Facetas


[Video] Playa Tranquila, los días después del incendio

Los nativos de Playa Blanca se tienden la mano unos a otros, mientras buscan ayudas para intentar levantar de las cenizas las cabañas devoradas por el fuego. Crónica.

CRISTIAN AGÁMEZ PÁJARO

18 de octubre de 2020 01:19 AM

Un sancocho hierve espeso en una olla sobre leña, entre unos arbustos, rodeado por gente que espera su ración. Es más de mediodía en Playa Tranquila, donde la tranquilidad se extinguió entre el albor siniestro de las llamas.

Ahora, hay niños jugando entre cenizas, mujeres terminando de ‘componer’ las verduras, una de ellas alza la tapa de aquella olla y accidentalmente deja caer el vapor de agua acumulado sobre un perro ocre que husmea las sopas, él chilla adolorido y ese chillido silencia todo. “Échenle agua”, grita alguien y otra persona busca agua de donde no hay para atender al cachorro quemado. Mientras tanto, a unos metros, los hombres cavan profundos huecos en la arena de la playa blanca, ahí instalan pilotes de madera sobre los cuales reposarán los listones para los techos de palma, intentan reconstruir todo aquello que el fuego devoró el 8 de octubre de 2020, cuando sus cabañas, donde vivían y tenían sus negocios, se convirtieron en un pequeño desierto ardiente en mitad de un oasis.

El incendio que arrasó doce cabañas del sector Playa Tranquila, en Playa Blanca, en la Isla de Barú, ocupó los titulares de prensa en Cartagena y se convirtió en noticia en todo el país, causó además estupor el hecho de que no se tratara de algo accidental. Cuatro turistas embriagados (tres hombres y una adolescente que fueron capturados después) desfogaron una sed incendiaria contra las construcciones de madera que no tardaron en arder hasta desaparecer. El motivo: una aparente retaliación por la pérdida de 700.000 pesos, dijo la Policía. Sin embargo, aquí, en estas arenas peculiarmente exóticas y paradisíacas, donde el viento resopla sobre las aguas del Caribe, los isleños desmienten esa versión y no descartan otro tipo de causas detrás del fuego pues, dicen, ellos siempre han sido “perseguidos”. (Lea aquí: El drama tras el voraz incendio en Playa Blanca)

Fuego bajo llave

Leonor Julio es una señora de ojos verdes y tes clara. Su cabaña, Casa Azul, ahora solo es un fantasma donde empezó aquella hoguera. Reposa sus pies donde solía estar su construcción. “Los muchachos (turistas) -me explica- estaban tomando aquí, en mi rancho, en Casa Azul, dijeron que se había perdido una plata para formar el problemita, entonces, ¿qué pasó?, cuando mi hijo salió a buscar a la Policía para averiguar (solucionar) las cosas, en ese momento la muchacha (turista) subió a la cabaña, pero nadie sabía qué iba a hacer, resulta que encendió el fuego arriba, le pasó el seguro a la ventana, y le puso un candado a la puerta, así que cuando nosotros vimos el humo, nadie pudo entrar a apagar el fuego, ya había alcanzado la cabaña (vecina) de José David”.

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Leonor Julio levantó un rancho provisional para vivir con su familia. //Foto: Luis Herrán.

Leonor ahora señala muy cerca de aquella olla de sancocho hirviendo que reúne gente, hay dos ranchos recién construidos y otro a medio terminar. “(Después del incendio) yo me fui para el pueblo, conseguí una ropita allá y mire el rancho que hice, con pura cosita regalada, estoy metida ahí, pero si se abre la playa -después de la pandemia-, no tengo con qué trabajar. Porque todo lo perdí (...), hasta la ropa”, detalla.

Entre los 3,2 kilómetros de Playa Blanca, el fuego se inició en un sector casi céntrico, conocido también como la “zona rosa” del balneario, pues es sitio de reuniones nocturnas en temporada alta. De Casa Azul las llamas saltaron a Buena Onda, la cabaña de José David Miranda, uno de los muchachos que a sol ardiente cava los huecos de la reconstrucción y quien es representante legal del Consejo Comunitario. “La cuestión fue muy bien planeada por los agresores: prendieron el fuego y se fueron. La habitación tenía candado, fue una estrategia de ellos. Mi casa estaba al lado, es uno de los motivos por los cuales tenemos mucha incertidumbre en el caso, teniendo en cuenta que yo soy el líder de Playa Blanca y para nadie es un secreto lo que está pasando con los líderes en el país”, afirma. (Lea también: Bomberos atienden fuerte incendio en Playa Blanca)

Detener las llamas

Como quien borra una línea de pólvora prendida en el piso para evitar que el fuego siga su curso, así actuaron los isleños. El agua del mar no bastó para mermar las llamas, así que destruyeron las cabañas de ambos extremos hacia donde avanzaba el fuego para detener su paso arrasador.

A la derecha y a la izquierda de Casa Azul, la candela devoró otras once cabañas, entre ellas: Mandela, Donde Rigo, Donde Brayan, Donde Alcides, Donde Consuelo, Donde el Ñato, Los Corales, Cabaña de Óscar y Noris Bohórquez. También la de Alcides Villeros: “Esa noche no dormí llorando. Todo lo que tenía lo perdí íntegro. Esa cabaña era nueva, de tres plantas. Los bomberos no pudieron hacer nada, ¿yo?, ¿qué iba a hacer?, no podía lanzarme a la candela yo mismo. Para nosotros los días son amargos desde lo que nos pasó. ¡Ese pobre señor casi se quema!”, lamenta y señala a Maximiliano Romero, quien replica a su vez: “Le estamos pidiendo al señor presidente que se ponga la mano en el corazón, que mande a las entidades que vengan a ver por nosotros, necesitamos la ayuda del Gobierno”. Él intenta agarrar algo que ya no está. Su cabaña y negocio es solo viento ahora. Mira a donde solía estar el segundo piso. “Intenté sacar el televisor, pero ni siquiera eso pude, me lancé desde ahí, porque si no...”, narra y me muestra algunas quemadas en sus brazos. “Somos 14 personas, tres familias, por el aguacero, anoche no pudimos dormir en el rancho que armamos, los niños se me mojaron. Es una comunidad donde nacieron nuestros ancestros, ¿por qué nos están atacando de esta manera?”, se pregunta Zuani Morales, otra afectada.

Reconstruir entre todos...

En la arena varios hombres continúan la tarea, ayudándose unos a los otros, de reconstruir desde la cenizas lo perdido en la paradisíaca playa, considerada la más exótica de Cartagena. Sobresalen en este pequeño desierto algunos árboles de ramas calcinadas y negruzcas. Francisco Miranda, el padre de José David (el representante legal) aprovecha nuestra presencia para explicarnos que solos no pueden, que necesitan ayuda de quienes quieran tenderles una mano. “Perdí mi casa -afirma- donde se sostenían seis familias. Esas cuatro lanchas que ves allá, esas eran mías, me quemaron mi casa, estamos en la calle, no tenemos nada. 20 años de trabajo los perdí”. Añade que necesitan al menos 1.800 tablas de tres metros, tres mil blocks, 40 listones, para armar de nuevo las cabañas. “Comida no necesitamos, porque ahí tenemos el mar y gracias a Dios nosotros somos pescadores (...) Llevamos siete meses sin trabajar por pandemia y ahora nos dan el golpe este... es como para terminar con nosotros”, asegura. “El año pasado se quemaron también ocho quioscos, eso significa que son incendios mandados a hacer. Esas personas no sabemos cómo entraron aquí, es responsabilidad de las autoridades que los dejaron entrar, porque en la entrada hay un puesto de la Policía en el que no dejan pasar a nadie”, añade. El incendio anterior al que se refiere ocurrió en agosto de 2019, cuando se quemaron cuatro cabañas por causas desconocidas.

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Una olla comunitaria ha servido para apaciguar el hambre en estos días. //Fotos: Luis Herrán.
Epílogo

La Oficina de Gestión del Riesgo de Cartagena ayudó con mercados y colchonetas a las familias afectadas. “Hasta el momento la situación está grave porque a ninguno de ellos les quedó nada, tienen una olla comunitaria donde las mismas personas de la comunidad (y algunas empresas y particulares, aportan para que esas personas puedan alimentarse”, comenta José David sobre aquella olla de sancocho que entre todos preparan para que no haya el hambre. Aunque la playa permanezca aparentemente tranquila, dentro de quienes la habitan aún las llamas causan estragos por la terrible certeza de haberlo perdido todo.

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