Facetas


Un reencuentro Jorge Artel con el poeta

Hace poco volví a leer los poemas de Jorge Artel (Cartagena, 1909-Barranquilla, 1999), a quien conocí en los años ochenta del siglo veinte, de paso por su ciudad natal.

GUSTAVO TATIS GUERRA

17 de octubre de 2021 12:24 AM

Hace poco volví a leer los poemas de Jorge Artel (Cartagena, 1909-Barranquilla, 1999), a quien conocí en los años ochenta del siglo veinte, de paso por su ciudad natal. Conservo tres ediciones de ‘Tambores en la noche’, su libro célebre de 1940, publicado por la Editora Bolívar, la edición que le hizo la Universidad de Guanajuato en 1955, y una más reciente que promovieron sus hijos.

De aquel encuentro con el poeta recuerdo que estábamos con Pedro Blas Julio Romero, Hortensia Naizara Rodríguez, no preciso si el poeta vino acompañado por uno de sus hijos, pero sé que compartimos una descomplicada y amena conversación, y una comida en el desaparecido Hotel Plaza frente al Parque de Bolívar. Lea aquí: ‘Negro soy’, un retrato de la vida de Jorge Artel

El diálogo fue sobre sus poemas, sus viajes, el origen de su seudónimo: Jorge Artel. En la noche, salimos a dar una vuelta por el Centro amurallado de Cartagena, con el poeta de pisadas lentas con un bastón de guayacán, pero aún conservaba la memoria de sus años de viaje, su personalidad aguerrida y un profundo y desolado sentimiento por su ciudad natal, en el que se entremezclaban su amor y su nostalgia y algo de resentimiento por episodios vividos en los años cuarenta y cincuenta en Cartagena. Me recuerda Álvaro Suescún que fui el anfitrión de ese paseo por la noche con Artel, a quien llevé a un lugar recién inaugurado cuyas paredes eran de ladrillos desnudos, y la música que sonaba aquella noche era ‘Pato robao’, de la Familia André, que estaba en su furor por el Festival de Música del Caribe. Lo cierto es que el poeta, que parecía depender de su bastón, lo abandonó para sacar a bailar a una muchacha que estaba en el lugar, ella accedió. Es curioso que recuerde casi todo de ese encuentro, pero la escena del baile me la recordó Suescún, quien es autor de una compilación de los textos periodísticos del poeta cartagenero.

El verdadero nombre de Jorge Artel era Agapito de Arco. Desde niño sufrió el ataque de sus compañeros del salón e incluso en la Plaza de la Trinidad, por llamarse Agapito, y muy temprano, decidió cambiarse el nombre por el de Jorge Artel.
El poeta nació en la Calle del Pozo

El verdadero nombre del poeta Jorge Artel era Agapito de Arco. Desde niño sufrió el ataque de sus compañeros del salón e incluso en la Plaza de la Trinidad, por llamarse Agapito, y muy temprano, decidió cambiarse el nombre por el de Jorge Artel. El poeta nació en la Calle del Pozo, en Getsemaní, en 1909. Le pregunté qué significaba Artel y me explicó que tenía dos respuestas. Era Letra al revés, pero su significado secreto era “caravana de obreros”.

El padre del poeta, Miguel de Arco, había sido jefe político y militar en la plaza de San Antero, Córdoba, en las noches tenebrosas de la Guerra de los Mil Días, y algunos de sus antepasados participaron en la gesta de Independencia de Cartagena, en aquel noviembre de 1811. El poeta se crió con su tía Carmen de Arco y de la Torre (1876-1948), “la primera colombiana graduada de enfermera, con estudios de especialización en Kingston y París”, según dato de Donaldo Bossa Herazo, referenciado por Juan Gutiérrez y Jorge Valdelamar, en su libro ‘Getsemaní, oralidad en atrios y pretiles’ (Cartagena, julio de 2005).

A los 18 años, en 1927, el poeta Artel participó junto a la dirigente popular María Cano en la concentración popular obrera. El discurso del joven poeta no pudo ser pronunciado, pero María Cano que valoró sus cualidades como orador y líder, lo nombró primer secretario del primer comité obrero de Cartagena. El escritor fue arrestado en varias oportunidades por sus convicciones socialistas. El 9 de abril de 1948 fue apresado en la Base Naval de Cartagena.

“Me fui a Cartagena de Indias, lo cual significó para mí descubrir otro mundo; de un mundo fantástico, mi mundo musical y primaveral, con altas noches estrelladas y rojos días hirvientes y espumosos”, escribió el poeta cubano Nicolás Guillén en ‘Páginas vueltas: memorias’, al evocar su llegada a la ciudad en 1946, y su encuentro con Artel.

“En pleno aeropuerto abracé a Jorge Artel. Yo imaginaba por cierto al gran poeta de ‘Tambores en la noche’ como un negro tinto, de alto porte, ceremonioso y conspicuo, en cuya sonrisa había siempre un diente de oro... sorprendíme, pues, de encontrar a un mulato macizo, de corta talla, frente alta y despejada, ojos pequeños, cara gruesa, boca ancha, nariz chata y una cordialidad a flor de piel”.

Artel fue el guía de Guillén en Cartagena: lo llevó a recorrer los viejos castillos, subir al Convento de la Popa y San Felipe, y devorar pescado frito en el muelle del Arsenal. Fue él quien lo llevó al Bodegón, en donde Guillén pudo conocer al Tuerto López, al gran autor de ‘Por el atajo’, “un hombre esquivo, huraño, difícil de tratar”. En el encuentro con Guillén, estaban el joven poeta Gustavo Ibarra Merlano. Lea además: Se conmemora el mes de la Herencia Africana

Afortunadamente para la poesía, Jorge Artel se ha salvado. Y lo salva el seguro instinto musical y poético que le brota de las cálidas líneas de su sangre; lo salva la mano larga de África, cargada de nidos, de pájaros y canciones”,

Luis Palés Matos.

Honores al poeta

Los cien años del poeta Jorge Artel se cumplieron en 2009, pero pasaron desapercibidos en Cartagena.

El más grande homenaje a su obra lo hizo en 1985 la Universidad de Antioquia al concederle por reconocimiento el Premio Nacional de Poesía. Cartagena ha perpetuado su nombre, no a través de la edición de sus obras, sino en el rebautizo oficial de una avenida como la del Pedregal, en Getsemaní, que nadie recuerda que se llama Jorge Artel, en una placa que fantasmaliza su legado más allá de Cartagena. El Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena creó en sus inicios un concurso de poesía con el nombre de Jorge Artel e incumplió la promesa de publicar los libros ganadores. La biblioteca distrital que lleva su nombre es una de las pocas instituciones que proyecta su obra. Lo curioso es que el reconocimiento a su obra ha surgido en Cuba, México, San Salvador, Puerto Rico, Estados Unidos, pero no en Colombia. En 1955, la Universidad de Guanajuato, en México, reeditó ‘Tambores en la noche’. La Universidad Simón Bolívar en Barranquilla hizo la tercera edición. En diciembre de 2004 se publicó en Barranquilla, una edición de ‘Tambores en la noche’ y ‘Selección de poesía inédita’, que incluye poemas escritos entre 1926 y 1992, algunos de ellos formaban un libro que jamás publicó: ‘Un marinero canta en proa’.

Tambores en la noche

Los sesenta y siete poemas que integran el libro laureado de Artel, ‘Tambores en la noche’, publicado en 1940, fueron escritos entre 1931 y 1934, es decir, entre sus 21 y 25 años. Ese libro es estudiado en universidades americanas y del Caribe continental, y no existe en Colombia y mucho menos en Cartagena, una cátedra que valore su obra poética. Hay una tesis laureada del investigador norteamericano Lorenzo Prescott, quien desde 1974 hasta 1990 trabajó en el libro sobre la vida y obra de Artel: ‘Sin odios ni temores: Jorge Artel y la lucha por la expresión de la literatura negra en Colombia’. Vi muchas veces a Prescott sumergido en los archivos de El Universal investigando a Artel, Nicolás Guillén: “La de Artel es una poesía popular. No al modo, pongamos por caso, la de otro colombiano famoso: Candelario Obeso, en quien predomina el lenguaje de prosodia deformada (como en los negros clásicos de Lope y Góngora), sino con la estatura de un artista cabal, ya de vuelta en cuanto a los recursos más ambiciosos de la técnica que maneja con elegante desenfado. Hay en su obra drama humano, dolor, protesta, todo bajo un clima de ritmo cálido, como de melaza ardiente”.

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Luis Palés Matos: “Afortunadamente para la poesía, Jorge Artel se ha salvado. Y lo salva el seguro instinto musical y poético que le brota de las cálidas líneas de su sangre; lo salva la mano larga de África, cargada de nidos, de pájaros y canciones”.

Ramón Vinyes (junio 1 de 1940): “La poesía de Jorge Artel nace de lo que el poeta ve, toca, interviene, gusta, huele. No crea sus motivos poéticos. Extrae la realidad poética de las realidades cotidianas para crear una nueva realidad de poesía incompatible con las ensoñaciones deshilachadas”.

Héctor Rojas Herazo, en un breve retrato publicado en la Casa de Asterión, en 2000: “Para intentar una simple apertura biográfica, debemos recordar que Jorge Artel apareció integrando, con Castañeda Aragón y Donaldo Bossa Herazo, la trilogía de la canción marina en Colombia. Toda la fastuosidad del elemento oceánico aspiró Artel a abarcarla en este lamparazo confesional: ‘Amo el mar porque es atrabiliario y loco, porque tiene olas volubles como hembras y porque no es de nadie’. Pero lo privativo de Artel fue su amor a Cartagena, al acento y la jerarquía de su raza, a los insistentes llamados de una herencia que su palabra fue entonando en cadencioso sufrimiento. Artel fue, además, un ímpetu creativo enaltecido por su valor humano”.

Epílogo

Artel nos abrumó de anécdotas. Además de viajero y amante de Esthercita Forero, fue un líder político perseguido en Cartagena. Fue Inspector de Policía en Santa Helena, Medellín. Fue él quien llevó a Lucho Bermúdez a la casa de Jorge Marín Vieco, en donde nació el porro ‘Salsipuedes’, y fue él quien llevó a esa misma casa al poeta chileno Pablo Neruda, quien se quedó nueve meses en Medellín. Todos estos recuerdos han vuelto a despertarse al reencontrarme con Álvaro Suescún, y entrevistar a Jorge Marín Restrepo, hijo de Jorge Marín, quien lidera la Fundación Marín Vieco, en esa casa legendaria donde han nacido en más de 70 años, amores y canciones, y es hoy, lugar de peregrinación para quienes descubrir secretos en el Museo Salsipuedes.

Vuelvo a evocar al poeta recorriendo la Plaza de la Trinidad, a su regreso a Cartagena, y lo veo deslizarse por el tiempo como una sombra golpeada por los destellos del sol. Frágil, conmovido, parecía estar sostenido por la gracia de su espíritu. En un momento de la noche, abrazó a Pedro Blas Julio Romero y me miró fijamente a los ojos: “No me abandones a Pedrito”, me pidió Artel. Cuando vislumbró la casa de la infancia, dejó entrever una sonrisa en sus labios. Era la sonrisa tristísima del que vuelve. Lea además: Cartagena, una ruta literaria aún no visible

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