Rodrigo Obregón: aquella última entrevista Obregón

29 de septiembre de 2019 12:00 AM

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Le dije que solo quería entrar al estudio donde su padre, el pintor Alejandro Obregón, había forjado sus sueños durante más de treinta años, en esa casa esquinera del siglo XVI donde él se asomaba desde el mirador de pirata a espiar los atardeceres que entraban a sus lienzos. Me dijo que me esperaba temprano en la casa de su padre, a las ocho de la mañana, y me recibió con un manjar de fritos, queso y suero, y jugo de guayaba y naranja.

Rodrigo, fornido, con sus ojos azules en contraste con su cabello blanco plateado, cortado a ras, ya no se parecía en nada a Anastasio Espuelas, un personaje diabólico en la serie de televisión ‘Escalona’, donde lo vi actuar por primera vez. Conservaba su vozarrón y su temperamento impaciente, vertiginoso, ansioso. Su carácter lo llevó a encarnar personajes exitosos en Hollywood: fue de los primeros actores colombianos en triunfar en filmes de Hollywood: Hawaii, triángulo mortal (1987), Hard Hunted (1993), L.A. Wars (1994) y Daño colateral (2002), en donde trabajó junto con Arnold Schwarzenegger.

Le dije que era el comienzo de un Facetas que empezaría a delinear sobre él, pero al iniciar ocurrió lo imprevisible. Rodrigo sacó una pequeña cámara de video y empezó a filmarme. ¿Cómo conociste a mi padre? ¿En qué circunstancias? - me preguntó. “No -le dije-, por favor, he venido a entrevistarte, no a que me entrevistes”. Pero me miró con el silencio feroz e implacable de sus ojos: “Te voy a entrevistar yo. Pero hagamos un trato, tú me haces una pregunta y yo te hago otra. Pero empecemos desde la puerta”. Rodrigo llamó al tintero callejero de Tuchín y nos bebimos dos vasitos de café caliente. Miré al frente y le dije: “¿Cómo va la Plaza Obregón?”, el proyecto de la pequeña plaza con el nombre de su padre descartó una pequeña fuente que se convirtió en fuente de lavadero de ropa de gente de la calle. “Mi deseo ahora es que haya un busto de mi padre frente a su casa taller, y una barracuda en lo alto de la pared. Ahora te muestro la barracuda de bronce que tengo adentro. El sueño mayor es convertir esta casa, donde vivió mi padre hasta su muerte, en una Casa Museo que sea un centro cultural interactivo con toda Cartagena y sus barrios, que allí lleguen los niños y los jóvenes, con talleres de arte y donde también se hagan exposiciones. Pienso que arriba se puede adecuar un pequeño café que sea un espacio de encuentro.

-Ahora dime, por favor, ¿cómo conociste a mi padre?

Le digo que, cuando vine de Sahagún a vivir a Cartagena, fui un día de comienzos de los años ochenta a una exposición en el Museo de Arte Moderno de Cartagena, y allí estaba el maestro Alejandro Obregón. Recuerdo que me acerqué a saludarlo y le pregunté por Cecilia Porras. El maestro contó que Cecilia era una de sus alumnas más imaginativas, creativas y aventajadas. Un día, mientras ella pintaba frente a su caballete, Obregón le hizo una raya inesperada a la pintura para desafiarla. Y ella supo darle forma a la raya y embellecerla.

“Percibí en Obregón, tu padre, un ser con unos silencios profundos e iluminados, con una timidez que se desafiaba soltando sus dedos en el aire como si el viento fuera su lienzo”. Era una mezcla explosiva de ternura, imaginación e intrepidez artística. Era de pocas palabras, las pensaba y las decía brutalmente, con un ímpetu mágico. Le conté que tuve el privilegio de pasar bebiendo con él la noche en que le dieron el dictamen terrible de su enfermedad. Una noche fantástica en la que en un arranque delirante fui con el poeta Juan Manuel Roca, que deseaba conocerlo. Fuimos a La Vitrola y en un instante nos abandonó, porque le había encomendado al poeta Raúl Gómez Jattin escribir un poema al viento. Le había adelantado unos pesos al poeta, que vivía en una habitación de hotel en la Medialuna. Se tardó una hora y nos dejó a Roca y a mí en el bar. Al regresar, dijo desencantado que el poeta aún no lo había terminado. Y dijo entre tragos de whisky que estaba bien que se murieran los hombres, pero “las mujeres no”. Una amiga suya de Cali estaba muriéndose con un cáncer. Obregón nos dijo aquella noche que tenía quedar ciego, y un pintor ciego era lo más terrible de este mundo. La historia de aquella noche y mis impresiones sobre la vida y la obra de Obregón fueron grabadas por Rodrigo, quien al final, me dijo emocionado: “Me has conmovido con todas tus historias. Te digo que desde niño fui consciente de que era un doble privilegiado al ser hijo de un artista fenomenal como Alejandro Obregón y una mujer maravilla como Sonia Osorio. Es un privilegio abrumador. Cuando llegó la adolescencia, me preguntaba: ¿qué puedo aportar ante dos gigantes como mis padres? Cada uno con una gran pasión y una fortaleza interior. Elegí el camino de la actuación, pero con los años me di cuenta de que mi tarea era cuidar una inmensa heredad artística: la obra de mi padre y la obra de la Compañía de Ballet de Colombia, creada por mi madre. En estos momentos, estoy escribiendo una biografía sobre mi madre, rastreando fotografías, entrevistando personas que estuvieron cerca de ella. Mi vida es muy intensa. Estoy al frente de tres iniciativas: la Fundación Colombia Herida, la propuesta de convertir la casa de mi padre en Casa Museo que ya ha sido presentada al Concejo de Cartagena y al Ministerio de Cultura, para celebrar los cien años del natalicio de mi padre, que se cumplirán en 2020.

Y, por otro lado, estoy al frente de la compañía de ballet de mi madre. Estuve más de diez años persiguiendo a los falsificadores de la obra de mi padre, ha sido una batalla compleja y desgastante, pero había que librarla. Y ahora creo que lo más significativo es lograr que Cartagena y Colombia se sientan orgullosas con el legado de Alejandro Obregón. A nivel personal tengo muchos proyectos en el cine. Muy pronto se estrenarán tres cortometrajes (Damaged, The Aftermath, y Curtain Call)”.

Entrando a la casa

Le digo que tengo muchos recuerdos de esta casa: un encuentro con su padre y el pintor Juan Antonio Rodas, otro encuentro con Germán Vargas y el crítico francés Pierre Restany. Evoco el sillón de la sala pequeña de entrada con molas de múltiples colores y el cuello alzado de su padre atravesando la luz de la casa, girando el cuello como un cóndor en la penumbra. Recuerdo una mesa larga y desnuda, de madera antigua, en donde él invitó a un almuerzo. Evoco una frase suya: “El viento nace debajo de las alas de los cóndores”. Lo recuerdo leyendo casi de memoria un poemario de Octavio Paz y arrodillándose ante Cenelia Alcázar, rogándole que le cantara en el bar Quemada su eterna Ave María. Obregón escuchaba arrodillado bañado en lágrimas escuchando aquella bella voz de soprano.

Ahora es Rodrigo el que está llorando. Subimos al estudio de su padre y hago una reverencia en la puerta. Le digo a Rodrigo que se asome al estudio para repetir la escena de su padre captado por Olga Lucía Jordán. La imagen se repite en el rostro de Rodrigo. Entro en silencio al estudio, como si llegara a un altar, al templo donde vibraron el corazón y la imaginación de Alejandro Obregón. Veo el estudio en ruinas y las líneas del comején devorando los listones y borrando a su paso los colores y palabras escritas por Obregón en los muros. Hay versos, números telefónicos y palabras. Una de esas palabras es Destino, escrito en naranja. Hay manchas naranjas y azules y bocetos de cóndores y barracudas. Los pinceles están en los jarrones, y otro arrume de marcos de mediano formato.

Rodrigo me dice que quiere convertir esta desolación en una casa museo, pero la casa es un bello cascarón de la memoria que sobrevive desde el siglo XVI. No hay un solo cuadro del artista. Me enseña una escultura de una barracuda en bronce.

Epílogo

Rodrigo me llamó hace poco para decirme que deseaba venir a Cartagena a seguir conversando sobre la casa museo. Me contó que estando en urgencias en Bogotá le robaron su celular y la extensa entrevista sobre su padre que me había hecho en la casa de Cartagena. ¿Podemos volverla a hacer? -me preguntó. Me quedé en un silencio desgarrador. Pero luego le dije: “Por supuesto. La haremos”. “Iré pronto a Cartagena. El miércoles, a las 3 de la tarde, Rodrigo sufrió un “shock séptico de foco pulmonar secundario a neumonía grave de la comunidad, además de enfermedad metastásica a hueso secundaria a cáncer de próstata”. Sus sueños siguen intactos más allá de la muerte.

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