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Venezolanos: un local que funciona sobre ruedas

Algunas oportunidades en la vida deben improvisarse, y para estos venezolanos, no hay nada que un ambulante no pueda vender.

IVIS MARTÍNEZ PIMIENTA

06 de septiembre de 2020 12:00 AM

Según Migración Colombia, hay más de un millón y medio de ciudadanos venezolanos residiendo en el territorio colombiano, principalmente en Cúcuta, Barranquilla, Medellín y Cali; Cartagena, según el último y polémico censo del DANE, acoge a 54.792 de ellos.

La mayoría ejerce actividades de venta ambulante y es casi que la única opción que tiene para subsistir, a falta de contratación en las empresas de la ciudad. Como explica Claudia Vargas Ribas, socióloga y especialista en migración, esta población es vulnerable por distintos factores, entre ellos: “La situación de ‘huida’ bajo la que emigran, la pérdida de su capital intelectual en el origen, pero también en el destino si no logran insertarse en las áreas para las cuales fueron formados. Por último, por la ruptura permanente del tejido social: familias, amigos, grupos de trabajo que se ven afectados por la constante salida de personas”.

La crisis política, económica y social que se agudizó en Venezuela desde 2014 impacta dramáticamente a muchos jóvenes venezolanos de raíces pobres. Ellos, en su mayoría, son considerados ciudadanos irregulares, teniendo en cuenta que la migración irregular se da cuando una persona vive o llega a un país del que no es ciudadano, violando sus leyes y regulaciones de inmigración. Así, muchos venezolanos trabajan, pero no están ingresados en el mercado laboral de Colombia. Se puede decir que se deben valer de su ingenio para poder comer.

Ese es el caso de Luis David Chacín Velásquez, de 23 años, quien tiene 3 hijos y una esposa que mantener.

Sale de su casa a eso de las nueve de la mañana, cargando en su vehículo improvisado su material de trabajo. Es usual tener que ir a locales para comprar audífonos, cables USB, vidrios templados para las pantallas o cargadores, pero ellos prefieren caminar.

“No teníamos un lugar fijo donde estar ubicados, así que caminábamos sin estos caritos, pero ahora sí tenemos local, ahí en San Pedro Mártir”, me cuenta.

Son ocho vendedores, que ganan el 30% del total de las ganancias del día.

Una idea que recorre las calles

El dueño de la microempresa, que es venezolano, decidió que ese tipo de mercancía podía llegar a la calle a través de la venta ambulante y diseñó un sistema para que sus trabajadores estuvieran más cómodos.

Tomó varios carritos de supermercados y les mandó a instalar unas ruedas grandes para mayor impulso; les puso un compartimiento... Una especie de estantes en los que mostrar los productos y para proteger a los chicos, mandó a poner una carpa (naranja).

Es como una pequeña oficina, donde el cliente se acerca y le ponen el vidrio templado o donde prueba los accesorios.

“Usamos nuestros tapabocas y andamos con alcohol para arriba y para abajo”, dice Luis. En la parte superior están las pertenencias del vendedor, al mejor estilo de los mostradores de barrio.

“Hay algunos que ahora hacen esto mismo que nosotros, pero estafando a la gente. Salen también con unos carritos de supermercado pero ellos no tienen la carpa, andan como mal vestidos y nos han dañado la imagen. Venden cargadores que salen dañados, la gente debe estar atenta. Nosotros, por ejemplo, tenemos las tarjetas de presentación, el contacto de nosotros, por si se presenta algún inconveniente”, se queja.

Me cuenta que sale de su casa a las nueve de la mañana y recorre toda la ciudad. Él vive por San Pedro Mártir y su jornada laboral se extiende hasta las siete de la noche, cuando tiene como ruta el Mercado de Bazurto.

A su lado está un compañero en su primer día laboral. Tiene 28 años, se llama Johan González.

“Pues me ha ido bien, es duro”, dice el novato en medio de un suspiro.

Es una microempresa que empezó a funcionar este año y que tiene como objetivo ayudar a los compatriotas que debido a la pandemia se encontraban sin un empleo fijo.

¡Cargadores, vidrios templados para Samsung, iPhone!...

No usan megáfono, solo gritan con todas sus fuerzas.

“Uno aprende en esto, le digo. Hay gente que cree que porque uno anda caminando quiere atracar o robar, pero no. Estamos trabajando y ¡cónchale!, para ganarnos el bocado de comida hay que caminar”, dice Luis David.

Me entrega una pequeña tarjeta con todos los datos y me dice. “Ya tenemos clientes fijos y la gente nos conoce. Pueden llamarnos, por ejemplo, si les llega a salir un audífono malo o algo así, o si hay algún detalle en los productos. Ya en el local encuentran otros accesorios para sus equipos”, se promociona.

Su jornada diaria puede darle a estos jóvenes unos 25.000 pesos de ganancia. Todo el día. Más de ocho horas de trabajo que hacen sin quejarse.

“Esto me da para comer y para el arriendo, gracias a Dios, y creo que ningún trabajo es deshonra. Es un trabajo como cualquier otro”, finaliza Luis.