Venezolanos en Cartagena: vender caramelos para sobrevivir

Venezolanos en Cartagena: vender caramelos para sobrevivir
Joven vende dulces junto a un bebé, en el Centro Histórico de Cartagena. //Foto: Kailline Giraldo - el universal.

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No tiene televisor en su cuartico del barrio La Candelaria, de Cartagena. No hay ventilador, nevera, muebles, solo un colchón, alguien se lo regaló y está tirado en el piso. El celular tampoco figura dentro del inventario de sus bienes. Tiene algunos platos, crema de dientes, jabón, algo de ropa. No mucho más que eso. Francelina Contreras, de 28 años, no tiene demasiadas cosas, pero aún lleva consigo esperanza, esa misma que empacó un día desde el sector Catia, en el noreste de Caracas. La esperanza nadie ha podido arrebatársela, aunque hoy se sienta extremadamente sola. “Tenía un cargo allá, en el Ministerio de Educación, porque soy profesora. El sueldo no me alcanzaba ni siquiera para ir al trabajo. No asistí más al colegio, a la Unidad Educativa Nacional Francisco Mendoza, eso queda en La Pastora. Mi esposo se había venido para acá, para Colombia, y me mandó a buscar, era la única oportunidad que tenía para salir, porque salir de allá también es muy costoso. Con un sueldo mínimo, ni que tengas diez trabajos tú puedes cubrir un viaje, tienes que irte a pie, porque es que allá todo te lo están cobrando en dólares (...) Venirme fue muy duro, dejé a mi mamá bien, no le había pasado nada...”. Está hace ocho meses en Cartagena.

Francelina accede a hablar con nosotros pero bajo una petición: “No me graben (con la cámara), no quiero que en mi país me vean mendigando y, además, seguro voy a llorar, si supieran todo lo que estoy pasando”. Y es inevitable, en aquella banca del Centro de Cartagena, llora, es una combinación de desespero, impaciencia y de la misma soledad, la que se fuga a gotas por sus ojos. Sus lentes se empañan. Nos cuenta que un día, hace más o menos un mes, al regresar a La Candelaria, se encontró con una noticia que incrementó su impaciencia. Al teléfono de su vecina le habían llamado insistentemente desde Venezuela. Algo no andaba bien.

“Dejé a mi mamá bien en Caracas, no le había pasado nada, pero se le explotó una olla de presión. Fue a cocinar unas arvejas -ahorita allá se comen granos como para llenarte el estómago- cuando las fue a destapar todo eso se le fue encima. Tiene las quemaduras muy feas en el rostro, yo le envié dinero para algunos medicamentos pero ahorita no he podido mandar más porque ni siquiera tengo para el arriendo (...) Cuando me llamaron a decirme eso fue muy duro para mí”.

Es inevitable, aparecen más y más lágrimas. “El papá del niño se fue, sin decir nada, y me dejó sola, hace una semana se fue. Estoy sola, me enteré de que se fue a Bogotá (...) Teníamos unos siete años de relación (...) Se fue y ya. No me afecta que se haya ido sino que estoy sola”.

Su niño es un bebé de dos años que carga mientras intenta ganar unos cuantos pesos vendiendo dulces. Aunque hoy ni siquiera hay dulces para vender. “Ahora estoy es pidiendo porque esos cinco mil pesos de la bolsa de caramelos, he tenido que gastármelos en el almuerzo. Hoy no tengo caramelos para vender. Desde que llegué de Venezuela estoy vendiendo dulces, hace unas semanas fui a unas entrevistas de trabajo, metí hojas de vida y me llamaron de un colegio que queda en La Victoria, pero no me volvieron a llamar. Estoy sola con mi hijo, eso es lo que más me duele, sola en un país que no es el mío”.

¿Quisieras regresar a Venezuela?

- No, ahora no, si supiera que voy a hacer algo allá, pero ¿cómo voy a ayudar a mi mamá? Vivirlo es peor de lo que te cuentan. Allá, últimamente lo que yo le estaba dando a él (a su bebe), era solo caldo de papa, eso me daba mucho dolor. Allá no hay comida, es muy cara.

¿Qué piensas de lo que está sucediendo ahora en Venezuela?

-Lo que quisiera es que Maduro se vaya. Juan Guaidó es el Presidente constitucional, porque así lo dice la Constitución.

Es mediodía y Lorenzo, un cartagenero que frecuenta el Centro y que se ha dispuesto a ayudarla, lleva algunos yogures al bebé de Francelina. “Gracias a Dios aquí la gente es muy buena. Muy, muy buena, nos ayudan mucho y por la comida no sufro tanto, el problema es el arriendo, ya llevo varios días atrasada. Pago 10 mil diarios”, relata y se seca las mejillas.

Francelina besa y abraza a su hijo, es su única compañía. También encuentra aliento en cartageneros que le dan una mano y en coterráneos que, como ella, venden dulces en las calles. “Estamos en la misma lucha todos”, refiere. La realidad es esa y es cruda. Cada vez parecen ser más y más las familias venezolanas vendiendo caramelos en plazas, calles, semáforos y esquinas de cualquier sector de Cartagena. Dicen que es quizá la forma más fácil, muchas veces la única, que encuentran para sobrevivir.

-¿Qué significan para ti estos dulces?, le pregunto a Yesica Merlo, otra venezolana. Llegó hace cinco meses. Siete hijos. “Pues, con esto le doy a mis hijos de comer y pago el arriendo en San José de Los Campanos. Vengo de Barquisimeto, Estado Lara. Era ama de casa, mi esposo trabajaba, pero la situación allá está fuerte. A mis hijos los acostaba a dormir con un vaso de agua con azúcar, no tenía qué darles de comer. Mi hija mayor se vino primero, ella trabajó y nos mandó dinero, con eso viajamos los demás. Comenzamos a pedir colaboraciones con los caramelitos en el Centro”. Sus hijos tienen 19, 18, 16, 15, 13, 9 y 6 años, además de cuatro nietos, el último de ellos de un mes. Nació en Cartagena.

“Esto es lo peor, es lo más bajo que he podido caer, vender caramelos. En Venezuela esto me daría pena, ahora tengo que hacerlo. Empecé vendiendo café en el Mercado de Bazurto, pero eso se llenó de otros venezolanos y tuve que vender caramelos, pero de cinco meses para acá se han incrementado los vendedores de caramelos en el Centro, la mayoría son madres con sus niños. A quién más le podemos echar la culpa de eso, si no al presidente Maduro”, me dice María Briceño, quien solía trabajar en una floristería en Venezuela y lleva diez meses en Cartagena.

Dice haber hallado muchísima gente que le ayuda, pero también quienes la cuestionan. “Agradecida estoy con los cartageneros que me dan algo de comer. Hay quienes me regañan porque traigo a mi hija a donde vendo, pero no tengo con quién dejarla, por fortuna le conseguí colegio, en la mañana va a clases y en la tarde está conmigo. Los colombianos tienen más compasión por los niños, muchos aquí prefieren darle una moneda a los niños que a mí”, dice.

¿Qué significan para ti estos dulces? Ahora quien responde es la costurera Ingrit Daboín, del Estado Trujillo. Ella llora y afirma: “Por lo menos tengo algo que llevarle a la mesa a mis hijos, así sean 10 o 15 mil pesos, sé que con eso voy a comer. Hay muchos paisanos vendiendo dulces porque no nos dejamos morir. Todos los venezolanos quisiéramos que nuestro país se arreglara para regresar. Ahora, con las noticias que vemos de Venezuela, tenemos algo de esperanza, sabemos que este año va a ser difícil para los que están allá y los que están afuera, pero tenemos por lo menos una esperanza”.

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