Travesía de un migrante africano: “No sabía nadar, ni lo grande que es el mar”

16 de junio de 2019 12:30 AM

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Por Diana Agámez Pájaro

Especial para El Universal

Lassina Coulibaly tiene veintidós años. Le gusta componer canciones de rap, escribir poesías, diseñar y coser vestidos y leer el diccionario. Sí, leer el diccionario. Hace cuatro años Lassina vive en Roma, Italia, habla francés y bambara, viene de Malí. Una travesía de un año y más de 3 mil kilómetros, donde enfrentó a la muerte, lo condujo a Roma.

Malí es un estado de África Occidental sin salida al mar, confina con Níger, Burkina Faso, Costa de Marfil, Guinea, Senegal y Mauritania. En 1864 Francia colonizó a Malí y pasó a ser parte del África francesa occidental bajo el nombre de Sudán Francés, que proclamó su independencia en 1960 con el primer presidente electo, Modibo Keïta. Es el séptimo país más extenso de África y tiene 19 millones de habitantes. La agricultura y la pesca mueven su economía. Tiene grandes yacimientos de uranio y oro, pero es una de las naciones más pobres del mundo.

Malí fue una de las grandes potencias de África, gracias al dominio sobre la ruta transahariana del comercio llegó a nacer el Imperio de Malí, sin embargo, su esplendoroso pasado y su riqueza natural no benefician el presente de su sociedad civil: vive los estragos de la guerra independentista de los Tuareg, quienes reivindican un estado independiente en los territorios del norte de Malí.

Esto, sumado la presencia de yihadistas, la debilidad del Ejército Nacional de Malí, la indiferencia de la comunidad internacional, el saqueo de sus recursos por parte de Occidente y a la fuerte interrelación entre presiones económico/ambientales, ha dificultado resolver un conflicto desarrollado principalmente en una región que no aparece en los mapas, desértica, sin fronteras, gobierno o estado de derecho. En este inhóspito territorio confluyen independentistas, Ejército, traficantes y terroristas. Aunque el campo de batalla es una región “lejana”, los efectos de la guerra saltan como esquirlas sobre los civiles, sobre todo en las poblaciones rurales que lentamente han iniciado un éxodo masivo, huyen de una bárbara limpieza étnica y de la violencia que hace más de veinte años los destruye.

Así, en este panorama y desde la África más profunda, Lassina migró hace cinco años. Atravesó el desierto y el mar -ese que nunca había visto- hasta el puerto de Lampedusa, en las costas italianas. Se marchaba de casa sin saber muy bien a dónde, su ruta estaba marcada por prácticas culturales que ven la migración como rito para iniciar a los hombres jóvenes, una migración que puede incluir recorridos nómadas más breves, pero su ruta también estaba marcada por las historias de familiares y amigos que se fueron esperanzados en reconstruir y mejorar sus vidas; su ruta estaba marcada por la narración constante de una especie de leyenda.

¿Europa? ¿Qué es? ¿Dónde queda? ¿Cómo se llega? ¿Cuánto dura el viaje? Cuando Lassina abrazó a sus padres, hermano y demás familiares, no se había hecho esas preguntas y mucho menos tenía las respuestas: “Voy porque ya soy un hombre y me dijeron que allá se vive mejor, hay trabajo y se gana dinero”. Con esa certeza, mil dólares -producto de vender un pedazo de tierra y un préstamo a su padre- y la fuerza que su familia le atribuyó por ser varón, comenzó su nueva historia.

Un viaje de 365 días

La guerra y la pobreza de la mayor parte de la población civil obliga a que muchas personas emigren hacia otros países de África o Europa. El viaje suele durar meses, hasta años, por la distancia, costo y dificultades para transportarse. Muchos jóvenes como Lassina atraviesan el desierto a pie; días y días de extenuantes caminatas, bajo el yugo del calor del desierto y las disposiciones de los traficantes. Muchos mueren en el intento. Desaparecen en las dunas doradas del Sahara sin dejar huellas y sin que exista siquiera la posibilidad de recuperar sus cadáveres. Lassina lo logró y él mismo se sorprende por su extraordinaria fuerza y capacidad para reinventarse una vida en un lugar lejano, donde son diferentes el paisaje, los colores, el idioma, los sabores, las formas, los gestos, los amores, los miedos y los sueños.

Lassina salió de su casa, en Massigui (localidad de 53 mil habitantes), y viajó un año hasta a Lampedusa. Para ello, primero llegó a Agadez, en Níger, atravesó el desierto de los refugiados. Hizo una parte del viaje a pie y la otra en una camioneta pick -up cargada con más de treinta personas: hombres, mujeres y niños, amontonados, abrazados, como “sardinas en latas”, asegurando -arriesgando- la propia vida: si alguno se cae el conductor no se detiene. Las extremas temperaturas, las noches gélidas, el hambre y agua llaman a la muerte.

Agadez es el epicentro de llegada de miles de personas desde África Occidental. Allí son distribuidas en grupos por los traficantes y llevadas a los ghettos donde esperan el momento de partir. Esta espera puede durar días, semanas o meses, en condiciones extremas y muy precarias, suelen sufrir violencias de todo tipo y algunos no superan este pasaje. Lassina lo hizo. En Agadez, esperó su turno por tres largos meses y mientras tanto trabajó levantando mercancía en el mercado. Reunió otro dinero para seguir adelante con su viaje. Lassina no sabe explicar muy bien cómo sobrevivió a una condición tan peligrosa; simplemente habla de coraje y de no poder volver atrás.

Llegó el momento de partir. Le esperaban unos mil 200 kilómetros de viaje por el desierto para llegar a Libia. Es un trayecto de dos o tres días, cuesta entre 250 y 300 euros, una fortuna para quien como él huye de la pobreza. También lo superó. “La fuerza de Alá nunca me abandonó”, dice. Es musulmán. Creo que tal vez la no absoluta conciencia de Lassina sobre su peligrosa travesía, en parte, lo ayudó a sobrevivir.

Una vez en Libia, Lassina perdió su dinero, no sabe dónde se lo robaron. No conocía a nadie. No sabía qué hacer. Digamos que la fortuna estuvo de su parte, conoció a un “fratello” (hermano) que tenía un taller de costura, la estrella que lo acompañaba se encendió: en su hogar, en Massigui, su padre tenía un pequeño taller de costura donde trabajaba, así en que este nuevo lugar podía sentirse como en casa. Lassina trabajó en Libia durante seis o siete meses, cortando y cosiendo ropa 20 horas o más al día, en sus ratos libres iba al mercado a cargar ladrillos y así, a fuerza de coraje, construyó su propio puente hacia su nueva vida.

El 16 de octubre de 2014 Lassina partió desde el puerto de Trípoli, Libia. Junto a un número impreciso de personas “tal vez cuarenta o cincuenta”, subió a una pequeña embarcación. “Era muy tarde por la noche y el mar estaba tranquilo, yo subí feliz porque ya faltaba poco. No sabía nadar, ni lo grande que es el mar, ni lo difícil que es atravesarlo. De eso me di cuenta mientras lo atravesábamos y ya no podía volver atrás. Tenía mucho miedo”.

No sabe bien cuánto duró el viaje, le pregunté y no parece importarle mucho... “Llegué vivo a Lampedusa”, me dice, y eso sí importa.

Lassina ha transitado todas las condiciones de un migrante forzado: un viaje extremo, miseria, soledad, falta de documentos, miedos, desempleo, maltratos, disturbios alimentarios por el cambio de comida, la imposibilidad de leer las letras del nuevo alfabeto. Lassina nunca fue a la escuela, pero todo eso es el material que constituye el coraje del que tanto habla. Me impresiona que no desconoce lo doloroso de su historia, más bien lo resalta con dignidad porque sabe que de allí derivan su fuerza y su ingenio. Soy su profesora de italiano, ha comenzado como un niño a leer el nuevo alfabeto, a unir sílabas, componer palabras, a leer y descifrar su nueva casa: Roma, con sus hostilidades, pero también con su belleza. Lassina ha decidido consagrarse a la esperanza, aprendió italiano a fuerza de asistir religiosamente a su escuela de italiano y de leer el diccionario. Eso ya va teniendo resultados: comienza a trabajar como sastre, escribe y hace pequeños conciertos de rap; comienza a reconocer y valorar su extraordinario potencial y no olvida la enseñanza de su padre: “Hijo, aprende a cortar y a coser, que la vida es eso”, no olvida esta frase y de paso me la enseña.

Más que cifras
En el contexto de la política internacional, las migraciones suelen leerse como una estadística. Es un fenómeno tan complejo y extenso en el que pocas veces hay espacio para analizar y valorar cada historia, sí, historias, porque dentro de esos números hay personas con una extraordinaria fuerza. Aunque se desplacen forzosamente por guerra, por hambre, por pobreza, por motivos ambientales o simplemente siguiendo un sueño, imaginando una vida mejor más allá del horizonte, no hay nada que reste dignidad a un gesto tan extremo y tan importante como dejar la propia casa. El único modo posible de conocer y comprender esas historias es contarlas.

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