Facetas


Teólogos en cuarentena: el rapto de Dios

Pensando en la pandemia: no es que Dios haya girado de esta forma atroz sus dados. Es el hombre que ha autodestruido lo que ha recibido.

GUSTAVO TATIS GUERRA

12 de abril de 2020 12:00 AM

Alguna vez José Saramago, que se declaraba ateo y escribió tal vez una de las mejores novelas sobre Jesús, dijo que es muy probable que Dios sea el inmenso silencio y el gran misterio del universo que rodeaba a los hombres, y que lo rebasaba a ellos mismos. Y Umberto Eco, también ateo, sostuvo una larga conversación con cardenales del Vaticano para ese libro que se me ha extraviado: ‘En qué creen los que no creen’. Hace poco, en enero de este año, pasó por Cartagena el físico francés Christophe Galfard, alumno muy cercano al genial físico británico Stephen Hawking y la única pregunta que pude y deseaba hacerle era si en algún instante los físicos han llegado a creer -contrariando la certeza de Einstein- de que Dios no juega a los dados. El físico se rió para encontrar la respuesta y contestó que a veces los físicos han llegado a creer esa posibilidad, pero todos los caminos conducen a la convicción de que no hay una sola partícula del universo que no nos lleve al misterio y al enigma de Dios. (Lea aquí: Mompox: una Semana Santa truncada por los ‘pasos’ de un virus)

El poeta Jorge Luis Borges, que era gnóstico, creía que Dios es el personaje más importante de la literatura fantástica, que ha prevalecido más allá de dos milenios, como la figura poética de Jesús. Y en su último poemario, ‘Los conjurados’ (1985), consagró sus bellísimos poemas a la divinidad cristiana: ‘Cristo en la cruz’ y ‘Otro fragmento apócrifo’. Es curioso, pero el mismo Dios se le aparece en los poemas a Borges como una presencia persistente e insoslayable, sin pretender ser místico. En el primer poema, Cristo está en el medio, entre tres maderos de amaranto de igual altura. La corona lo lastima, pero piensa en el reino que le espera. Este joven perseguido de treinta y tres años no es griego ni romano. Es judío y su sabiduría ha legado al mundo “espléndidas metáforas y una doctrina del perdón que puede anular el pasado”, dice Borges. No solo es una doctrina que ha pervivido en el tiempo en más de dos milenios, sino que, para el poeta, la dimensión inédita de su inocencia y su sacrificio es una epopeya de la santidad y la santificación que pueden borrar todo un pasado de la humanidad. Nada ni nadie ha podido destronarlo. ¿Qué diferencia hay entre santidad y santificación? Santidad es la heredad de Cristo que se sacrificó por la humanidad, pero santificación es la práctica diaria y cotidiana de ese legado. Todos pretendemos ser santos por esa herencia, pero no todos santificamos, porque no todos cumplimos esa acción espiritual. Hasta allí el primer poema. En el segundo poema que ocurre en los “linderos del desierto y del alba”, uno de los discípulos de Jesús se acerca para preguntarle por el pecado. Borges omite el nombre de Jesús y lo equivale a maestro. El maestro le dice: “Todos los hombres han pecado. No es de hombres no pecar”, pero su sentencia concluyente es una recreación de la sabiduría salmística y evangelista: “El que mirase a un hombre con odio ya le ha dado muerte en su corazón”. El discípulo le confesó que en Samaria ha dado muerte a un hombre. El maestro guardó silencio y el discípulo creyó que en su rostro se asomaría la ira. Pero no. El maestro le dijo: “Hace diecinueve años, en Samaria, yo engendré a un hombre. Ya te has arrepentido de lo que hiciste”. El discípulo le pidió que le concediera el perdón porque sus noches eran de lágrimas y plegarias. Y el maestro le dijo: “Nadie puede perdonar, ni siquiera el Señor. Si un hombre lo juzgaran por sus actos, no hay quien no fuera merecedor de infierno y del cielo. ¿Estás seguro de ser aún aquel hombre que dio muerte a su hermano?”. El discípulo dijo con desconsuelo: “Ya no entiendo la ira que me hizo desnudar el acero”. El maestro le confesó que solía hablar en parábolas para que las verdades quedaran grabadas por siempre. Pero en este momento prefería hablar como un padre a un hijo. “Tú no eres aquel asesino y no hay razón alguna para que sigas siendo su esclavo. Te incumben los deberes de todo hombre: ser justo y ser feliz. Tú mismo tienes que salvarte. Si algo ha quedado de tu culpa yo cargaré con ella”. Borges culmina su poema diciendo que lo siguió de aquel diálogo se perdió en el tiempo...

No está de más recordar que se llama Fragmento apócrifo, porque es una recreación bíblica de lo que pudo haber sucedido con algunos de sus discípulos, pero Borges es fiel a la lectura e interpretación bíblica, enriqueciéndola con nuevas metáforas y parábolas.

En su penúltimo poemario, ‘La cifra’ (1981), Borges quizá bajo el embrujo de María Kodama, de madre japonesa, escribió el poema ‘Shinto’, sobre la creencia budista de que el universo está compuesto por ocho millones de divinidades “que viajan por la tierra, secretas. Esos modestos númenes nos tocan, nos tocan y nos dejan”. Entre esos dos mundos culturales, entre la sonrisa de Buda y el rostro sacrificado de Cristo bajo una corona de espina, oscila la visión de Borges.

La coyuntura divina

El evangelista Gary Lee está convencido de que los templos que ahora están vacíos se llenarán de pronto con nuevos fieles de los cuatro puntos cardinales del mundo. Es lo que él mismo llama “el rapto inminente de Dios”. Esta coyuntura en plena Semana Santa le parece formidable y es para él un designo amoroso de Dios.

La cuarentena que vive la humanidad amenazada por una peste biológica global suscita interpretaciones de filósofos, científicos, economistas y teólogos. Intento leer cada interpretación, y en todos ellos, al margen de las otras realidades bíblicas, encuentro que esta dimensión teológica merece ser estudiada y descifrada con el mismo rigor científico. Hay en este caleidoscopio visiones ortodoxas y eclécticas, algunas radicalizadas, pero todas guardan en común, un deseo por comprender lo que le ocurre a la humanidad por dentro y fuera de su confinamiento. Lo biológico no puede interpretarse sin lo filosófico, científico, económico, político y teológico. Algunas visiones son aproximaciones a un mismo enigma. También participan en esta lectura plural los poetas, más allá del encanto visionario que tiene la poesía como forma de interpretación de las realidades emocionales de los seres humanos. A veces es la poesía la que ha iluminado con sus lámparas en la oscuridad el desasosiego de los peregrinos perdidos en el desierto. A veces es la misma poesía bíblica y la palabra de los evangelistas la que genera destellos de claridad y sabiduría en medio de la tempestad interior y la sed insaciable y múltiple de preguntas.

El evangelista Gary Lee salió de su propio confinamiento de su casa, en Estados Unidos, para compartir su pensamiento caminando frente al viento agitado de este abril santo. Cuando recordó que tiene medio siglo de estar interpretando los evangelios, me detuve a escucharlo. Una de sus palabras me conmovió al margen de estar o no de acuerdo con una otra religión, a la postre, Dios es uno mismo visto desde distintos prismas y lo que prevalece es la interpretación de los textos bíblicos, pero más aún, su aplicación a la vida cotidiana. Así que el evangelista Gary Lee me sedujo gracias a la poesía de sus palabras y el viento de la tarde que intentaba arrebatársela. Dijo: “Vivimos el rapto inminente de Dios”. La frase me encantó por su connotación profunda: es que el mismo Dios ha venido a raptar a la humanidad, gracias a esta pandemia. Dios no necesita encarnarse si es espíritu. Es como ese viento que arrastraba las palabras y sacudía los cabellos del evangelista. Y al escucharlo serenamente he escuchado a la vez la voz de mi cuñado Pedro Serrano, quien me compartió el video del evangelista, interpelada por mis sencillas interpretaciones: sí. Ya era hora. El hombre necesitaba un “tatequieto” espiritual. Un retiro forzado para que se diera cuenta -así sea en cuarentena y amenazado de morir por un virus global- de que a lo largo de dos milenios no ha hecho sino depredar y, al contrario del Rey Midas, no todo lo que toca lo vuelve oro sino despojo luciferino. Ese animal terrible, insaciable, codicioso e infeliz, perdido en el laberinto de su soberbia, se ha creído más que todos los pájaros, más que el resto de las criaturas, y como vulgarmente dicen en nuestra tierra, “creía que ya tenía cogido a Dios por el ombligo”.

El evangelista Lee dejó cinco temas olvidados para reflexionar en estos días santos más allá del aislamiento, pero a su vez por la salud interior de todos: el pecado, el arrepentimiento, el infierno y el cielo, la santidad y el avivamiento o el rapto de Dios. Para decirlo con otras palabras: mientras el ser humano no se acuerde de que es un laboratorio incesante de desastres en su vida personal, en su relación con sus semejantes y con la naturaleza, estará perdido. El arrepentimiento es la escoba que barre el mar de las inmundicias. El infierno y el cielo ocurren en el día y la noche, en la vida y en las decisiones de cada de los mortales. El infierno y el cielo están aquí. Es lo que haces, piensas y nombras. La sabiduría pasa por ese delgado hilo casi siempre quebradizo si no hay fortaleza de convicciones y fe que mueva montañas, y se exponga a cruzar caminos anchos y a oscuras. La santidad no es no cometer pecados, es no reconocerlos, es no ir más allá de lo que heredamos. Es cumplir con actos sublimes en el que nos negamos nosotros mismos para afirmarnos en los demás. El rapto de Dios puede ocurrir en cualquier instante, dentro y fuera de esta pandemia. En el soplo del viento y la luz que se derrama. Ahora todo ha colapsado precisa el evangelista Lee, hasta la teología de la prosperidad. Ahora lo que cuenta es reinventarnos, dejar de creer que somos los grandes y tenemos la última palabra. ¡No somos nada!, dice con euforia iluminada Lee.

Y en verdad, nada nos salvará de salir bien librados de este paraíso amenazado que ha sido la historia de la Tierra, si no somos solidarios con nuestros semejantes y amorosos con el resto de las criaturas. Ese es el mejor evangelio.

Epílogo

Y al volver sobre los dados de Dios... No es que Dios haya girado de esta forma atroz sus dados. Es el hombre que ha autodestruido lo que ha recibido. Ha desviado el curso de los ríos y envenenado el corazón de los mares, ha socavado la serena y milenaria sabiduría de las montañas tras el espejismo del oro y los metales preciosos, ha castigado y sometido la vida del resto de criaturas y ha humillado y sometido el destino de seres desprotegidos por la codicia del dinero. Mientras el hombre se aleja de la naturaleza asustado de su propia contaminación viral, alejado de sí mismo y de los demás, la sabiduría de la tierra hace lo suyo y restaura sus antiguos equilibrios y su armonía vulnerada. Como si Dios soplara otra vez en estos silencios de agua y en el brillo de los ojos de oro de los peces que se asoman debajo de los espejos.