Facetas


Un cuento después del 9 de abril

El cuento corto ‘Espuma y nada más’, de Hernando Téllez, aborda el fenómeno desde la intimidad y psicología de los personajes de aquel 9 de abril.

GUSTAVO TATIS GUERRA

10 de abril de 2022 12:00 AM

El viernes 9 de abril de 1948 no solo partió en dos la historia de Colombia en el siglo XX: ayer se cumplieron setenta y cuatro años del magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán, candidato presidencial por el liberalismo, ultimado a tiros a la salida de su oficina en Bogotá. Ese día tráfico también marcó el destino de la ficción en la literatura colombiana, que sigue creando historias alrededor de la víctima y del victimario, y del impacto que generó esa muerte en toda la nación.

De toda la montaña de libros que se han escrito, tanto documentales como de ficción, solo quiero mencionar un cuento breve sobre la violencia, sin duda, el más misterioso, elusivo, en donde se trata el fenómeno desde la intimidad y psicología de los personajes. Me refiero al cuento magistral ‘Espuma y nada más’, de Hernando Téllez (Bogotá, 1908- Bogotá, 1966), quien en 1950 publicó su libro de cuentos ‘Cenizas para el viento y otras historias’. Lea aquí: 9 de abril: el día que se convirtió en pesadilla

El cuento que figura en ese libro es una de las mejores narraciones que se han escrito en Colombia sobre el mundo complejo de la violencia. El protagonista de esta historia es el capitán Torres, un hombre perseguido y sanguinario, que irrumpe en la barbería con su barba de más de cuatro días de fuga. El barbero no solo se impresiona con su presencia, sino que mientras le quita las barbas es perturbado por la tentación de hundir su navaja por el cuello o dejar libre al hombre más buscado de la región. En el cuento no hay una sola gota de sangre, pero todo el horror y espanto está en la conciencia y en el pensamiento del barbero. El cuento fluye como el monólogo del barbero con su navaja ante el capitán Torres, con su “cinturón ribeteado de balas de donde pendía la funda de la pistola”.

El barbero lo consideraba un ser de imaginación perversa, y se pregunta:

¿A quién se le había ocurrido antes colgar a los rebeldes desnudos y luego ensayar sobre determinados sitios del cuerpo una mutilación de bala?”.

Barbero.

Mientras el barbero prepara la brocha, la mejor de sus navajas sobre la rebanada de jabón, batiendo la espuma en el agua, el capitán le cuenta que su tropa ha pescado a los principales insurgentes, le precisa que son catorce, unos vienen muertos y otros aún están vivos, pero “pronto estarán todos muertos”. Y según él, no se salvará ninguno, luego de atraparlos en una intensa búsqueda monte adentro.

El hecho dramático ocurre en el relato del capitán y en la tensión psicológica del barbero que, mientras lo afeita, está pensando todo el tiempo en matarlo. Y el capitán, con su sábana en el cuello, con los ojos cerrados, suspira ante “la fresca caricia del jabón”, y lo invita a las seis al patio de la Escuela a presenciar la muerte de los capturados. El barbero recuerda entonces el día en que el capitán invitó al pueblo en fila a ese mismo patio a ver morir a cuatro rebeldes revolucionarios... “El espectáculo de los cuerpos mutilados me impedía fijarme en el rostro del hombre que lo dirigía todo y que ahora iba a tomar en mis manos”. Escuche aquí un pódcast sobre el 9 de abril y ‘Espuma y nada más’

El barbero le pregunta al capitán si será igual que aquella tarde, y él le dice que será algo parecido a un fusilamiento, pero más lento y divertido para él. Le pregunta si morirán todos, y él le dice que en esta tarde serán unos cuantos apenas. Le enjabona la barba, tiene un leve temblor que solo él presiente ante el capitán, y su temor es que la afeitaba sea esmerada como tiene que hacerlo un barbero profesional, dejando la piel “limpia, templada, pulida”, sin que la hoja de la navaja se desvíe en los pequeños remolinos. Pero el capitán tal vez no sabe que el barbero es uno de los revolucionarios clandestinos. Y él pensaba cuántos de los suyos habían sido mutilados. Su dilema existencial es que el capitán no sabe que es su enemigo. Y muy difícil para él explicarle a sus amigos lo que estaba haciendo el capitán Torres y lo que pensaba hacer en esa misma tarde. “Muy difícil explicar que yo lo tuve entre mis manos y lo dejé ir tranquilamente vivo y afeitado”. El barbero no podía permitirse que nadie saliera de su barbería con “una perla de sangre”.

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Maldice la hora en que el capitán lo eligió a él para quitarse la barba. Él se mortifica diciéndose por dentro: “Soy un revolucionario pero no un asesino. Y tan fácil que resultaría matarlo. Y lo merece. ¿Lo merece? No. ¡Qué diablos! Nadie merece que los demás hagan el sacrificio de convertirse en asesinos. ¿Qué se gana con ello?”.

La pregunta del barbero en el filo de la navaja en el cuello del capitán, cuestiona su integridad ética, su humanidad y su conciencia ante la violencia. Piensa que en unos segundos su vida se transformaría en una pesadilla, la sangre manaría de aquel cuello y se deslizaría por debajo de la puerta de la barbería y empezaría el terrible juicio: el asesino lo degolló mientras lo afeitaba. Cobardía. Otros dirían que era un vengador. Extremos de una violencia que no cesa. Pero mientras el barbero está aterrado en estos pensamientos atroces, imaginando el contraste entre la sangre y la espuma del jabón, la barba y la sombra azul se han desvanecido en la piel del capitán, quien ahora se acaricia la cara y la descubre fresca y templada. Dice: “Gracias”, y se ajusta la hebilla, el quepis y la pistola. Saca unas monedas y le paga. Al salir se detiene en el umbral y dice lo sorpresivo y extraordinario de este cuento perfecto de la literatura colombiana: “Me habían dicho que me mataría. Vine para comprobarlo. Pero matar no es fácil. Yo sé por qué se lo digo”.

Epílogo

Ese cuento de Hernando Téllez siempre me ha perturbado por su trágica y paradójica belleza. La manera como describe cada detalle, como las escenas de una película van ocurriendo dentro y fuera del barbero y el capitán Torres. Ese cuento que ya cumplió setenta y dos años de haberse publicado, es uno de los mejores de la historia de la literatura colombiana. El lector no se espera que el capitán temerario haya elegido al barbero del que le han dicho que podía degollarlo. Lea además: El asesino de Gaitán

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