Robert Brandwayn, arte de sus ancestros judíos

28 de julio de 2019 12:00 AM

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Robert Brandwayn pinta un mapa de colores que emerge de la luz y la sombra, e incorpora imágenes de sus familiares judíos que murieron en el holocausto nazi. Es una de las pinturas de la serie Tiempo del no tiempo que exhibe en el Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo de Santa Marta.

Abrió un baúl de la familia y, entre cajas y maletas que guardaban secretos de más de un siglo, encontró álbumes de fotografías, cartas, sellos de los sobres de cartas, instantes antes, durante y después de la guerra, y empezó a juntar los hilos dispersos de la memoria para esta exposición.

“Lo primero que hice fue hacer un mapa en la pared para unir los puntos del tiempo, en una cronología en la que pudiera construir una memoria visual”, me dice.

“Entre los secretos encontrados estaba una autorización escrita a mi abuelo como evaluador de joyas. Nunca hizo eso. Y qué curioso, ahora mi vida está unida a mi esposa, que es evaluadora de joyas. Las fotos oscilan entre 1920 y 1953. Hay dos fotos que me sorprenden: una es la de un joven patinador que se desliza por la nieve y otra es la de un hombre mayor que está sentado y cansado en una banca. Las dos fotos no parecen transmitirnos ninguna señal de que los dos personajes están en tiempos de guerra. Nadie puede intuir que el hombre que patina en la nieve está atormentado porque el mundo está en guerra. Pero entre esas señales de vida cotidiana hay destellos de la tragedia. Mis bisabuelos judíos polacos murieron en el campo de concentración Treblinka. Treinta familiares murieron en el holocausto nazi. Encontré una carta escrita en Varsovia, en 1941, con los sellos alemanes y con la imagen perturbadora de la esvástica. Descubrí dos páginas en tinta verde en papel mantequilla, escritas por mi abuelo David a mi abuela Esther. En esa carta nombra a Colombia, un país que desconoce pero lo percibe infectado de caimanes. Gitla, la hermana de la abuela, se salvó porque una campesina polaca la escondió en su ático durante tres años. Gitla llegó a Bogotá en marzo de 1948”.

Le digo que Colombia fue el refugio y la morada de innumerables judíos perseguidos en la Segunda Guerra Mundial. Y le cuento la fantástica historia de la abuela judía de la periodista Olga Behar, nacida en el pueblito alemán de Marienburg, en donde ella se ganaba la vida como astróloga y clarividente. Un día vino a que le leyera el destino un hombre cuya mirada le perturbó. En sus ojos vio al ser que iba a ser y ocultó el veredicto de su clarividencia. ¿Qué ve usted? -le preguntaba ansioso aquel señor de bigotitos cortados de manera estrafalaria. Lo que vio no podía contarlo, solo que aquel señor tendría un poder descomunal sobre toda Alemania e intentaría gobernar al mundo. La abuela de Olga salió espantada hacia su casa y convocó a los suyos para que huyeran del peligro inminente de morir en manos de aquel señor. El abuelo incrédulo dudó de aquella clarividencia. “¡Nos van a matar a todos los judíos!”, le dijo la abuela de Olga. Tenemos que abandonarlo todo y huir.

La familia, desconcertada, le preguntó a qué país huir y esconderse. En 1938, al comprobar las evidencias de la predicción de la abuela, el abuelo decidió salir de Alemania. La abuela de Olga solo veía en su clarividencia dos nombres de países que desconocía, pero que eran la redención para ellos: Colombia y Ecuador. La familia se vino a Palmira, Valle, ciudad donde nació Olga Behar, hija de padre judío y madre alemana.

Cuando la periodista Alejandra de Vengoechea lo contó en su libro Mujeres que dicen verdades, llamé a Alejandra y luego a Olga Behar y me quedé embrujado con esa historia. El señor que le pidió a la abuela de Olga que le leyera el destino era Adolfo Hitler.

El arte de buscar
el origen

Robert Brandwayn me cuenta que en sus pinturas, como quien salva una imagen de un naufragio, sumerge entre los colores la foto de algún pariente muerto en el holocausto. Todo es tan sutil y despiadado como su sed de armar el rompecabezas de sus parientes muertos bajo la furia demencial de Hitler.

Todo empezó hace seis años, cuando encontró la memoria dispersa de su familia en maletas y cajas, y los fragmentos de sus hallazgos lo llevaron a la casa de los abuelos de Polonia, ellos llegaron a América del Sur antes de la Segunda Guerra Mundial. El mapa, que ha ido llenando de una cronología insaciable, está acompañado con la música de su tiempo y con las imágenes del arte.

Robert vino a Cartagena acompañado de Ori Z. Soltes, profesor titular en Teología y Bellas Artes de la Universidad de Georgetown (Estados Unidos), quien ofrece una interpretación de la exposición y de las realidades cifradas de una familia de inmigrantes, cuyo destino parece repetirse en el mundo de hoy.

La curaduría de su obra la ha realizado Piedad Casas, quien dice que “el punto de partida para esta investigación y exploración estética de los archivos de familia fue el silencio en vida de su padre. Se trata de una mirada a la resiliencia, donde el artista le hace honor a la misma como homenaje a la vida y a la memoria. La formación transdisciplinaria y la cultura híbrida de su familia llevan a Robert a querer identificar, asimilar y recrear la esencia vital de su linaje.

Las preguntas no enunciadas, los lugares y personajes sin nombre propio, las cartas y documentos en diversos idiomas y los registros fotográficos que cuentan momentos puntuales, fueron los que provocaron la curiosidad creativa”, precisa Piedad Casas, curadora de su obra.

Retrato del artista

Cada judío tiene un mapa de memorias guardado en un baúl o una maleta. Es la maleta de una tribu errante. Desde las noches remotas en que fueron esclavizados en Egipto hasta el amanecer en que caminaron buscando la luz del horizonte. Cada judío es la historia de un hermano desterrado y perseguido desde mucho antes de aquel atardecer de sangre en un madero de amaranto. Cada judío es una maleta a punto de abrirse al pasado.

Epílogo

Los caminos viajaron a la casa de los abuelos Bradwayn, el apellido de sus abuelos paternos, el apellido Bacal de su madre y el apellido Goldrajch de su abuela. Las palabras que afloran a sus labios de sus ancestros son: abuela, libro, estudio, rezo, luz, velas encendidas todos los días. Todos los caminos de la clarividente judía de Olga también en su familia, los llevaron a Colombia, a Bogotá, donde nació él.

“No hay un solo camino para llegar a Dios”, me dice el filósofo Ori Z. Soltes, que está a su lado. “Hay muchísimos caminos, todos diferentes y contradictorios, pero van a Dios. El problema es el ego”.

Veo ahora el lienzo de Robert y en las sombras más profundas emerger a un hombre perdido en las neblinas del tiempo. Es tal vez su abuelo. Lo ha salvado del olvido de los viejos baúles de su familia. Robert está desconcertado con la historia de la abuela judía de Olga. Las manos de Hitler en las manos de la abuela de Olga. El espanto reflejado en sus ojos, al ver en el destino, las noches de terror en la Segunda Guerra Mundial y los enormes hornos crematorios donde murieron muchos de los parientes de Robert Brandwayn.

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