Facetas


Una curiosa cita con Alejandro Galvis Ramírez

Crónica del día en que conocí a Alejandro Galvis Ramírez y de cómo esas horas marcarían mi futuro en el periodismo.

NICOLAS PAREJA BERMÚDEZ

17 de enero de 2021 12:00 AM

Rondaba los 26 años cuando a mi mentor, Héctor Hernández Ayazo, y al joven empresario Gerardo Araújo, ya entonces gerente de esta casa editorial, se les dio por pensar que yo tenía madera de periodista y que podía ejercer ese oficio sin abandonar el litigio profesional, algo que yo no había llegado ni a presentir.

A esa edad, en 1992, acepté el cargo de director editorial sin tener ni idea de periódicos, pues solo me unía a ese mundo una columna de opinión semanal en El Universal. Le dije al gerente que, antes de ingresar a ejercer la subdirección, me enviara a Bucaramanga, a la sede del entonces diario Vanguardia Liberal, a comprender cómo funciona un periódico en una semana intensa de inducción para no llegar tan despistado a la sala de redacción del diario. Y así hicimos. (Le puede interesar: Personalidades reaccionan al fallecimiento de Alejandro Galvis)

La experiencia fue maravillosa. En una semana pasé por los departamentos de publicidad, circulación, producción, impresión, informática, diseño, fotografía y distribución. En este último viví una de las más gratas situaciones. Me tocó amanecer para acompañar el proceso de organizar, despachar y entregar los ejemplares del día a los voceadores, e irme con uno de ellos a repartir periódicos en su recorrido rutinario por varios sectores de la ciudad de los parques. Qué amanecer inolvidable, ¡pero no sería el único!

Todos los días remataba la jornada en la sala de redacción, en la que pasaba de los cubículos de deportes a los de farándula, o de económicas a judiciales. Cuando llegó mi penúltimo día de esa enriquecedora vivencia en mis inicios en el oficio, recibí la ansiada invitación a conocer al gran jefe, a quien no había visto durante los cinco días anteriores. El portador del mensaje me dijo que estaba citado a las dos, con lo cual me daba tiempo para almorzar con las vivaces periodistas que me habían adoptado en el famoso diario de oriente, fundado por el patriarca santandereano Alejandro Galvis Galvis y, en aquel momento, liderado por su hijo, Alejandro Galvis Ramírez, con quien me vería a las dos de la tarde.

Por respeto con el maestro, tuve el cuidado de llegar unos minutos antes de esa hora. Allí estaba su secretaria, quien me saludó cortésmente, pero no me dio ninguna instrucción. Al pasar algo más de diez minutos, con toda discreción le pedí el favor que me anunciara con don Alejandro.

Ella me preguntó mi nombre, se lo di, buscó en su agenda y me dijo que yo estaba citado a las dos, pero que era a las dos de la madrugada, y que me recomendaba que me fuera al hotel, descansara y me asegurara de estar puntual a esa hora.

Después de tomar aire y tratar de comprender el asunto, me fui al hotel a dormir, no sin antes pedir al conserje que me despertaran a la 12:30 a. m.

Llegué antes de dos de la madrugada a la sede de Vanguardia Liberal, me identifiqué con el vigilante, subí las escaleras que me llevaron a la oficina del veterano periodista, empresario y destacado dirigente líder bumangués, que se había empeñado en propiciar el desarrollo de la prensa regional en todo el país, quien había dejado la puerta entreabierta, esperando mi arribo. Entré, me miró, me dio una cálida bienvenida, como si me conociera de toda la vida, me pidió que me sentara y comenzó a hablarme como un tío sabio a su neófito sobrino.

Tenía sobre la mesa ediciones recientes de Vanguardia Liberal, de periódicos nacionales y regionales, incluido El Universal, uno de España, The New York Times y otros que no recuerdo. Los había organizado de tal forma en que me percaté que todos tenían la misma noticia de interés mundial en primera página, de hacía unos días, sobre la captura de Abimael Guzmán, líder del grupo guerrillero Sendero Luminoso. Me mostró cómo la había abordado cada periódico, el lugar en que estaba destacada la noticia, la forma en que cada agencia extranjera había tratado el hecho en el interior de sus páginas, en qué secciones y por qué.

Cerró los periódicos, salvo el ejemplar de El Universal, el cual diseccionó desde la primera página, indicándome lo que estaba bien y cómo habría tratado, desde otras visiones, los temas editoriales y algunas noticias locales. La reunión duró algo más de dos horas. Para cuando comencé a sentir el peso de la inusual cita, ya cerca del amanecer, noté que seguía con la misma energía que al inicio y me di cuenta de que estaba frente a un hombre superior, clarividente, extremadamente sensible y de una agudeza palpitante, en una extraña mezcla de hombre de mundo con la rudeza fina de las gentes sencillas del viejo Santander.

Al concluir la reunión, no me imaginé que sería la última de ese tono que, para mí, resultó en una epifanía hacia mi nuevo oficio. Por supuesto, en la intensa sesión pude plantearle muy pocos interrogantes; pronto entendí que él quería darme un curso extra rápido a partir de tantos años de experiencia y conocimiento en el hermoso mundo de ejercer la libertad de prensa desde sus diversos tópicos. De las escasas preguntas que planteé, solo recuerdo la que le hice cuando me habló de que tenía que leer mucho para cuando me tocara dirigir El Universal, lo que se hizo realidad 27 años después. Le interpelé para que me diera un consejo concreto sobre cómo dirigir el periódico. Su respuesta me retó y me satisfizo: “¡Eso tendrás que descubrirlo tú mismo!”. (Lea también: Alejandro Galvis Ramírez y el legado de un gigante)