Roberto Burgos Cantor, memoria de una ceiba

21 de octubre de 2018 10:30 AM

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El fuego eterniza ahora los recuerdos y se agitan las olas del mar. En la foto más antigua que conozco de Roberto Burgos Cantor, está disfrazado de pirata, en un noviembre. Y estudia primaria en el Montessori de Cartagena. Sus ojos no se cansan de mirar el vaivén de las canoas y las barcazas que surcan las aguas de la bahía y del mar. Una de ellas es de su padre, y va cargada de cocos y lleva el correo a los leprosos de Caño de Loro (también llamado del Oro) y llega a la isla de Barú.

El primer cuento lo escribió en 1965, a sus diecisiete años, y lo tituló La lechuza dijo el réquiem, que tres años después publicara Manuel Zapata Olivella en su revista Letras Nacionales. Un año antes, en 1967, había salido de su ciudad natal, rumbo a Bogotá, a estudiar en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional. Se fue con Eligio García Márquez, el hermano menor de Gabo, quien fue a estudiar Física. Coincidieron con el amigo común Víctor Amaya, quien fue a estudiar Matemáticas en la Universidad Nacional. La ciudad que dejaba, parecía un enorme palacio cubierto de moho y verdín, ruinoso y abandonado al pie del mar, con sus forjas mordidas por la sal y los cristales astillados por los vientos de agosto. La casa que dejaba estaba en el Pie de la Popa, donde vivían Roberto Burgos Ojeda y Constanza Cantor, sus padres. Lo más grande de aquella casa era la enorme biblioteca de su padre, quien había tenido el privilegio de fundar el Departamento de Humanidades de la Universidad de Cartagena, y ser anfitrión y presentador de Jorge Luis Borges en el Paraninfo de esa institución.  Cartagena fluía como una música en la ceiba de su memoria. Música de tambores, gaitas, bombardinos, saxofones, acordeones, música de maderamen en el agua.

La lluvia que caía sobre Bogotá no cesaba desde las noches virreinales, y aún flotaba en el ambiente la pólvora de las discordias partidistas. En uno de aquellos días, llegó a la universidad el poeta ruso Evgueni Evtuchenko, con sus poemas incendiarios, y desde  mayo, se hablaba de una novela que le cambiaría la vida a más de un millar de lectores. Era Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. La violencia era el germen de los primeros cuentos de Roberto. En la ilusión por un mundo equitativo y una sociedad donde nadie tuviera que matar a nadie para cumplir sus sueños, el muchacho confiaba que el destino podía subvertirse desde la belleza. “Una belleza arrasadora acabaría con la miseria”, era su convicción. Sus faros eran Juan Rulfo, José María Arguedas, Álvaro Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez. En un bazar de libreros del parque, en Cartagena, había descubierto El Túnel, de Ernesto Sábato, a quien conoció personalmente en una venida suya al Festival de Teatro de Manizales. Roberto y Eligio se hicieron amigos de Sábato, y entre los tres, se inició una travesía epistolar. En Cartagena, otra vez, lo había sorprendido un joven novelista que había irrumpido en 1964, al publicar a sus 18 años, una novela inusual, Dos o tres inviernos, de Alberto Sierra Velásquez. La novela había ganado el segundo premio de la Extensión Cultural de Bolívar. La había prologado Alberto Duque López, con un comentario elogioso del poeta Jorge Zalamea Borda. Los tres serían amigos de Roberto. “Aún la leo con devoción y con asombro. Observo sus ingenuidades, admiro sus audacias, y me seduce su poesía”. En aquellos días, Roberto y Eligio quedaron petrificados ante la tragedia del amigo Víctor Amaya, que se había regresado a Cartagena, y en un arranque de locura al atardecer sobre la muralla, se vació una lata de gasolina en el cuerpo y se prendió fuego. Le dejó dos libros a Eligio. Uno de ellos era de Lawrence Durrell, Limones amargos, y otro de Ernesto Sábato, Uno y el universo, con una dedicatoria firmada por el suicida: “Espero que este libro no te haga tanto daño como me hizo a mí”. Aquello perturbó a los dos jóvenes, y terminó perturbando al mismo Ernesto Sábato, quien se torturaba buscando una explicación. Pero Roberto le decía que nadie tenía las claves para comprender las razones de la muerte voluntaria. Siempre será un enigma. Roberto y Eligio, me lo contaron, y yo también quedé muy perturbado. Roberto era un artista de la palabra. Era capaz de convertir una palabra perdida de la tribu, en un prodigio poético. Se pasó estos últimos cincuenta años sin tregua, escribiendo cuentos y poemas, todas las mañanas, y logró escribir siete novelas, seis libros de cuentos y un libro de memorias. Al morir, deja un libro de cuentos que aparecerá en marzo de 2019. Y una novela que estaba en proceso. En suma, es el autor de cuatro de las mejores novelas después de Cien años de soledad; El patio de los vientos perdidos (1984); La ceiba de la memoria (2007); El médico del emperador y su hermano (2016); y Ver lo que veo (2017). Y seis de los mejores libros de cuentos de la historia del país: Lo Amador (1981); De gozos y desvelos (1987); Quiero es cantar (1998); Juegos de niños (1999); Una siempre es la misma (2009); y El secreto de Alicia (2013).

Pese a que el fuego estaba en su memoria como algo perturbador, el mismo fuego que devoró la biblioteca de su padre en Manga, en la avenida Miramar, y la casa de sus abuelos en Lorica, lo que resonaba en sus escritos era la música del mar, la memoria de más de un siglo de historia de la ciudad, y la cadencia hablada del ser cartagenero que él captaba y transmutaba en ritmo poético. Cuando me contó lo del incendio de la biblioteca y de la casa de Manga de la familia, hubo un instante en que el padre, viendo cómo las llamas devoraban lo que había atesorado toda su vida, tuvo un segundo en que deseó morir con sus propios libros y lanzarse a las llamas. Lo contuvo el ángel que le había domesticado el corazón ante las adversidades. Roberto no pudo más con su relato. Sus ojos achinados estaban bañados en lágrimas. 

Epílogo
Estuvo hace poco en Cartagena. Regresaba a un apartamento en un edificio construido en el lote de la casa de sus padres en Manga, la que se mantiene intacta en su memoria como si estuvieran allí, vivos, más allá de la muerte. Con los retratos en su sitio, y la memoria preservada de los afectos. Me dijo que al llegar a los setenta años y celebrar medio siglo de haber publicado su primer cuento, recordaba a Borges cuando cumplió sus setenta. Ya uno sabe qué pudo hacer y que no podrá hacer. Con la sabiduría y el rigor espartano con que vivía, sin excesos en el beber y el comer, siempre sano, nadie podría pensar en un infarto. Roberto había elegido ser cremado. Son las cenizas de un ser humanao gigantesco, con una dulzura y una paciencia de monje tibetano, un ser pausado, sereno, sabio, para quien escribir novelas era como dejarse poseer por un fluir intenso. “Escribir novelas es arrojarse al vacío desde la azotea de un edificio y en pleno aire flotar, convertirse en salto, en ausencia, en viento, en vuelo. También estrellarse contra el pavimento y ver surgir el cuento o el poema. En el cuento hay que saber atrapar la aparición. En la novela hay que provocarla”. Soñaba y deliraba siempre con regresar a Cartagena. Le hacía falta ver la luz del mar y encontrar un balcón para conversar con los amigos.

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