Salvando vidas con galletas de limón

04 de agosto de 2019 12:00 AM

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De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es. Las cosas viejas pasaron. He aquí todas son hechas nuevas. (2 Corintios 5:17).

Desde una casita de rejas blancas y paredes pintadas de azul en el sector La Unión de El Pozón, una decena de hombres se da ánimos para no recaer en las drogas y el alcohol. Y todos lo hacen sin decir una palabra, con ayuda divina.

Un joven tiembla, atemorizado por el síndrome de abstinencia, un anciano trapea y otro lava uno de los pocos platos que tienen en la cocina. Más que una rutina es una escapatoria, ese es el pedacito de libertad que se permiten luego de que su mente y cuerpo ya no pudieran soportar más.

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Como cientos de vendedores ambulantes, Gustavo se sube a los buses urbanos todos los días, no importa si llueve, si hace mucho calor, si oscurece o si es muy temprano. Él no juzga a quienes no creen que las galletas que reparte son para la fundación que impulsa. Para gente como él, las mentiras de sus pares son la mayor barrera para quien quiere ayudar.

Gustavo Martínez es un joven de 37 años, que también fue consumidor de drogas. Dice que revelaciones divinas lo impulsaron a salir de las drogas, a practicar la palabra de Dios y a crear esta fundación.

El hecho de que a diario no solo tenga que velar por él sino por otras personas es algo que contrario de agobiarlo, lo fortalece. Las galletas que vende son de limón y dentro de su empaque hay un papelito que dice ‘Fundación Al taller del maestro, centro de rehabilitación para personas con problemas de adicción’. Está anotada la dirección de su casa y dos números de teléfono para quien quiera contactarlo, en caso de cualquier ayuda.

No tienen ropa nueva, algunos colchones están a punto de desaparecer carcomidos, hay solo dos abanicos cuyas hélices luchan por no salir volando, el televisor desde donde escuchan el evangelio tiene la pantalla descolorida. “Pero gracias a Dios no hemos pasado hambre, si digo eso miento”, comenta con una gran sonrisa Gustavo. Debe más de cinco millones de pesos en las casas donde ha vivido con su grupo, pero afirma que los va a pagar, “porque los deudores no entrarán al reino de los cielos”.

Los demás lo escuchan. Algunos asienten, otros se cruzan de brazos. Están allí para ser restaurados.

“El nombre ‘Al taller del maestro’ salió de un amigo, Ricardo Coronado. Yo estaba en una fundación y me salí, pero Dios me habló y me dijo que le trabajara al mundo, de manera fiel, sin ‘torcimientos’”, ríe.

Luchan todos los días

La rutina en la fundación empieza desde las seis y media de la mañana, luego se hace un devocional y se ponen videos sobre el evangelio, se les habla sobre los perjuicios de las drogas. Ven el noticiero, almuerzan y descansan de sus problemas, todo eso hasta que estén listos para salir a la calle, a valerse por sí mismos, a replicar las enseñanzas de Dios en su vida y, por qué no, en las de otros.

Mientras hacemos la entrevista, dos de los integrantes buscan el pendón de la fundación. Lo ponen a espaldas de Gustavo. Es su sello, los hace sentir orgullosos de pertenecer allí.

“Más que la fundación, el trabajo de Dios es ayudar a salvar las almas que el diablo tiene en sus manos. Los rescata de la drogadicción, el vandalismo, los problemas intrafamiliares. Enrique, José, Gonzalo y Eduardo, son personas que yo no conocía. Si Dios dio a su único hijo para morir por nosotros una vez, siento que así, también me puso a mí para ayudarlos a ellos. Muchas de las personas que están en la calle no saben del Evangelio”, dice Gustavo.

Va enumerando lo que les hace falta para adecuar la fundación: colchonetas, enseres, sonido para los devocionales en la mañana, comida, ropa, abanicos...

Gonzalo, chef de profesión en ‘sus años mozos’, disfraza con una sonrisa las memorias olvidadas a causa de una parálisis facial por sobredosis. “Gustavo es una gran persona, lo conozco de la calle”, recuerda, y calla.

A veces, cuando no vende dentro de la ciudad, Gustavo sale a los pueblos vecinos para comerciar con bolsas de basura. También sale a proponer agujas, las primordiales galletas y lapiceros. Dice que ha pasado cartas a diversas instituciones de la ciudad, pero hasta el momento no ha logrado visibilizarse para recibir ayuda.

“Todo lo que se recoge se hace para sustento de todos, para alimentación, pagar servicios. También recolectamos alimentos y tenemos una máquina para hacer traperos, pero no sirve”, añade.

“Son muchos más jóvenes los que están en la calle y estarían interesados en saber dónde está la fundación para salir de la problemática, pero no tenemos cómo ayudar a más personas”.

Para entender el monstruo contra el que luchó Gustavo y hoy luchan Juan José, Gonzalo, Armando, Enrique, Jorge, José Gómez, Jorge Luis, Alejandro, Iván, Oswaldo y Eduardo, miremos las estadísticas del Observatorio de Drogas de Colombia: el 1,14% de jóvenes entre los 19 a los 23 años aumentó su consumo de sustancias psicoactivas el último año en Bolívar. No hay garantías suficientes de seguridad y convivencia en los territorios vulnerables y amenazados, frente a la oferta de drogas.

En las zonas de Cartagena con alto riesgo de consumo de sustancias están los barrios populares, donde las organizaciones delincuenciales incitan a entrar en las drogas a niños, niñas y adolescentes, para vincularlos a la comercialización.

Por años, a Gustavo lo apodaron ‘El Loco’.

“La gente me miraba y decía, ‘este no trabaja pero bebe más que los que trabajan en Ecopetrol’, pero yo aparentaba una alegría que no sentía, a causa de las drogas y el alcohol”, revela.

Para un grupo tan pequeño como el de Gustavo, el gobierno local no tiene un plan de acción. De hecho, en Bolívar se consideran insuficientes y deficientes los programas de prevención en drogas, y dado el entorno en que se crían jóvenes como Enrique, o Iván, el último recurso es la recuperación, la desintoxicación.

“A pesar de todo, Dios entra en el sentir de muchas personas y nos colaboran. Dios pone una parte pero nosotros ponemos la otra”, dice el director. Hasta el momento, su única herramienta es la misericordia divina.

Si quieres comunicarte con la fundación para hacer un aporte, puedes llamar al 3017905706

Escanee este código para saber más de la fundación.

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