siguiera: debía caminar a cinco pasos de ella. Entré a un consultorio. Me pidió que evitara tocar muchas cosas y no me quitara para nada el tapabocas.

Media hora después, tocaron a la puerta. —Hola, señorita, le pido que no salga del consultorio, en un momento le haremos la prueba de hisopado -nasal-, tomaremos muestras de sangre y una radiografía de tórax.

Ya eran las 9:30. Desde el consultorio escuchaba hablar a las enfermeras, quise pedirles ayuda para comunicarme con mi familia, con mi esposo... mi celular no tenía señal... No me escucharon o no quisieron escuchar.

Encerrada, esperaba me enviaran a casa, pero, un momento, a mi esposo no le hicieron tantos exámenes, solo le tomaron la muestra y lo aislaron en casa mientras esperaba el resultado, que llegó a los 3 días. Justo a las 11 volvieron a tocar a la puerta.

--Llegaron los resultados, pero usted no se puede ir. (...) Tiene una neumonía, hay que tratarla porque puede tener una evolución desfavorable en las próximas 24 horas. La remitiremos a una clínica de mayor complejidad.

Y aquí estoy... ¿24 horas? ¿En un día no voy a poder respirar? Dios mío, esto no puede estar pasándome. ¡Tengo 30 años!

Hielo en el consultorio

En este consultorio blanco y frío no hay espacio para el futuro. El tiempo se ha paralizado y solo puedo pensar en que cada minuto me acerca más a la muerte.

Debe haber un error, justo ayer bailaba reguetón en la sala de mi casa, trabajaba sin ningún problema, ¡estaba viva!

Recuerdo todas las noticias que he leído sobre víctimas del virus... ¡Me voy a morir!

Quiero llamar a alguien, contar lo que me está pasando, pero el teléfono sigue sin señal. Otro bendito recuerdo: los casos de Ecuador, Italia y España, donde los pacientes entran a las clínicas y nunca más vuelven a ver a sus seres queridos. No, no lo puedo permitir...

Abro la puerta. Afuera, una vigilante, con un miedo que parece asco, me pide que no salga. “Mujer, tengo hambre, tengo miedo, necesito hablar con mi familia”, le digo llorando. “Cálmate, llamaré a la doctora”. Por primera vez me siento como Gregorio Samsa, el protagonista de la obra ‘La Metamorfosis’(Franz Kafka).

La médico habla con mi familia por teléfono, pero no me puede dar de comer. —Es que te remitiremos y no sabemos qué procedimiento te harán—.

—Doctora, ¿ dígame de verdad qué me pasa? ¿Me voy a morir?

—No, vas a estar bien, pero debes estar tranquila.

Dos de la tarde. Los treinta años que llevo en esta tierra pasan por mi mente como un carrusel de imágenes, olores y sensaciones. Encerrada en este consultorio, me aferro a ella, pero me apuñala la incertidumbre cuando recuerdo que para este virus no hay vacuna todavía. Pienso en mi hermana, mi papá, mi esposo, mis amigos. Me veo siendo una niña sana, traviesa y juguetona. ¿Y todos los proyectos para este año y los sueños que me faltan por cumplir? ¡Los abrazos que quiero dar! Siento escalofríos.

Vienen por mí. Salgo por una puerta privada y me subo a la ambulancia. En un hospital con mayor infraestructura estará el ring para pelear mi batalla. Todos me miran intrigados, asustados y prevenidos... y yo muero por comer algo, no lo he hecho desde ayer, a las cuatro de la tarde.

Mi celular vuelve a tener señal y los cientos de mensajes de apoyo que empiezan a llegar me reconfortan un poco. Llamadas, palabras de aliento de los mismos médicos y enfermeras y una imagen de Dragon Ball, mi ánime favorito, donde mis compañeros de trabajo me dicen: “Eres fuerte saiyajina, estamos contigo”. Sí, mis compañeros, los mismos con los que compartí los últimos días. ¿Y si los contagié? Dios mío, esto debe ser una pesadilla. Vuelvo a llorar.

Más muestras de sangre y un TAC para saber qué tengo en los pulmones. El olor a alcohol, las enfermeras a las que ni los ojos les alcanzó a ver y un paciente con una tos terrible crean un ambiente aterrador.

Ya es de noche. ¿Cómo será mi primera luna en una incómoda y fría camilla, tratando de sobrevivir?

—Joven, lo que encontramos en el TAC es leve y se puede tratar desde la casa, eso sí, tienes que aislarte hasta que te den los resultados— dice el médico. ¡No lo puedo creer, no me voy a morir... no ahora!

Desde casa

El aislamiento en casa es total. Mi pareja y yo nos dividimos los espacios, los turnos para comer, para ir al baño y lavarlo. Los vecinos nos ven “sospechosos” y han comenzado a lavar sus terrazas con mucha frecuencia.

¿Han sentido esperanza, pero al mismo tiempo miedo? ¿Qué tal que algo muy malo esté pasando en mis pulmones?

Intento pensar en otra cosa y cumplir las recomendaciones en medio de la fe.

Vamos a ver qué hay en el televisor, ¡el noticiero! “Joven de 29 años muere por COVID-19 y su familia dice que hubo una posible negligencia médica”... y en la misma clínica donde estuve. La presentadora dice que lo hospitalizaron, le dieron de alta y a los días falleció. Vuelve ese diablito que te habla a la oreja y te susurra: “Todavía te puedes morir”. Siento una presión en el pecho, un dolor extraño y me digo: “Ahora sí estoy sintiendo lo de mis pulmones, como me advirtió ese médico”. ¿Será real el dolor o me está dando un mal juego la mente?

Inhalo, exhalo. Inhalo, exhalo. Mis pulmones tendrían que manifestar algo. Sean generosos y avísenme cuando las cosas vayan a empeorar. Una madrugada, después de cinco días, despierto porque siento que me ahogo. ¡Estoy empeorando!

7:30 a. m. Suena el celular. Un doctor confirma mis resultados... ¡Negativo! Miro al cielo y agradezco otra oportunidad para seguir viviendo. La presión en el pecho desapareció. Ahora, desde casa y con las mismas precauciones que cuando creí era positiva, veo la vida de otra manera.

Ahora te puedes comunicar con El Universal a través de Whatsapp

  • Videos
  • Mensajes
  • Fotos
  • Notas de voz

cuando seas testigo de algún hecho noticioso, envíalo al: 321 - 5255724. No recibimos llamadas.

LEA MÁS SOBRE Facetas

DE INTERÉS