Facetas


Viaje a La Villa, tierra de un santo milagroso

El santo Cristo, también llamado Jesús de Los Milagros, es el atractivo de La Villa en San Benito Abad, Sucre, donde fieles de todas partes del mundo llegan a pedir milagros.

Decidí escribir este artículo en primera persona para contar mi experiencia en un lugar “santo” del Caribe colombiano, con la intención de que alguien más lo lea y se sienta identificado.

Hace varias semanas una de mis entrevistadas me describió un lugar hermoso para hablar con Dios. Dijo que el puente para ese encuentro era visitar al Jesús de los Milagros y que si le pedía con fe, especialmente de sanación, él lo cumpliría. Ese llamado me lo hizo July Dayana, una devota que en una pasada publicación dijo haber sanado de un agresivo cáncer y que, junto a los tratamientos para combatirlos, Dios hizo la gracia de controlar la enfermedad y librarla de la metástasis. De tantas basílicas que visitó, ella se refirió al Santo que está en La Villa de San Benito Abad, Sucre, pues, según los religiosos de ese pueblo, no solo es el más famoso de la región sino “el único de la Costa que es verdadero santo”, descartando al que está en Mompox (ambos santos tienen una historia de la que hablaremos más adelante de forma resumida). Le puede interesar: El milagro de July, la devota que dice haber superado un agresivo cáncer.

Soy católica. Sentí que a través de July era Dios quien me llamaba. Luego el nombre de San Benito Abad volvió a rechinar en su boca por una llamada telefónica que le hice en mi labor de periodista: le pedí gestionar el contacto de algún especialista para que atendiera a un niño con cáncer. July no solo buscaría en su directorio telefónico a esa persona, sino que, en la parte espiritual, me volvió a sugerir la visita al Jesús de los Milagros, en La Villa, para que la madre del menor fuera a pedir por él. Lea aquí: Izan, el niño desahuciado con cáncer y una madre que lucha por su salud.

“Tuve una experiencia muy hermosa en La Villa porque ese Cristo tiene unos ojos que parecen reales, son como de carne, y sentía que me miraban. Yo le preguntaba: ‘Señor, ¿tú me estás mirando? Porque yo siento que sí’... En la tarde decidí entrar a un grupo religioso al que no estaba invitada, y una de las mujeres, sin conocerme, me dijo: ‘Te veo desde arriba, estás arrodillada, y Jesús quiere que te diga que le encanta la forma en que lo miras”, me dijo July.

En ese momento mi piel se erizó. Quedé muda. Mis lágrimas se derramaron y pensé no solo en aquel niño que en voz de su madre anhelaba una esperanza para sobrevivir, sino también en mi propio hijo. Solo supe que debía hacer una cosa: ir a La Villa y vivir la experiencia. De una forma sobrenatural, la decisión de aquel viaje jugó a mi favor. Me fui con poco presupuesto pensando en que si no me alcanzaba el dinero, no sabía cómo iba a hacer pero Dios tenía que ayudarme porque yo lo iba a visitar.

Ese Cristo tiene unos ojos que parecen reales, son como de carne, y sentía que me miraban”.

July Dayana, entrevistada.

Tras un extenuante y largo viaje por carretera, tuve que quedarme un día más en ese pueblo y los gastos aumentaron. Anahí, una madre soltera dueña de un humilde pero acogedor hotel en La Villa, solo tuvo una intención conmigo: ayudarme, y lo hizo al prestarme dinero, fiarme otra noche, brindarme alimento y colaborarme con otras cosas indispensables cuando no se está en casa. Todo aquello lo resumo en el primer milagro.

Entre mis peticiones personales al estar en la basílica, les confieso que la mayoría de ellos, hasta entonces, han empezado a cumplirse. Pero ahora les quiero hablar de lo que me imaginé que sería el municipio de San Benito Abad y con la realidad que me encontré.

Viaje a La Villa, tierra de un santo milagroso

El Santo Cristo, también llamado Jesús de los Milagros, está ubicado en un segundo piso en La Villa de San Benito Abad. // Foto: cortesía.

Desde las 6:30 de la mañana empieza a moverse el turismo, especialmente, los fines de semana, cuando a la entrada de la iglesia decenas de artesanos ofrecen crucifijos y rosarios preciosos de todos los tamaños, suéteres, aceite ungido, estampas, monumentos y mucho más... Es hermoso el ambiente para quienes disfrutan la tranquilidad sin ruidos de los vehículos ni la música de los parlantes, pero al caer la noche se convierte en un pueblo fantasma cual el Macondo de ‘Cien años de Soledad’, el libro que le mereció el nobel a Gabriel García Márquez, donde ni las hojas se mueven con la brisa. Me cuesta un poco admitirlo, pero el único atractivo que existe en este pueblo es la Basílica.

De por sí la plaza, y todo San Benito, es un lugar limpio y libre de basuras, al menos en el lugar donde estaba, cerca de la Basílica y del convento donde viven las monjitas, muy famosas por comercializar agua bendita y aceite ungido.

Hubo algo en especial que tocó mi corazón. Santiago, de 4 años, el hijo menor de Anahí que nació con paladar hendido y junto a su mamá lucha con terapias viajando hasta Barranquilla después de un par de cirugías, no podía creer que antes del anochecer lo llevaría a jugar a la plaza... Esa plaza a la que ni él, que ahí nació, se dirige a jugar con otros niños por su mal estado. Solo sé que, pese a la poca afluencia nocturna, San Benito Abad es hermoso.

La breve historia

La historia del Santo de la Villa, en Sucre, tiene una estrecha relación con los otros dos santos: el de Mompox (Bolívar) y el de Zaragoza (Antioquia). Cuenta la leyenda que, en el siglo XVII, tres forasteros buscaban hospedaje en las bodegas de la Albarrada de los Ángeles, hoy llamada Albarradita de los Turcos - porque supuestamente sus ocupantes eran turcos – y aquellos misteriosos hombres entraron a la bodega con tres ataúdes.

Según religiosos de San Benito Abad, Sucre, el Santo que está en La Villa no solo es el más famoso de la región sino “el único de la Costa que es verdadero santo”.

Días después, nadie sabía del paradero de aquellos visitantes y, al ver que nadie salía de la bodega, los vecinos decidieron forzar la cerradura hasta abrirla. Se encontraron con tres cajas muy parecidas, y en cada una había un cristo tallado en madera. Cada Cristo tenía un papel que fijaba su destino: uno en Mompox (Bolívar), otro en San Benito Abad (Sucre) y el tercero en La Villa de Zaragoza (Antioquia). Hoy esos monumentos sagrados permanecen en dichos lugares.

Con el tiempo, los mismos habitantes atestiguaron que esos Cristos hacían milagros, y que si se les visitaba en las Fiestas del Cristo (14 de septiembre) o en la Semana Santa concedían las peticiones.

A la historia se le añade un supuesto incidente: aquellos letreros que indicaban los destinos desaparecieron, y el que correspondía a Mompox fue llevado a Zaragoza (Antioquia), es decir que la designación solo se cumplió con el Cristo de San Benito Abad (Sucre).

Aunque después desmintieron los cambios en Mompox y Zaragoza, los creyentes de San Benito Abad aprovecharon el hecho para decir que el único Cristo auténtico y de verdaderos milagros es el de ellos.

  NOTICIAS RECOMENDADAS