Una experiencia gastronómica en el mercado de Bazurto

19 de agosto de 2018 12:30 AM

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Todos sabemos que Bazurto, la central de abastos más grande de Cartagena, es el epicentro del caos, la bulla y las malas costumbres ambientales, donde predominan los vendendores informales y la contaminación.

Este lugar alberga todo tipo de productos, entre verduras, frutas, carnes, granos, calzado, ropa, juguetes, artesanías, y también posee su propia plaza de comidas que, según cuentan, es la verdadera gastronomía cartagenera. Pero, si te invitan a comer allá, ¿irías?

¿Qué tan rico puede ser almorzar cerca del hedor que emana de la ciénaga de Las Quintas? ¿Seré capaz de comer? ¿Y si me hace daño? Seguramente estas fueron las preguntas que pasaron por tu mente tras hacerte la propuesta, pero no importa, aprovecharé la oportunidad para contarte mi experiencia en este caluroso sitio.

Hace un par de días unos amigos me invitaron a comer en Bazurto y mi respuesta, sin pensarlo dos veces, fue un no, pues me surgieron las mismas dudas que a ti.

Pasaron los días y la invitación quedó merodeando por mi cabeza, tanto, que después de mucho pensarlo decidí a ir, eso sí, a escondidas, con el único objetivo de comprobar por mí misma qué tan buena es la comida. Así que me programé y fui un lunes porque, según mi amigo Luis, ese es el día que los comerciantes descansan y el mercado se pone ‘bacano’.

Tan pronto fueron las 12 del día, me puse las gafas de sol, tomé 20 mil pesos de mi cartera y salí de mi casa hacia Bazurto.

Al poner un pie en el mercado, del lado de la avenida del Lago, basta con respirar y percibir un olor sumamente desagradable, putrefacto, que dan ganas de salir corriendo, pero que se desvanece poco a poco al ingresar al callejón que da con los más de 30 puestos de comida, donde el olor a leña envuelve en una nube a los comensales.

Aunque el calor es abrumador por los grandes fogones, el sol parece estar más caliente que otros días y todo es muy rudimentario, me recibe la famosa canción ‘La chapucera’, de Johnny Albino, que hace que el ambiente comience a ser acogedor, entonces que empiezo a sentirme como una integrante más del lugar.

Sigo caminando y me dejo llevar por el olor a pescado frito que vende Eneldina Marimón, una veterana cocinera, de unos 65 años, que tiene más de 30 en Bazurto y mientras habla conmigo atiende a dos clientes de manera animada, dejándose llevar por la salsa que tiene de fondo.

“Me he dedicado casi toda a mi vida a vender pescado acá. Tengo mojarra, bocachico y sierra con yuca, a 6 y 7 mil pesos, barato, para que venga a comer todo el que quiera. A veces compran grandes cantidades para llevar a sus hogares o enviarlo a Bogotá”, me dice al terminar de atender a los clientes.

Frente al puesto de ella y a sus alrededores hay otros restaurantes donde ofrecen platos más variados. La oferta es tan amplia y completa que no me decido entre pescado frito o en sumo de coco, patacones o yuca, arroz de mariscos o sopa de pescado, salpicón de toyo (un tiburón juvenil), carne, pollo o cerdo guisado, entre otros platos típicos de la Costa.

A esta larga lista se suman la deliciosa aguapanela con limón, los jugos naturales y las cervezas, que se pueden encontrar fácilmente siguiendo la música que sale desde la ‘Barra donde Alex’, un estanco para refrescarse y bajar el almuerzo a punta de salsa y champeta africana.

Después de recorrer todo el patio y querer probarlo todo, pido arroz de mariscos con salpicón de toyo, ensalada fresca, plátano en tentación y una jarra de aguapanela, en el restaurante donde ‘Maty’, por solo 10 mil pesos.

Los comensales disponen de sillas y mesas para almorzar cómodamente, sin prisa, rodeados de fogones prendidos que impregnan los aromas de la comida del Caribe por todo el sector.

Mientras como converso con un guapo joven que tengo al lado y que no tiene pinta de ser cartagenero, así que le pregunto de dónde es y por qué prefiere comer aquí y no en otro restaurante, con más 'caché'.

“Hola, me llamo Carlos Meza”, me dice sonriente. Y agrega: “Soy de Cali y, aunque conozco otros restaurantes, siempre que visito la ciudad vengo a comer acá porque me tratan como si estuviese en casa, todos son muy familiares”, dice y después mastica una posta de pescado.

Así como él, a mi alrededor hay más de 20 personas, entre trabajadores de empresas, esposos con sus hijos, personas del común que laboran en el mercado, y hasta un parche de amigos que se ve que ya tiene tiempo armando este plan, porque los atienden como viejos clientes.

“¿Te gustó el salpicón?”, me pregunta la hija de Maty, y amablemente recoge mi plato de la mesa. Y sí, todo estuvo riquísimo y no me cabe la menor duda de que los otros platos que no alcancé a probar no se quedan atrás. Sí o sí, si vives en Cartagena o vienes de paseo, es obligatorio darse una vuelta por este lugar.

Ah, y a la próxima vez yo seré quien invitará a mis amigos.

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