Río de Janeiro, siempre vibrante

12 de mayo de 2019 12:00 AM

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‘Obrigado’ es tal vez la palabra que más escuché y que mejor aprendí del portugués en Río de Janeiro. Simplemente significa ‘gracias’. Quizá la escuché tanto porque los cariocas son excesivamente amables y dan las gracias hasta por ayudarte a encontrar una dirección. Si hay que describir a los cariocas, tendría que decir, además de la alegría que los caracteriza, que son sumamente atentos y serviciales. La siempre atrayente Río de Janeiro tiene una agitada vida en sus calles de mosaicos interminables y playas de atardeceres y amaneceres sorprendentes. Llevaba algunas semanas planeando este viaje, algo metódico, casi que obsesionado, busqué muchas fotos, videos, hice recorridos virtuales por Google Maps, por Google Street Wiew, es uno de esos lugares que uno siempre sueña conocer, así que cuando por fin llegó la hora me parecía haber estado antes en ciertos sitios de Río. Se me hacían familiares, pero no, para nada eran como los había visto en tantas postales, sin dudas... ¡son mucho mejores!

Al salir del Santos Dumont, el segundo mayor aeropuerto de Río, mi esposa y yo vimos a lo lejos al legendario morro Pan de Azúcar, se nos erizó la piel, estábamos emocionados, nos mirábamos a los ojos y hasta recuerdo haber aplaudido, lo que le sacó una sonrisa al taxista, un tipo de bigotes y cabellos blancos que nos transportó por 40 reales (unos 33 mil pesos). Lo comparamos con el Peñol de Antioquia, por el parecido entre ambas rocas gigantes. Pan de Azúcar es uno de los sitios icónicos y más visitados por los turistas, con 396 metros de alto, da una vista panorámica de la ciudad: la ensenada de Botafogo por un extremo y por el otro las playas de Copacabana. Esas playas -hay quienes las catalogan como las más famosas del mundo- fueron el primer sitio en la lista al que llegamos. “20 reais o copo”, nos gritó un vendedor que caminaba balanceando una bandeja de caipiriñas. Bastante insistente rebajó a 15, luego a 10 y finalmente a 5 reales el vaso del popular coctel brasilero. Son casi 4 kilómetros de playas, a lo largo hay ‘infinidad’ de canchas de voleibol, de fútbol y otros deportes, hay bares y restaurantes, es una playa de esculturales cuerpos y bikinis diminutos. Cometerías un pecado si vas a Río y no visitas las playas de Copacabana o de Ipanema, igual de famosas y concurridas.

Do Telégrafo

En mis tours virtuales, antes de visitar Río, había visto un lugar que no aparece mucho en la lista obligada de sitios por conocer, porque precisamente no está en la ciudad. Está en Barra de Guaratiba, un balneario a una hora de Copacabana, con tranquilas playas de arena casi dorada. A través de una senda selvática, en el Parque Estadual da Pedra Branca, que también lleva a otras playas solitarias, como la del Perigoso (Peligroso) y del Inferno (Infierno); llegamos hasta la Pedra do Telégrafo (Piedra del Telégrafo). Hay que caminar una hora por un sendero, una pendiente bastante inclinada, algo agotadora y, a veces, pantanosa para llegar ahí. Es un camino perfecto para quienes les gusta la aventura y conectarse con la naturaleza, la sola vista del litoral con una costa infinita es sorprendente. “Eles estão a meia hora de distância (..) Mas a linha para a foto é longa, longa, duas ou três horas (Están a media hora de distancia, pero la fila para la foto es larga, larga, dos o tres horas)”, nos decían unos cariocas a medio camino. Y sí, era cierto, la Pedra do Telégrafo está a 354 metros de altitud y, al año, miles de turistas de todo el mundo hacen este recorrido, solo por una cosa: tomarse una ‘infartante’ foto. La foto sobre la piedra da la impresión de estar al borde de un abismo y que con cualquier mal paso puedes caer, da vértigo. El resultado vale la pena y el camino a pie a la Pedra Do Telégrafo es seguro. De regreso nos tomó la noche, así que corrimos un poco, huyendo de la oscuridad.

La bohemia Lapa

Dayane Assumpcao, una carioca a la que conocimos mientras esperábamos en la fila por nuestra foto, nos recomendó visitar el barrio Lapa de noche, allí se concentra una variedad de restaurantes, discos y bares bohemios, de bossa nova y samba. Ya habíamos estado en Lapa de día, allí están los Arcos de Lapa, el antiguo gran acueducto de Río, otro lugar de postal. Estando allí, divisamos un camino hacia donde nos enviaba el GPS del celular: las Escaleras de Salerón, llegamos tras esquivar una calle con rostros un poco tenebrosos. Son 215 peldaños de mosaicos, ideados por el chileno Jorge Salerón, en agradecimiento a la ciudad que lo recibió en 1983. Los azulejos llenan las escaleras de colores que van desde la bandera Brasil hasta un rojo intenso y que cuentan historias de la ciudad. Como todos los lugares turísticos en Río, siempre están repletas de visitantes. “Venga, fotos profesionales”, gritaba en lo alto un particular vendedor de agua que ofrecía gratis servicios de fotógrafo. En este caso aplica totalmente ese dicho de que la experiencia hace al maestro, porque saca muy buenas imágenes y sin cobrar un solo real.

Lleno de nubes

En Río te puedes topar con vendedores de una variedad de paquetes turísticos, con tours de un día por los lugares más visitados. Bien puedes tomar uno de ellos o aventurarte solo por la ciudad. Es fácil y el sistema de transporte con metro, tranvía y buses urbanos te acerca a monumentos, museos y plazas. No puedes perderte el Museo del Mañana, en la Plaza de Mauá, es una reflexión constante sobre el paso del ser humano por el mundo. En el recorrido, de la mano de Iris, una asistente virtual, encontramos una pequeña sala con cientos de fotografías, entre ellas una de la Gorda de Botero de Cartagena, en la Plaza Santo Domingo. La sola arquitectura del museo, diseño de Santiago Calatrava, es sorprendente y es catalogado como uno de los mejores de Latinoamérica. Muy cerca, tras atravesar la antigua zona portuaria por un bulevar lleno de grafitis, está AquaRio, el mayor acuario marino de América del Sur, con decenas de especies. Cada recorrido puede durar dos horas y el Museo del Mañana y AquaRio no son tan promocionados en los tours que venden en las calles de Río, que sí ofrecen más opciones como el Maracaná, el Jardín Botánico, Pan de Azúcar, las Escaleras de Salerón, paso por favelas y, por supuesto, el Cristo Redentor, en el Cerro del Corcovado. Subiendo al Corcovado, puedes ir en van o en tren, se respira un aire fresco y deslumbran otros ángulos de Río desde los 710 metros de altura del cerro, coronado por la imponente imagen de 38 metros, inaugurada en 1931 y visitada por más de 700 mil personas al año. Si tienes mala suerte, puede que encuentres tantas nubes que sea imposible tomar una foto del Redentor. Ese fue nuestro caso. Ya había visto al Cristo en todos los ángulos en muchas fotos, pero ahora escasamente su silueta se notaba entre los claroscuros de las nubes. “Qué suerte”, pensé. Decidimos volver otro día, para contemplar en su esplendor a una de las siete maravillas del mundo, la imagen más emblemática de Brasil. En definitiva no visitar al Cristo Redentor es como no haber ido a Río de Janeiro. Y sí, era mejor de lo que esperábamos, vale los 70 reales que cuesta subir en van, y más. Hace un tanto de frío, casi siempre está repleto y tomarse una foto es toda una odisea que también vale la pena. Desde ahí, puedes contemplar dos inmensidades, la de aquella figura de brazos abiertos y la inmensidad de la ciudad que custodia, la siempre vivibrante Río. Estar ahí es mucho mejor de lo que uno pueda imaginarse.

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