Yo, un sepulturero cartagenero en España

26 de abril de 2020 07:00 AM

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Soy funerario, sepulturero. Ahora hay más entierros, más horas trabajando, más riesgo de contagiarme, más distanciamiento, más seguridad y no por delincuencia, sino por el contacto físico de una persona a otra.

Mi horario laboral es el normal, pero lo demás ha cambiado: solía irme en autobús al trabajo y desde la parada saludaba de manera amistosa a todos los que rutinariamente cogían el transporte a esa hora, lo mismo al montarme al autobús, saludaba al conductor y a los ocupantes mientras me sentaba. Al llegar al trabajo, saludaba de mano a mis compañeros y jefe, eso se acabó. Merendar y almorzar juntos, y compartir vehículo para ir a casa. Luego llegar a casa y que mi hijo me recibiera con un gran abrazo, besarlo y abrazarlo, reposarme y seguir jugando con él. En los días o tiempo libre, iba al parque con él, hablaba con otros padres de otros niños. Veía que el niño jugaba con otros, compartía juguetes... Después podía reunirme con mis amigos en un bar y contar anécdotas y charlar. (Le puede interesar: El coronavirus ha transformado hasta los sepelios)

Ahora, un día mío es como estar en una empresa radioactiva: todo el tiempo desinfectándome, desconfiando de quien se le arrima a uno en la calle. Es llegar de trabajar y tener que decirle a mi hijo que no me abrace, vivir casi en los cementerios, hablar con las personas a la distancia, desconfiar de un saludo de manos. Ahora, un día se convierte en salir y pensar que estamos luchando contra esta epidemia y que soy parte de todas las personas que están en la línea de alto contagio pero que en su trabajo forman parte del apoyo contra este virus. No puedo evitar pensar que posiblemente lo llevaré conmigo a mi casa y que mi hijo podría contagiarse por haberlo yo cogido de alguno en la calle.

Imagen sepulturero sacerdote coronavirus

Un sepelio en Madrid.//Foto: Rafa Cucharero - www.rafacucharero.es

Lo más difícil de este trabajo es ver a las personas en el sufrimiento de perder a un ser querido. Pero ahora lo más difícil es ver ese mismo dolor y saber de que esos familiares no tuvieron la oportunidad de darle un último abrazo al difunto. Poner el perímetro de seguridad a los miembros de la familia del fallecido como si fueran altamente peligrosos, y utilizar trajes, guantes, mascarillas, haciéndoles saber que son altamente peligrosos por ser familiar de un fallecido con COVID-19. Es difícil apartar y exigir que se aparte un pariente de otro por seguridad. Difícil tratar a una persona como si fuera altamente peligrosa, difícil decir “señora, no se puede acercar a su familiar”, difícil decir “atrás de la cinta no pueden pasar familiares”. Difícil enterrar a un padre en una semana y a la madre y al hijo de la misma familia a la siguiente y el mismo día, en la misma fosa. Difícil ver cómo se desintegran familias, saber que has enterrado a más de 200 personas en un mes. Difícil dormir en un cuarto aparte por precaución a tu familia. (Vea aquí: Pandemias: una batalla que el hombre siempre ha ganado)

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Lo gratificante es saber que eres parte del equipo de primera necesidad ante el combate de esta epidemia, y no a nivel patria, sino a nivel humano. Te das cuenta de que las líneas fronterizas solo nos separan de ser lo que somos todos, humanos... Lo gratificante es que estoy ayudando y acompañando a esas familias afectadas por el COVID-19 a dar el último adiós a sus difuntos. Y brindarles un poco de humanidad... ellos son mayormente estigmatizados.

He sentido miedo cada vez que los familiares (de los muertos) intentan acercarse o hablan conmigo o quieren entrar dentro del perímetro de seguridad. O cuando están muy dolidos y nosotros les decimos que guarden distancia, y se intentan poner agresivos. Es una situación muy difícil no estar cerca de un ser querido, pero en estas situaciones hay que ponerse muy secos.

Imagen sepulturero madrid coronavirus

Un sepelio en Madrid.//Foto: Rafa Cucharero - www.rafacucharero.es

Detrás del traje protector

Detrás de este sepulturero de Madrid, la capital de España, uno de los países más golpeados por la pandemia, está un cartagenero que cruzó el Océano Atlántico para buscar un mejor futuro hace dos años. Detrás de los guantes de látex, las gafas, las caretas protectoras, la mascarilla con filtro, la mascarilla de filtro de partículas, el traje antipartículas y las botas de seguridad, está un soñador de 35 años.

En España, según el sepulturero, “están cumpliendo la cuarentena con disciplina, tristes, preocupados, impacientes, pero agradecidos con nosotros y todos los que están colaborando con su trabajo a manejar esta epidemia”.

Del otro lado de WhatsApp y del mundo, este hombre me confiesa que le tiene incluso más miedo al “pésimo sistema de salud de Colombia” que al propio coronavirus.

Extraña a Colombia y a Cartagena, la alegría de su gente, “la mamadera de gallo con los amigos, el mar y su brisa, su comida y sus frutas”. Sus familiares, porque la mayoría está en Cartagena, le viven diciendo que se cuide... “Pero lo mismo les digo yo a ellos, porque los veo es visitando al uno y al otro, recibiendo visitas como si estuvieran de vacaciones. (...) Eso es lo que me entristece más.

“Nos acostumbramos a que nos robaran los recursos y los proyectos sanitarios, como los puestos de salud sin terminar que hay en Cartagena, y que ahora más que nunca se van a necesitar, me da tristeza ver que en la Clínica El Bosque, donde tengo varios amigos entre doctores enfermeras y fisioterapeutas, me cuenten que no tienen materiales para protegerse ellos mismos contra el COVID-19, muchos de ellos van a renunciar. Ojalá me equivoque, pero veo que en Colombia va a pasar mucho peor y más en Cartagena, con esa desigualdad”.

El sepulturero les cuenta sus experiencias para que dejemos de creer que la cara más cruel de la pandemia se quedará en Europa o en Estados Unidos. (Lea aquí: Médicos generales y coronavirus: un miedo latente)

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