Roland Colastica viene de Curazao

15 de septiembre de 2019 12:00 AM
Roland Colastica viene de Curazao
Roland Colastica, de Curazao, está en Colombia presentando su novela ‘Estallido en mi cabeza’. Estuvo unas horas en Cartagena. //Foto: óscar díaz - el universal.

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Roland Colastica (Curazao, 1960) tiene el pálpito de haber vivido en Cartagena de Indias y de verse reflejado en los ojos de los transeúntes, pero es la primera vez que se asoma a la luz de la ciudad. Y al verlo ascender por las escalinatas del diario, tengo la impresión de haberlo visto alguna vez y de haberme sentado a conversar sobre sus novelas, poemas y cuentos, pero es la primera vez que lo veo.

Es que durante más de trescientos años los lazos entre Curazao y Cartagena de Indias fueron como naves fluyendo entre dos aguas. Los barcos en la Bahía de las Ánimas, hasta hace poco, viajaban todos los amaneceres a Curazao. Él me dice que muchos judíos salieron de Curazao y se quedaron en La Guajira.

“Después de tantos siglos de ser colonia holandesa, tanto los hijos de los opresores como los hijos de los esclavizados no tienen aún una relación favorable”, me dice.

“Los lazos coloniales son tan fuertes entre Curazao y Holanda, pese a estar a una distancia de más de 18 mil kilómetros. El esclavista justificó su acción con una Biblia en el pecho, como si Dios nos hubiera castigado por ser negros. Antes de que llegaran los conquistadores, ya había una gran relación entre estos espacios insulares y la tierra firme. Curazao fue puente entre Europa y América Latina. Eso nos hizo una isla orientada a ambos mundos, pero también muy dirigida a Latinoamérica. A comienzos del siglo XX, el español era un idioma de los intelectuales. El deseo para tener una mayor independencia hizo que fuéramos mirando cada vez más hacia esta región”.

Roland ha consagrado su vida a la narración oral, al teatro y a la narrativa para niños y jóvenes. En 2006, recibió el premio literario Cola Debrot. Su libro ‘Vuurwerk in mijn hoofd’, traducido como ‘Estallidos en mi cabeza’ por editorial Norma, lo erigió como uno de los pocos autores de narrativa juvenil establecido en una antigua colonia holandesa. En esa novela aborda encrucijadas fundamentales de las sociedades postcoloniales, la búsqueda de identidad, el sincretismo y las tensiones sociales aún latentes. Es un encantador y un contador de historias que logra el don de los arco iris: acercar a blancos y negros, a pesar de las diferencias culturales. Su perspectiva proviene de su mundo africano, señala el escritor e investigador Fanuel Hanán Díaz.

¿Cómo surge la idea de escribir esta novela juvenil?

-Como maestro de teatro que trabaja con muchos jóvenes, me di cuenta de que siempre había adolescentes que provenían de una familia incompleta, en el mayor de los casos faltaba el padre. Notaba que estos niños, generalmente, tenían baja autoestima. En mis clases de teatro, donde toco emociones, sus sentimientos afloran. Me di cuenta de que muchas de estas emociones eran agresivas. Agresión hacia la vida, principalmente, pero también agresión hacia sus padres (léase padre). Entonces se me ocurrió la idea de escribir un libro donde no solo el padre tiene toda la culpa de los problemas en el hogar, sino que también se podrían hacer preguntas sobre el comportamiento de la madre hacia sus hijos. En todas partes del mundo, pero especialmente en la pequeña comunidad de Curazao, una madre es igual que una santa. Si un padre no cumple con sus deberes como padre, entonces es un sinvergüenza. Cuando una madre es una mala madre, siempre se encuentra una razón para justificar su comportamiento. Entonces decidí investigar sobre este tema para escribir un libro para estas edades.

¿Cómo se vive el hecho hoy en día de ser una sociedad postcolonial?

-Hace poco más de 150 años que se abolió oficialmente la esclavitud. La esclavitud en el mundo occidental se basó en el color de la piel: el blanco se consideraba superior, justificado, entre otros argumentos, por la historia bíblica. Si una persona blanca era pobre y vivía en un vecindario descuidada, tenía la posibilidad de cambiar de status. Si por un golpe de suerte se mudaba a un vecindario caro, de inmediato pasaba de pordiosero a refinado. Nadie podía ver, por su exterior, que una vez había sido pobre. Pero si a un negro le ocurriera lo mismo, siempre se podía ver en el color de la piel, que llevaba la historia de inferioridad. Es difícil para el hombre negro deshacerse de ese prejuicio inferioridad, y para el hombre blanco aceptar que no hay raza superior ni inferior. En Curazao estamos ahora en ese proceso, justamente. En la literatura infantil que nosotros leímos, se caracterizaba al hombre africano negro como salvaje, peligroso, feo, de labios gruesos y no civilizado. Nos ha costado años quitarnos ese sentido de inferioridad de encima. Eso es un proceso que comenzó en los años 60, aún estamos trabajando en ello. Aunque uno diría “por Dios, si la esclavitud fue abolida hace tantos años”. Sí, oficialmente sí. Se dice que fue abolida el 1 de julio de 1863 en el reino holandés, ¿pero adónde podía ir el hombre liberado el 1 de julio de 1863? ¿Dónde podía vivir? ¿En qué casa, en qué pedazo de tierra? ¡No! El hombre que quedó libre oficialmente no podía ir a ningún otro lado. No tenía nada. Los esclavizados no tenían salario, no tenían dónde ir. Ellos tenían que quedarse a vivir en la plantación de sus antiguos amos. No tenían opciones para ir en una isla pequeña de 444 kilómetros cuadrados. Así que continuaron viviendo y trabajando en la plantación. Fue con la llegada de la industria petrolera, apenas en 1917, que el hombre negro pudo trabajar y cobrar un sueldo para poder alquilar un pequeño pedazo de tierra y construir una miserable cabaña de madera para levantar a su familia.

¿Qué es para Roland Colastica la literatura juvenil?

-Para mí, la narrativa juvenil ofrece historias en la que los lectores pueden experimentar una serie de vivencias que los prepara para vivir en el mundo. En primer lugar, disfrutar de la belleza de la vida, que incluye también los problemas. Ellos están ahí para valorar en profundidad esa belleza. En segundo lugar, todas las emociones tienen derecho a existir, incluso el odio. La narrativa juvenil proporciona de forma creativa claridad sobre el universo de las emociones que embargan al ser humano, y lo que puede hacer con ellas. El ser humano tiene el derecho universal de decidir por sí mismo qué hacer con sus emociones y asumir que hay consecuencias. La narrativa juvenil contiene filosofía de vida, tratada de una manera creativa. En tercer lugar, la libertad de imaginación que ofrece: todo puede suceder en un libro. No hay mejor manera de experimentar la belleza del lenguaje que a través de la lectura. El libro juvenil permite que el cerebro del joven explorador entienda la enorme necesidad de la comunicación en toda su extensión, consigo mismo y con su propia realidad.

Epílogo

Su lugar preferido es Savaneta, al oeste de Curazao, la antigua plantación de los esclavizados de donde proviene su madre. Allí, en medio de las orquídeas, están las ruinas de las casas de los esclavizados, bajo la montaña de San Cristóbal, una sombra verde de 372 metros de altura. Y están vivas las señales del tiempo entre las piedras. Allí su abuela Sefiana Rafaela tuvo cuatro hijos con el dueño de la plantación. Al asomarse al Castillo de San Felipe, susurra: “Algo me dice que tengo que volver a Cartagena de Indias”.

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