Saia Vergara retrata la siesta callejera

02 de septiembre de 2018 12:00 AM

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Cada fotografía de Saia Vergara es la historia de los seres que se quedan dormidos entre los muros de Cartagena. Al recorrer los lugares de sus fotografías,  husmeando los rincones olvidados,  siento que todo se parece a la canícula de agosto. Hay gente que se queda dormida para siempre en una fotografía. Y no despierta del hechizo de ser atrapado en ese fragmento de eternidad que son todas las fotografías.

El lente de Saia descubre que en el rostro de aquella mujer que hace la siesta junto a los calderitos del almuerzo, hay una espera de siglos que ha desgastado su esperanza. Es como si el horizonte se hubiera ensanchado  como un chicle inútil, mientras sueña con algo que no alcanza a llegar.

Es el reinado íntimo, a veces, humano, noble y digno de la pobreza. En ese silencio atrapado en las fotos, transcurre  una dramática historia junto a lo muros.

Los contrastes de luz exuberante pueden ir en contravía con los claroscuros de la soledad, el abandono, la incertidumbre de querer dormir para abandonarse a la suerte.

O también, en esos contrapuntos, hay una humanidad que duerme o vigila los quicios de la ciudad a la intemperie.

Saia reafirma con sus fotografías una memoria frágil y vulnerable de seres que habitan el paisaje, y que al recorrerlos a través de sus exposiciones, descubrimos que cada imagen es un hecho estético único y sin repetición.

El tipo que vende minutos a celular, lo vence la siesta ardiente, lo derrota el mediodía, el manotazo del tiempo en la cara. Como el que vende gaseosas, ha sido vencido por el azúcar del invierno en Cartagena, y se ha dormido sobre sus propias cajas.

La canícula de agosto quema las hojas de los árboles y reseca el pellejo resquebrajado de las iguanas al sol en el castillo de San Felipe. Las imágenes son tangibles o  disparan sus destellos  hasta borrarse al sol.

Los vendedores de agua dicen a los turistas: “No se olvide de llevar agua, porque en lo alto no la va a encontrar. Acuérdese que el agua fue lo primero que buscaron los españoles al llegar a Cartagena”.

Si a alguien se le da por llorar por estos días, la lágrima o el sudor no alcanzan a caer al suelo porque se evaporan, devorados por el sol.
Los abanicos de palma de iraca consuelan con un soplo de viento frágil la piel de camarón de los viajeros. Las aspas del abanico dispersan el aire caliente. El vendedor de agua de coco se bebe las últimas gotas de un coco recién partido. El niño pregunta al abuelo por dónde le entra el agua al coco, y el abuelo le responde con una pregunta: ¿Qué es primero: el huevo o la gallina?

La Cartagena de los últimos quince años se llenó de vendedores callejeros de agua, en los semáforos y en las esquinas. Martín Murillo que vino del Chocó vendiendo agua en las calles de la ciudad, y en algún momento empujó una carreta de verduras, lo dejó todo por los libros. Es el hombre que empuja con pasión su Carreta Literaria.

Las fundaciones de las ciudades que fueron colonia de España, se hicieron cerca a los cuerpos de agua. Cartagena estuvo a punto de fundarse en Turbaco, donde los ojos de agua siguen surtiendo de agua transparente la íntima soledad de las colinas. 
Solo a un genio tropical como a Daniel Lemaitre pudo ocurrírsele la idea fantástica de inventar un aire acondicionado para los pobres, como todo el mundo suele llama al Menticol.

Los seres que cruzan por esta crónica pasan por las fotografías de Saia Vergara. A veces se desvanecen en la memoria colectiva. Rojas Herazo decía que uno es una estela de luz que desaparece bajo este sol. Se vuelve invisible.

Tal vez muchas de las criaturas que captó Saia, solo habitan esa memoria visual y ya no están en este mundo, son parte de su propia memoria y de la belleza  que propician sus retratos.

Cada fotografía cuenta historias de desplazamientos, despojos, amores y olvidos. Cada fotografía es un documento que desafía el tiempo en que se capta. Y construye un eterno presente.

Otra manera de vernos

La mirada se fija en el sujeto que está a la intemperie. El vendedor callejero o estacionario que integra el paisaje urbano. A veces, uno pregunta por alguien que acaba de desaparecer como ese muchacho vestido como un cantante jamaiquino que siempre estaba en la esquina de la Playa de la Artillería. Allí en esa esquina su sonrisa era ya una nomenclatura. Y al preguntar, me dicen: Apareció muerto en su propia casa. Ya no está. Era un muchacho servicial, atento al nativo y al turista. Pero su sonrisa ya no está.

Tal vez en una foto de Saia Vergara. La sonrisa vence el límite de la muerte en las fotografías.
Saia Vergara que estudió historia y comunicación audiovisual, está consagrada a captar a esos seres invisibles que en verdad son visibles para la memoria urbana. Su visibilidad es la grandeza de lo minúsculo. La sonrisa. La palangana o la ponchera de frutas. La ropa. El alma.

Sus fotografías impresas en tela nos devuelven la otra siesta canicular de Cartagena en el corazón amurallado. Pero sus imágenes son una reflexión sobre el reposo y la velocidad, la lentitud y el vértigo, la paciencia y el desencanto.
Saia cree que “la representación de la ciudad no sería la misma sin las personas que trabajan en sus calles. Estos maravillosos seres anónimos, y en apariencia irrelevantes para la construcción de la identidad, hacen parte esencial en el desarrollo de la vida cotidiana y en la construcción del imaginario colectivo y afectivo de nuestras ciudades”.

Y al mirar sus propias forografías, la ciudad capturada también empieza a entrar en el territorio de la memoria y los afectos. La soslayada identidad que no es otra forma que el amor tangible y esquinero hacia nuestros semejantes.
“Sin embargo, aquellos que durante décadas han encontrado el sustento en las ventas callejeras hoy están siendo amenazados por el afán “modernizador” del llamado “progreso”. Los usos que tradicionalmente se le daban a ciertos espacios están cambiando por otros que poco o nada obedecen a nuestras lógicas culturales”, señala Saia.

El maestro de Saia
Uno de los grandes maestros de Saia Vergara es Nereo López, a quien conoció cuando ya el veterano artista rebasada su vitalidad más allá de sus noventa años. Vivía como un joven en una pensión en Nueva York, independiente y soñando con hacer fotos artísticas hasta el último segundo de su existencia. Luego de más de setenta años de fotografía, su maestro logró la hazaña de reunir sus mejores fotografías en su libro Saber ver, que cuando lo tuvo en sus manos, dijo “ya puedo morirme”, y se murió a los pocos días de haber acariciado y visto con paciencia cada una de sus fotografías.

Saia es una heredera de su sabiduría. Un lente que busca y desentraña el espíritu de la gente.

Epílogo
Ahora duermen estas criaturas de las fotografías.Nada las despierta.

Solo una voz cálida como el viento de agosto que pasa por sus rostros y les recuerda que aún es de tarde.

Que la siesta ha culminado y hay que volver a reinventar la vida entre los muros de la ciudad amurallada.

Vender minutos de tiempo, frutas, gaseosas y otras minucias de la sobrevivencia.

El sol borra los pasos de la gente, pero no se borra el alma de sus habitantes.

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