Facetas


[Video] El líder de la última generación de emboladores

Julio Erazo Cásseres advierte que lustrar zapatos es un arte y que está cerca de extinguirse. Crónica bajo el Palito de Caucho.

LAURA ANAYA GARRIDO

11 de octubre de 2020 08:00 AM

Bajo la sombra intensa del Palito de Caucho, Julio Erazo Cásseres me contaría una verdad aplastante, una que lo inquietará por el resto de sus días.

“Yo pienso que podemos ser la última generación de emboladores de este país, porque es que no hay más jóvenes haciendo este trabajo. Los más jóvenes, los últimos, somos nosotros”, me dice mientras se alista para lustrar mis zapatos viejos, que alguna vez fueron negros.

-¿Y entonces? -pregunto-.

- No sabría decirle, señorita periodista, pero, según mi punto de vista, esto se va a extinguir. Emboladores jóvenes no hay en estos momentos, la mayoría de los que vivimos de esto somos personas mayores de 60 años. Los jóvenes pueden iniciarse aquí y a las dos semanas consiguen otra cosa y ya, porque lo ven como algo deshonroso, no sé...

Un centro de emboladores

Vuelve a mirar mi zapato derecho, a echarle betún y a cepillar como si no hubiera un mañana, como lo suele hacerlo desde hace “46 años y más” -así dice él mismo-, ese es el tiempo que lleva como embolador. Era casi un niño cuando empezó a lustrar zapatos, pero ni el irremediable paso del tiempo ha podido borrar aquellos primeros días de su mente: “Yo tenía un cuñado, Pedro, que en paz descanse, el cual me ponía a lustrarle sus zapatos allá, en la casa donde vivíamos, en el barrio Nariño. De ahí se fueron anexando vecinos, vecinos, vecinos a que yo les embolara, hasta que me vi en la necesidad de salir a la calle, porque ya tenía bastantes clientes”, recuerda. Entonces se fue a buscar más suerte en el Centro Histórico, ya saben, el Parque Centenario, Getsemaní, el mercado viejo, San Diego y el Palito de Caucho. (Le puede Vendedores del Centro, cansados de irse “con las manos vacías”)

“Caminábamos mucho -los emboladores-, en ese caminar, siempre pasábamos por este sector y les embolábamos a algunas personas, entonces tuvimos problemas con un policía que era celador de un banco, nos persiguió mucho, hasta que, gracias a la necesidad de nosotros y de los mismos clientes, lo logramos vencer y aceptó que trabajáramos aquí. Así se fundó el Palito de Caucho como centro de embolar, aquí, en Cartagena”, narra tan satisfecho como quien ha ganado una batalla, una importante.

“En Cartagena, difícilmente se puede llegar a 30 emboladores. Nosotros somos la última generación de hombres que practican este oficio”.

“A mis hijos los he educado, hasta donde me ha sido posible, con esto del embolado y últimamente con las imágenes, porque aprendí de fotografía y de grabación de videos hace como veinticinco años, aunque ambas cosas están apagadas ahora, por la cuestión de la pandemia”, cuenta. Lustra mi zapato izquierdo ahora.

“Al inicio de la pandemia, el Gobierno nacional les pidió a muchos sectores que cerraran sus negocios, entre ellos a nosotros, así que acatamos la orden -Julio guarda un silencio que parece de un minuto-... pasándola muy mal, porque, si no trabajamos... dependíamos de esto... Hace dos semanas, sin todavía haber abierto el círculo, nosotros comenzamos a trabajar porque no aguantábamos más. Mi reina, le digo sinceramente que yo mismo hoy no me lo creo que todo esto haya pasado porque no sé cómo... Muy difícil estos tiempos que vivimos, pasé muchas dificultades económicas, hambre física como nunca por medio de esta pandemia”.

Imagen JULIO ERAZO CASSERES 2

Julio se dedica a lustrar zapatos hace más de 40 años.//Foto: Julio Castaño - El Universal.

La pandemia llegó a menguar incluso este oficio -¿qué es lo que no ha menguado el coronavirus?-, porque ya no viene “ni siquiera el 10% de los clientes de antes, esto ha bajado. Muchas personas tienen el temor de salir a la calle todavía y si no hay personas a quienes les podamos embolar, entonces no ganamos. No estamos viniendo todos los emboladores y tampoco está saliendo la cantidad de personas como para que nosotros podamos ganarnos el sustento, como nos lo ganábamos antes”, anota y menciona también que antes de la crisis eran 14 los emboladores del Palito de Caucho, pero uno de ellos murió de cáncer en mayo.

“La embolada ha venido cambiando y ahora, con la pandemia, lógicamente, mucho más. Normalmente uno se ganaba 30.000 o 35.000 pesos, que era suficiente para subsistir. Actualmente, de los 13 emboladores que hay en el Palito de Caucho, dos o tres se ganarán esa cantidad. Los demás consiguen que 10.000, 12.000, 8.000... o sea, ha mermado muchísimo”, explica. Me muestra las tarifas, que tiene impresas y laminadas.

“Si me permite, se la muestro un minutico. La embolada sencilla cuesta $3.000, la pulida a $4.000, las botas $4.000 y hay otros tipos de emboladas adicionales, que ya son otros precios que se van cuadrando con el cliente, dependiendo de sus necesidades”, añade. Le pido que pula mis zapatos y enseguida saca un pedazo de trapo. Le echa un poquito de agua al betún. Se envuelve dos dedos (índice y medio) de la mano derecha con el trapo, lo unta del betún y el agua y comienza a restregar mis zapatos. “Pulidos quedan mejor que nuevos, ya lo verá, señorita periodista, esta es la máxima expresión en embolada”, asegura emocionado y me explica que este procedimiento “no prospera en clima frío; nos sirve más cuando hay calor en la pulida”, explica.

Me sorprende lo emocionado que Julio se nota, pero enseguida entenderé por qué, después de 46 años en esto, aún puede sentir esa ilusión de las primeras veces.

“Yo gozo haciendo mi trabajo, me encanta hacer lo que hago y casi todos mis compañeros también. Es como si fuéramos unos artistas, nos gusta que nuestros clientes vean reflejadas nuestras obras en sus zapatos”, cuenta sin dejar de sacarle brillo a los míos, que no solo han vuelto a ser negros sino que ahora se ven relucientes.

A propósito de eso, del arte, “hay una anécdota que no voy a olvidar nunca. Alejandro Obregón, siendo cliente mío, casi todas las tardes venía y en una de esas me dijo: ‘Si tú hubieras estudiado pintura, hubieras sido un gran pintor -ese recuerdo lo hace sonreír-. Sabiendo yo quién era Obregón, porque ya yo sabía, él me dijo mira, porque es que me doy cuenta de que los demás emboladores, para hacer su trabajo, se ensucian todos y tú no, eso es sinónimo de las personas que hacen bien sus cosas, con pulcritud”.

***

-Pude ser un gran boxeador, ¿sabe usted, señorita periodista?

-¿Sí?, cuénteme de eso...

-Eso fue cuando era muy joven, era un niño embolador, tendría 14 o 16 años. Pertenecí al Club Los Heroicos de Blas de Lezo y estuve en la inauguración de la Plaza de Toros con ese club. Pude haber llegado lejos...

-¿Y qué pasó?

-El señor Pepe Molina, finado, siendo yo un niño embolador en el Centro y él conociendo de boxeadores, porque era apoderado, vio en mí una prominente figura, pero físicamente no pude dar más porque me disloqué el pie derecho en una práctica... No di más. Dios quiso que me desviara de ahí y aquí estamos hasta que él lo quiera. Hasta que muera el último embolador de Cartagena.