Totó la Momposina suena con todos sus pájaros

17 de febrero de 2019 12:00 AM

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Totó la Momposina viene de las mil y una noche de cantos en el río Magdalena. ¿Desde cuándo Sonia Basanta Vides se empezó a llamar Totó la Momposina? Desde muy niña. Es la hija de Daniel Basanta Durán, de Mompox, y Lidia Vides, de Talaigua. Ella nació en Talaigua.

“Mi padre era un hombre alegre y bondadoso, muy soñador, para él todo el mundo era buena persona, no tenía malicia, todo el que le iba a comprar los zapatos que él fabricaba, terminaba regalándoselos. Es que todo lo regalaba. Por eso no tenía nada. Mi madre, llevaba el control de la casa. Era la que planificaba”. La música le viene de sus dos matrices. Por los Basanta y por los Vides. Todo su árbol genealógico está lleno de música. El bisabuelo Sixto Vides Choperena, era compositor, filósofo, escritor, manejaba la vida cultural de Mompox. Muchas de sus partituras de óperas, operetas y zarzuelas, que se habían vuelto invisibles, han ido apareciendo, como salidas de un naufragio.

El año pasado, encontraron una partitura. La música la persigue por todas partes. Adonde vaya, la música la recibe, la toma, la posee. Los cantos ancestrales en todos los pueblos ribereños. Las fiestas tradicionales. Los bailes cantaos. La música que se hace sonando las palmas, ripiando el silencio, con música improvisada, salida de las entrañas de la tierra y del alma. Totó está sentada frente a mí, y es como una pariente que ha regresado a casa. Mis hijos dicen que se parece a su abuela Adelma Rivas. A mí se me parece a las mujeres sagradas de la tribu que he conocido a lo largo de los pueblos que he recorrido en estos últimos años, siguiendo los caminos y el espíritu recóndito del sur de Bolívar.

Fue Orlando Fals Borda quien me animó a recorrer estos pueblos, y fue también Honorio Tatis, mi padre, quien vivió en Mompox y en Simití, quien me embrujó a conocerlos. Una vez, Fals Borda me contó que en una de sus correrías se encontró con un hermano negro en la región de Loba. Al conocer a Totó la Momposina tuve la sensación de que ella era la síntesis de todas las músicas del río. Casi que el paisaje suena a ella. Y no hay canto de pájaro a ras de agua que no me la recuerde. Totó suena desde que uno llega a la albarrada de Magangué. Y sigue sonando cuando uno está en el centro del silencio de las tarullas. Y cuando la canoa se vara en la espesura. Y cuando las aguas del río se chocan contra las piedras de una muralla invisible y mutilada debajo del agua en Mompox. Totó está ahora frente a mí, junto a su hijo Marco Vinicio Oyaga, que no necesita tocar tambor para saber que es uno de los mejores del país. Él solo suena si se queda callado, con esa mansedumbre dulce y sabia que tienen los hombres nobles de mi tierra, y Marco Vinicio es un sabio silencioso que interpreta los silencios de Totó, su madre. Ella solo tiene que verlo y despepitar sus ojos, no cuando las mamás regañan a sus hijos, sino cuando le reclama una nota de tambores a sus cantos que son plegarias, ofrendas y augurios de la tierra. Totó es un alma sencilla, transparente, memoriosa, aferrada a sus ancestros. “La música ancestral no va a morir nunca”, me dice. “No puede morir porque está forjada con la vida de los pueblos”. “¿Y sabes de dónde viene esa magia de la música ancestral?” -me pregunta Totó. Ella saborea la palabra que va a decirme, como si la hubiera preparado en una palangana con azúcar: “Viene de la contemplación”.

Esto suena de palabra mayor. Es la voz de la sabiduría de una de las mujeres más grandes que ha dado Colombia en la música ancestral. “La música ancestral narra lo cotidiano de los seres humanos, lo que ocurre dentro y fuera de la puerta de su casa. Lo que miran desde un taburete. En ese momento estoy yo sentada, viendo una enorme caravana de hormigas. Habían cruzado una enorme distancia y busqué el origen, y vi que las hormigas venían del patio y se estaban subiendo en el carro de un amigo profesor. Yo me acerqué a la caravana de hormigas y les dije: ‘No pueden vivir en ese vehículo. Su casa es el patio. No debajo ni arriba de ese carro’. Tuve que regañarlas. ‘¡No pueden vivir allí! ¡Vayan para su casa!’. De esa experiencia con las hormigas, compuse la canción ‘La hormiga loca’. Nació de esa contemplación. Ahora la humanidad tiene prisa. No vive. No alcanza a mirar”. Totó me cuenta que su familia salió en la década del cuarenta hacia el interior del país, huyendo de la violencia.

Los conflictos entre conservadores y liberales hicieron imposible la convivencia en la región. Se fueron para Barrancabermeja, inicialmente, y luego, para Villavicencio, hasta terminar en Bogotá. En los años cincuenta ella fue una de las primeras mujeres del Caribe colombiano en cantar y bailar en la naciente televisión colombiana. Se presentó en varios programas, cuyos libretos los hacía Guillermo Valencia Salgado, ‘Compae Goyo’, el gran narrador, músico e investigador del Sinú. Cuando regresa a visitar a sus parientes en Talaigua y Mompox, evoca las danzas que vio de niña en sus viajes por el río: las danzas de las farotas, y el tresillo. Y la música que se tocaba con guitarras, bandolas piano, en diálogo con las gaitas y los tambores. Totó recibió en 2018 el Grado Honorario en Berklee College of Music, por su aporte a la música, convirtiéndose en la primera mujer latinoamericana en recibir ese honor. Me lo dice ahora la cantautora bogotana Mónica Giraldo, egresada de Berklee, con quien Totó ha grabado algunas canciones como ‘Así lo canto yo’, del álbum ‘Que venga la vida’. Las dos cantantes fueron la sorpresa del cierre final de Hay Festival Cartagena 2019.

Epílogo

La mujer sencilla, bajita, menuda, que está frente a mí, con su voz suave y dulce, se crece en el escenario. No solo en voz, ritmo y manejo escénico, sino en el espíritu que resuena en cada uno de sus movimientos. Escucho ahora ‘Oye manita’, de Estefanía Caicedo, interpretada por Totó, y veo al tiempo los rostros de Totó y Estefanía, conjugados, en una sola música. Las manos de Totó acarician el agua y hace círculos hasta encontrar la profundidad, en el video que hace con Mónica en ‘Así lo canto yo’. Hay allí sutileza de una artista que además de nutrirse de sus ancestros, canta boleros, danzones y tarantelas italianas, porque el mundo europeo también pasó por el río de Mompox.

Pero cuando Totó canta un bolero se despiertan las flores púrpuras de las tarullas. Y suena el río que lleva dentro con todos sus pájaros.

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