Facetas


Gastón Lemaitre y los secretos de un mural en el Pie de La Popa

Le pedí a Gastón Guillo Lemaitre que me contara de aquella tarde en que sus padres invitaron a almorzar a Alejandro Obregón en su casa y él decidió pintarles un mural en la casa.

GUSTAVO TATIS GUERRA

21 de marzo de 2021 12:00 AM

El maestro solía ir a compartir con la familia Lemaitre. En un instante de la luz misteriosa de la siesta, el artista descubrió una pared blanca entre dos espacios, y la eligió para un mural de dos flores carnívoras en homenaje a Gastón Lemaitre y Sixta, anfitriones de casa y padres de Gastón Guillo Lemaitre. Un fragmento de la historia me la contó por teléfono y otra, la completó su hermano Marcel, pero le pedí a Gastón que recordara con precisión momentos de aquel momento con Alejandro Obregón. Era una sorpresa que le tenía a él para revelársela en el libro que escribía sobre Obregón y le entregaría en diciembre de 2020, pero lo impidió la muerte. (Lea aquí: Falleció el artista cartagenero Gastón Lemaitre)

El mural del Pie de la Popa

Todo ocurrió en el comienzo de los años sesenta en la casa de Gastón Lemaitre. En un momento del almuerzo, Obregón le dijo a Sixta, entre sus ocurrencias de ese atardecer: “Tu hijo Gastón te llevará a Roma a conocer al papa”. Cuando Gastón Guillo me contó esto, se quedó en silencio, y pasó al momento en que se encontró con Obregón en un Festival de Música del Caribe, acompañado de Josefina Delvalle. Le dije: ‘No te vueles el tiempo o siéntate a escribir las dos escenas’, le pedí a Gastón. Creí que no lo haría. Hablé con su hermano Marcel y con la restauradora María Cecilia Álvarez-White, para reconstruir no solo el momento en que Obregón hizo el mural, sino el otro momento en que lo desmontaron para trasladar el muro con la pintura a Bogotá.

En la segunda llamada a Gastón Guillo, escuché a Mary, su esposa, decirle con insistencia: “¡Pero cuéntale la historia del mural!”. Me dijo: “Al verlo llegar con Josefina al Festival de Música del Caribe, mi saludo fue: ‘¡Obregón, eres el censor de la gravedad!’. Y él me preguntó: ¿Por qué será?, dime tú. Todo está en la yema de los dedos. En lo táctil. En la espátula. En la relación con la mujer. En la interacción con los demás. Se rió. Me abrazó y siguió”, contó Gastón Lemaitre. Y agregó: El maestro utilizaba las radiografías de rayos X como plantillas y las reciclaba en sus pinturas”, continúa. “Lo que yo admiraba de él era su adicción a la inmediatez. Era veloz para pintar. Una vez pintó a una amiga con una paloma en la cabeza. Era muy amigo de mi padre Gastón Lemaitre”.

Pero le insistí que me siguiera contando lo del mural. (Le puede interesar: Cuatro episodios con Alejandro Obregón)

Gastón Lemaitre y los secretos de un mural en el Pie de La Popa
Así comenzaron a desmontar el mural.//Foto cortesía María Cecilia Vélez-White.
Obregón llega sin avisar

El maestro Obregón llegó sin avisar una mañana de un miércoles, a las 2:30 de la tarde, acompañado de un ayudante y dos botellones de ron, me contó su hermano Marcel Lemaitre.

“Buscó la pared elegida para el mural y trazó cuatro líneas y le dijo al ayudante que picara el área que estaba entre las dos arcadas que daban al jardín interior de la casa, entre la sala y el comedor. Pintó allí una vegetación exuberante, que representaba a Gastón y Sixta, los dueños de casa. Lo bautizó Flor y Flora. “Muchos años después alguien se enamoró de ese mural luego de la muerte del maestro”, recuerda Marcel. Mi padre decía que era imposible hacer eso. Pero la persona que vino a casa interesada en el mural dijo que se llevaría el muro sin dejar señal del desastre. Aquello fue una obra de arte, porque cortaron el muro como quien corta un rectángulo de queso, sin vulnerar la obra que había pintado el maestro Obregón. Esta fue adquirida por Alonso Restrepo, quien se la llevó a Bogotá. Fue como un acto de brujería, dijo asombrada mi cuñada Mary de Lemaitre, cuando vio sacar el muro intacto con la pintura”.

Gastón Lemaitre y los secretos de un mural en el Pie de La Popa
Proceso de montaje en un nuevo soporte.//Foto cortesía María Cecilia Vélez-White.
Secretos de un mural

El mural Flores carnívoras, 70 x 100 centímetros, elaborado por Alejandro Obregón hacia 1960, fue pintado al fresco, técnica tradicional italiana de finales del siglo XIV.

“Lo desprendí en 1992 por encargo de Alonso Restrepo para trasladarlo a Bogotá, creándole un soporte auxiliar portátil y ligero que lo hace fácilmente transportable conservando su singular característica de pintura al fresco”, me contó la restauradora María Cecilia Álvarez-White, testimonio que cito en la biografía de Obregón.

Una respuesta póstuma

“Cuando le dije a Obregón que era el censor de la gravedad, aquello le pareció tan impactante, que se puso a pintar imaginariamente con los dedos en el aire”, me cuenta Gastón Guillo en una carta que recibo después de su muerte. No se refirió al mural que Obregón pintó en su casa del Pie de La Popa. Es probable que le suscitara nostalgia de sus padres.

Su respuesta la he encontrado en este marzo de 2021 al regresar a la sede del periódico y descubrir que entre las cosas que se guardaron del año fatídico, estaba un sobre de manila sin abrir, con cinco páginas escritas a lápiz, tres de ellas, eran la reconstrucción del encuentro con Obregón, un autorretrato a lápiz, y un poema a Jesús. Nunca supe que él me las había enviado. Todo debió ocurrir en el comienzo de la pandemia. Eran las respuestas de Gastón Guillo Lemaitre sobre aquel encuentro con Obregón, y un regalo que parece enviado desde el cielo: una pintura de un caballo amarillo entre peces azules y amarillos en medio del paraíso edénico que solo sabía pintarlo él.

“Me inicié en la dáctilo-pintura gracias a Obregón”, me confiesa Gastón Guillo en esta carta.

“Pintar con los dedos para hacerse servir de la pintura efectista. El pulgar para intervenir una pincelada dudosa. El anular, lo recomiendo por su precisión”. (Le puede interesar: El nuevo libro de Gustavo Tatis sobre el pintor Alejandro Obregón)

Música de naufragios

Contemplar los colores de Gastón Guillo y reencontrar el oro de sus palabras es como salvar el tesoro del naufragio. La vida siempre será una sorpresa, más allá de la terca e inevitable muerte que a todos nos llegará tarde o temprano. Pero solo los amigos pueden vencer ese amago de desolación y pérdida. Sé que a veces los amigos viajan en trenes inesperados, apremiados por el resplandor de las nubes o por la inminencia de los ángeles. A veces se van sigilosamente, como quien se muda de barrio, sin preocupar a nadie, con esa levedad que tienen las hojas al caer en el verano. Y en este marzo, en el que he vuelto a recorrer los pasos dentro de la sala de redacción del diario donde me he pasado más de la mitad de mi vida, un año después de la cuarentena del año fatídico del 2020, encuentro para mi propia sorpresa, conmoción y sufrimiento, señales de mis amigos muertos.

Epílogo

Gastón Guillo vio que la pintura de Alejandro Obregón salió del muro, como si el muro se adelgazara como tela templada, por arte de magia. María Cecilia Álvarez-White lo desmontó con la misma ternura con que se salvan los pétalos de una rosa en una pared. Lo mismo cuando desmontó el mural para la casa de García Márquez. Era como si los muros trasladados hubieran estado siempre allí, donde se instauraron.

Cuando se llevaron el mural, Gastón y Marcel se miraron en silencio y sintieron la devastación de un gigantesco silencio que dejaba sobre el aire y dentro de ellos, la sed de luz de aquellas flores carnívoras, pintadas para sus padres. Los colores siguen vivos como ese caballo amarillo que él me regala más allá de la muerte.