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[Video] La médica Delfina Polo y el infierno que nadie merece pasar

Falla multiorgánica, dos paros cardiorrespiratorios y el inminente peligro de morir. Le tocó la cara más despiadada del COVID-19.

LAURA ANAYA GARRIDO

20 de diciembre de 2020 12:00 AM

A sus escasos 30 años, Delfina Polo Vivero estaba ahí, tendida en una camilla de un hospital, tan lejos de su casa, pero tan cerca de morir: su corazón había decidido rendirse y los pulmones y los riñones lo secundaron.

Un paro cardiorrespiratorio es una pérdida inesperada y repentina de la función cardiaca, la respiración y el conocimiento; Delfina conocía esa definición porque la escuchó incontables veces cuando estudió y ejerció la Medicina, pero ahora era su cuerpo el que se rendía: perdía el pulso, su sangre dejaba de circular y, por lo tanto, el oxígeno no podía llegar a su cerebro. ¡No era justo!, apenas tenía 30 años y se supone que a esa edad nadie debería estar ahí, inconsciente, mientras un médico le oprime el pecho en el imperioso y agónico afán de hacer latir otra vez a un corazón que quiere tirar la toalla.

Delfina fue capaz de sobrevivir a dos paros cardiorrespiratorios, a una falla multiorgánica ocasionada por el COVID-19 y a todas las veces que, “medio dormida y medio despierta”, escuchó que se referían a ella como “paciente con diagnóstico reservado, con alto riesgo de fallecer en menos de 62 horas”.

Delfina sobrevivió también -o sobrevivió gracias- a una técnica llamada Oxigenación por membrana extracorpórea (Ecmo, por sus siglas en inglés), “una terapia que es, haga de cuenta, como una diálisis -me explica ella ahora-: una máquina saca la sangre que no está oxigenada del cuerpo, la oxigena y la devuelve al cuerpo”, se usa en pacientes cuyos pulmones y corazón están gravemente dañados. Es una técnica tan avanzada que, en Colombia, solo se realiza en Medellín, Cali, Bogotá, Barranquilla y Santander. Ella la recibió en Floridablanca (Santander), en la Fundación Cardiovascular de Colombia.

Todo comenzó...

“En los pocos minutos que podía estar despierta, rezaba. Le pedía a Dios que me ayudara a salir de ese infierno, pero también que me ayudara a descansar: ya no podía más”, me dice Delfina ahora, meses después, tras superar el COVID-19 y, por culpa de él, haber pasado los días más difíciles que haya imaginado jamás. Tuvo que aprender a hablar de nuevo, a caminar, a escribir... ¡a vivir! Nunca olvidará cómo comenzó ese “infierno”...

“Trabajo en una institución del régimen especial, allí fui solicitada para apoyar a un médico que se encontraba colapsado en el inicio de la pandemia, llegué para formar el grupo COVID, para hacer el manejo de pacientes uniformados, pensionados y beneficiarios. Ingresé el 20 de marzo a hacer esta hermosa labor. Reporté a mis superiores de mi antecedente de asma, pero ellos me informaron que el grupo COVID se iba a encargar de autorizar PCR, actualizar matrices, atención de pacientes COVID por teleconsulta, orientación, enseñanza, apoyo, manejo a los pacientes y hacer las remisiones a un sitio que se escogió para el personal que se iba a aislar.

“A comienzos de junio, un compañero del grupo se contagió y presentó síntomas gripales, resfriado común, se realizó la primera prueba, la cual salió negativa. Nos calmamos, pero él continuaba con los síntomas y estaba presentando ya dificultad para respirar. Se hizo una segunda prueba y salió positiva, se aisló, pero su estado de salud no mejoraba, ingresó a Urgencias y a los dos días ya estaba en UCI. Eso fue como el 5 de junio.

“El 7 de junio, domingo, yo tuve síntomas: fiebre y dificultad para respirar, el lunes ya no podía caminar porque me agitaba mucho, no podía conducir, fui a trabajar y comenté a mis superiores que me sentía engripada, que no podía respirar y que posiblemente podía ser el asma. Me devolvieron para mi casa y consulté a una urgencia, me encontré con el doctor Yossimar, de la clínica San José de Torices, le comenté mi situación, del contacto estrecho con el positivo; él me ingresó y me tomó los signos vitales, mi saturación era de 85% (lo normal es que esté entre 95% y 100%) y me hicieron un TAC de tórax, donde se evidenciaron signos del virus en el 80% de mis pulmones. Pasé a una UCI en Torices y ya no me acuerdo de nada.

“Mi esposo me cuenta que, por mi gravedad, me entubaron para poder asegurar una vía aérea. Al ver que no mejoraba, hicieron una junta médica, estoy muy agradecida con el personal que la realizó, entre ellos el doctor Alfonso Pomares. Me aprobaron como candidata a la terapia Ecmo y antes de 12 horas fui aceptada por la Fundación Cardiovascular de Colombia en Floridablanca, Santander. Fui transportada por vía aérea hacia esa fundación. Allá completé prácticamente tres meses en UCI, donde requerí de entubación por varias ocasiones, terapia Ecmo. Justo por esa terapia, que salvó mi vida, tengo cicatrices en el cuello y en mi pierna derecha... Me recordarán esto siempre.

“En esa estancia de tres meses, requerí también de traqueotomía, hice dos paros cardiorrespiratorios, me tuvieron que reanimar y salí adelante, gracias a Dios y al personal que me ayudó, hice falla multiorgánica, que fue pulmón, corazón y riñón; requerí de tres sesiones de diálisis. Tuve que ser anticoagulada, porque me estaba hinchando. Prácticamente esos tres meses estuve en un coma inducido para poder soportar todo el tratamiento que me realizaron.

“En este proceso, mis padres no pudieron acompañarme, se quedaron en Cartagena, y mi esposo fue el que prácticamente se hizo responsable de las decisiones de mi vida, gracias a Dios tengo un buen hombre. A veces me da una melancolía, porque le tocó este padecimiento solo, le tocó hacerse amigo de los médicos, que eran los que lo contactaban a él para darle una evolución médica que, por mucho tiempo, no traía buenas noticias. Él se aferró mucho a Dios por mi salud, por mi vida, lo admiro porque todo ese infierno que él padeció le tocó solo en una habitación arrendada, pequeñita, allá, en Floridablanca, estar pendiente de todos los útiles de aseo que pedía la Fundación un día de por medio, teletrabajar y ser positivo para COVID-19 asintomático. Vivió todo eso solo”.

El final y el nuevo comienzo

Delfina fue despertada del coma el 15 de agosto y siete días después ya estaba regresando a Cartagena en una ambulancia.

“Quedé hipertensa, debo tomar tres medicamentos para la presión; quedé diabética, tengo fibrosis pulmonar, que es lo que más preocupa: son unas cicatrices en los pulmones que pueden afectar mi calidad de vida. Me puede llevar a requerir oxigenación permanente. Me encuentro anticoagulada por seis meses, también estoy diagnosticada con un estrés postraumático”, explica sobre las secuelas. Según sus colegas, su asma y su sobrepeso pudieron predisponerla para un COVID-19 severo por el que le dieron una incapacidad de seis meses: se supone que volvería a trabajar en febrero de 2021, pero lo está haciendo desde noviembre.

“Mi contrato, donde trabajo, es por OPS (Orden de Prestación de Servicios), así que, el día que fui hospitalizada, mi contrato fue congelado, por lo que no devengué sueldo el tiempo de mi convalecencia. Le conté al internista que requería trabajar, me hizo uno exámenes, salieron normales, me dio el aval para laborar y comencé a trabajar de nuevo el 5 de noviembre. Laboro a los tres meses de mi padecimiento debido a que no devengaba de mi sueldo y mi ARL, Positiva, no me ha pagado mi incapacidad, el Gobierno nacional tampoco me ha dado el bono que prometieron para el personal de la salud, así que tuve que retomar mis labores para sustentar mi hogar y pagar mi salud, por eso volví antes de los seis meses”.

A pesar de todo, Delfina no concibe su vida lejos de la Medicina porque le gusta “ser un instrumento de Dios”. “

Doy este testimonio después de ver un video de un lugar donde había mucha gente y muy pocos tenían tapabocas. Parece frase de cajón, pero no hay nada más cierto: el COVID no es para nada un juego. Mire que se lo digo yo”, concluye.