Facetas


Una aventura llamada Rally Colombia Soberana

HYLENNE GUZMÁN ANAYA

26 de agosto de 2018 12:30 AM

¿A quién se le ocurre viajar a la medianoche en una embarcación desconocida y hacia una isla que nunca ha visitado? A mí. Era viernes y yo observaba al sol morir entre los edificios cartageneros. “En el mar será mejor, porque el sol se esconde en el horizonte y no entre los edificios”, decían, y yo pensaba en toda esta aventura llamada III Rally Colombia Soberana, desde Cartagena a la isla de Tintipán, en el archipiélago de San Bernardo. Sería mi primera vez navegando durante ocho horas, viendo las estrellas desde el mar. Era el comienzo de un fin de semana inigualable.

Viernes, el día de partida
El velero: ‘Oh la la’. El equipo: una periodista (que trabaja conmigo), un médico (el capitán), un ingeniero y un amante del mar, un perro y yo. El equipaje era liviano, ropa de playa y un poco de comida para los siguientes tres días de aventura. Me creía valiente, pero me advirtieron tanto que tomara una pastilla para el mareo antes del zarpe y, finalmente, la tomé. Salimos diez minutos antes de lo previsto. Me senté al lado del capitán, en la popa del velero, me explicaba que los vientos y las olas zarandearían la embarcación. No me pareció tan grave...

Los edificios quedaron atrás, y Tierrabomba, y Bocachica, y las islas del Rosario y hasta decenas de veleros. Nos movíamos por el oleaje y la condición climática, nada de motor, y los ojos se me iban cerrando lentamen… ¡Taz! El equipaje cayó. Desperté. Mi compañera pensaba que nos íbamos a morir. Ah, ¡que no es tan grave el zarandeo!... Sentía las pisadas fuertes, como si en cualquier momento se fuera a partir la madera y los tripulantes se gritaban entre sí para acomodar las velas.

No recuerdo cuánto tiempo duró el alboroto, pero sí que veía las cosas caer en cámara lenta, mientras el cansancio me hizo cerrar los ojos nuevamente, ¡gracias a Dios! Cuando volví a abrir los ojos, el sol iluminaba mi rostro, solo veía el agua cristalina, algunos mangles y unas cuantas cabañas alrededor. Eran las 8 de la mañana y nos anclamos en la isla Tintipán, la primera parada. Quería conocer a todos los aventureros, pero eran unas 180 personas en 24 veleros y nueve yates, las que participaban del III Rally Colombia Soberana.

Primero conocí al cartagenero Rafael Tono Lemaitre, que navega desde hace 36 años. No era su primera vez en el rally, en el anterior llegó hasta San Andrés.

“La parte más difícil de esto es si te coge una tempestad, para que el velero se hunda tiene que llenarse de agua, siempre flota, así se voltee. Lo mejor de esta experiencia es la camaradería, porque entre los veleristas hay una especie de cofradía: en el mar todos nos auxiliamos, todos somos amigos aunque no te conozcan”, me decía entusiasmado.

El tiempo se me pasó rápido con la charla, horas después los veleros fondearon en la ensenada de Tintipán, donde las aguas eran más calmadas. Llegué hasta Santa Cruz del Islote, la isla más poblada por metro cuadrado del mundo. Lo primero que noté fue el acuario improvisado en la entrada, que te demuestra el amor de su gente hacia el mar, hay desde tortugas carey hasta distintas especies de peces. El sol caía en el horizonte, y tal como había escuchado, los colores en el cielo se combinaban entre naranja, rosado y azul. Mágico.

Niños y niñas se lanzaban al agua como su juego favorito, en el pueblo sonaba un picó con champeta y los habitantes disfrutaban del atardecer. De regreso a la ensenada nos esperaba un arroz a la huertana, preparado por los cadetes de la Armada Nacional, ellos también participaban del evento. Era mi primera noche en el mar.

“Estoy mareado, aunque estoy en tierra siento que todo me da vueltas”, me contaba un colega que viajaba en el ARC Antares. Me sentía afortunada de no sentir lo mismo.

En la noche subí a otro velero, ‘Peripatos’, un poco más grande que ‘Oh la la’. Hablé con los nuevos tripulantes hasta quedar dormida, esta vez más calmada porque no estábamos navegando, sino moviéndonos con la mareta del anclaje.

Domingo de soberanía
Domingo en Santa Cruz del Islote. Antes de partir, me explicaron que una de las principales características del rally es ejercer la soberanía en un territorio poco conocido. Como la travesía era más corta, el Islote fue el sitio ideal para promover el turismo náutico y demostrar que “es también nuestro territorio y a veces no lo conocemos”.

A las 10:30 de la mañana, isleños, tripulantes, capitanes, cadetes, suboficiales, tenientes y hasta turistas levantaron la mirada hacia la bandera mientras sonaba el himno nacional. Fueron pocos los minutos que estuvimos en el Islote, pero la comunidad se mostró dichosa de tener tantas personas fijándose en ella, en ser el centro de atención.

Aquí supe que para los de la Armada Nacional era su día clave, pues como marina van a todos los rincones marítimos y promueven su desarrollo.

Los veleristas gozaban del viaje, pero para los cadetes era la oportunidad de explotar sus habilidades de navegación. Vi a los dos veleros cuando salíamos de Tintipán hacia las Islas del Rosario, el ARC Comodoro y el ARC Antares. Los tripulantes corrían desde la proa hasta la popa para que nada fallara. Llevaban su uniforme puesto, un buzo con la carta náutica pintada, un pantalón de tela suave, tenis, gorra y gafas. Los que izaban las velas usaban guantes, los demás iban pendientes del viento y de no tropezar con alguna barrera coralina.

“Ellos siempre llegan de último, les pasa algo o se equivocan”, escuché de un participante, enfatizando la juventud y falta de experiencia de los cadetes ante los marineros más curtidos.
Tenía la duda, durante las tres horas y media de viaje hacia las islas quería verlos en algún momento para saber si era cierto, pero no pasó.

Me concentré en el viaje, en que esta vez lo disfrutaría más pero se me revolvió el estómago. El capitán del velero quería pescar un atún, pero yo no pensaba en comida. Me sentaron en la borda (no: el borde) por si vomitaba, solo imaginaba la vergüenza que pasaría. No lo hice, el tiempo se pasó rápido y de repente sonó mi celular, era una llamada de mi mejor amiga.
A eso de las 3:30 de la tarde ya se veían las Islas del Rosario, y arribamos en el sector Caño Ratón, de Isla Grande, la zona coralina más extensa de este archipiélago.

En la Isla Naval, conocí al cadete Anderson Mejía y al guardiamarina, Didier Joel Calvo, de la Escuela Naval de Cadetes Almirante Padilla, quienes me explicaron cómo llegaron hasta el rally.

“Mira -me dice Didier- para estos eventos especiales siempre se trata de seleccionar el personal con mayor experiencia y capacidades náuticas”.

Cuando dije que allí estaban los mejores de la escuela, ellos asintieron con la cabeza. Trataba de comprender los comentarios de los veleristas.

Anderson tiene 20 años, desde este semestre está en el club náutico de la ENAP y concursa en las regatas sabatinas de la ciudad. Fue así como ganó el mérito de estar en el rally.

El teniente de fragata Francisco Javier Torres, se encargó de escoger entre 72 alumnos, los 13 que participarían en los dos veleros. “Participamos con dos embarcaciones, la esencia como marinos debe ser la navegación y es una manera de aportar al desarrollo marítimo del país, en este caso la navegación a vela. Yo tuve la experiencia de navegar a bordo y ahora mi cargo como comodoro es una oportunidad para seguir aprendiendo y brindar mi conocimiento a los cadetes”. En la noche premiaron a los ganadores de la pesca deportiva y comimos un asado, mientras todos hablaban y se reían entre sí, como una gran fiesta. Los más enérgicos duramos un poco más, bailamos y cantamos. Nos llevamos la fiesta a un velero, no supe en qué momento me dormí, pero sí que lo disfruté.

Lunes, día de llegada
Seguía en el Peripatos. El último día, desperté a las 5:30 de la madrugada para ver el amanecer. Fue único, el sol subió entre los mangles y yo en el fondo sentía una nostalgia de dejar a todas esas personas que conocí, de que se acabara esa vista tan preciosa en el mar.

La última historia me entusiasmó más. Cuando el sol salió, una mujer de cabello rubio, tez blanca y en forma, caminaba por la proa del velero, revisando las velas y luego se puso su pareo. Era Olga Lucía Jaramillo, la única mujer del rally, que “se sube al mástil mientras el velero navega”. Tiene más de 40 años de experiencia marítima y la reconocen como la más precavida entre todos, pues carga con celulares de distintos operadores para tener siempre señal y los guarda en una bolsa plástica.

“En el 2009 naufragué, hubo un descuido viniendo de Serrana hacia Providencia, chocamos contra una barrera coralina, el barco se nos perdió y nos rescató la Armada. Tenía un GPS a la mano, pero con el golpe se fue al agua. Estuvimos ahí como cuatro horas, alcanzamos un celular y llamé. Si no tuviera ese celular en la bolsita todavía estaría esperando un barco que me rescatara”, narró entre risas Olga.

“Ese día -cuenta- fue la primera vez que su hijo la acompañó y lo más sorprendente fue que ninguno se angustió”. Nada la ha detenido para seguir en el mar, bucea, sabe arreglar los motores de veleros y es una de las pocas mujeres que navega de tiempo completo. Es manizalita, pero se siente cartagenera.

Regresé tranquila, el velero navegaba a motor y un poco con las velas, no como aquel al que solo el viento lo impulsaba. Ahora que volví, pienso que he coleccionado atardeceres, sonrisas, emociones y amigos. Ahora que volví, puedo entender que no hay nada de absurdo en la decisión de aquel que vendió su apartamento para comprar un velero y vivir en él.

SOBRE EL RALLY 

El Club de Pesca de Cartagena conmemora 80 años de fundación y por ello, como un ejercicio de soberanía y de reconocimiento de los espacios marítimos del país, liderado por la Armada Nacional, el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, el Fondo Nacional de Turismo (Fontur), le dio todo su apoyo a este evento.