Facetas


Zoraida, una vida de periódicos

JOHANA CORRALES

12 de enero de 2014 12:02 AM

4:00 de la mañana y siento un leve arrepentimiento de haber escogido este tema para mi crónica dominical.

Hace frío. Tengo hambre y sueño. Y pensar que Zoraida Boilao Polo tiene 4 años experimentando esta misma sensación todos los días en su trabajo como voceadora.
Recoge los periódicos en el sector Estela, del barrio Olaya Herrera, cerca a la entrada del motel Sans Souci, que curiosamente suele llamar “Sansu”.

Son 180 ejemplares de los periódicos El Universal, Q' hubo y El Teso. Hay días en que ese número aumenta (cuando hay muertos, por ejemplo) y llegan a ser hasta 280 las reproducciones que carga en el hombro y en su ligero bolso.

De ahí toma una moto o camina hasta el sector La Puntilla. Se sienta en la esquina del lavadero El Caimán y espera a que aclare un poco. Es peligroso entrar a la calle a esa hora. Además, es muy temprano y sus clientes están dormidos.

Mientras espera, se acercan varias personas a ojear los periódicos a cierta distancia. Si ven una buena foto de portada, lo compran.

Hay a quienes poco les importa el contenido. Preguntan por la “chica tesa”; y, si es lo suficientemente sensual y atractiva, adquieren el tabloide de inmediato.
El reloj marca las 6:00 de la mañana, y Zoraida solo ha vendido 12 ejemplares. Sin embargo, se queja porque únicamente le dieron 180.

Está segura de que algunos clientes se quedarán sin periódico. Y cómo no, si ya le dejó 70 diarios al frutero y 30 a la hermana de su nuera, una simpática joven que no tiene pinta de voceadora.
“Tenemos que ayudarnos todos ¿Cómo les voy a quitar la oportunidad de que se rebusquen?. No tengo corazón para eso”, dice como lamentándose de la situación.
Y es comprensible que se aflija. Son 200 pesos que se gana con cada periódico que venda; es decir, hoy solo se hizo 16 mil pesos, de los cuales debe descontar la moto que cogió del motel hasta La Puntilla para evitar que la atracaran.

Ha pasado media hora más y se acerca el momento de emprender el extenso recorrido. Respira profundo y hace una especie de calentamiento físico. La imito.
“Tu sí eres de buena, niña. El sol no ha calentado”, me dice haciendo cara de sorpresa.

Ingresamos a la calle principal de La Puntilla, que se conecta con otra que está destapada. Junto a nosotros sigue la joven hermana de su nuera. A ella le regala varios de sus clientes. Es sorprendente cómo desde su pobreza puede compartir con los demás.

Cuando va saliendo del lugar, un señor que va en una bicicleta le pide un Teso. Pero le dice que regrese luego por el dinero. Acepta, pero frunce el entrecejo. Ahora debe volver a caminar toda esa calle solo por 500 pesos.

La ruta continúa hacía el barrio Líbano, luego a Olaya Herrera, sector El Progreso. Una vez ahí, recuerda el saldo de 500 pesos que le deben en La Puntilla, y se regresa a buscarlos. Por esa mínima suma pueden dejar de darle los periódicos al día siguiente.

Camina hacia Olaya, por el sector Estela, sube hasta el 13 de Junio, baja nuevamente y llega hasta San José Obrero, sigue a El Porvenir. Luego a Chapacuá, Los Alpes y regresa al 13 de Junio, donde termina al fin su recorrido.

Llega a su casa en Olaya. Allí vive con su esposo, un maestro de obras. Por fortuna, ya no tiene que mantener a sus hijos: dos están casados, y la niña vive con la abuela de Zoraida.

Cuenta que lo más difícil de ser voceadora es tener que andar por tantas horas bajo el inclemente sol de la ciudad.

“Lo más duro es la caminata. Pero, bueno, una ya está acostumbrada. Hago el mismo recorrido desde hace 4 años, pero antes era más pesado porque no había encontrado mi zona y me iba por Nelson Mandela, El Recreo y llegaba hasta la Terminal”.
Pero no solo el sol se comporta como su enemigo, la lluvia también hace lo propio. Hay lugares donde es imposible el acceso y no cuenta con los recursos para comprar un par de botas.

Lo que más agradece Zoraida de su oficio es haber conseguido verdaderas amigas. Una de ellas es Judith Pereira, una voceadora cabeza de hogar que encontró en este trabajo la única posibilidad de sostener a sus hijos.
Lo que más le afecta es tener que salir a las 4:00 de la mañana y dejarlos solos. Todo el día se la pasa con la incertidumbre de que algo les pueda suceder. Ese sentimiento no la deja relajarse la mayor parte de la jornada.

“¿Tú sabes qué es levantarse a las 4:00 a buscar los periódicos, recorrer las calles, que están solas, con 200 Q' hubos en el hombro, más 100 Tesos y El Universal? ¿Qué tiempo tienes para ver a tus hijos, si llegas a las 3:00 de la tarde y no tienes quién te los cuide?”, expresa de forma enérgica.

Todos los días sale con el presentimiento de que alguien se aproveche de que es mujer, le robe o le cause un daño físico.

“Una aquí está expuesta a todo. Si te roban, te toca pagar una plata que no te has comido. Y una, por querer proteger la vida, le dice al ladrón: 'coge' (deja caer las monedas que ya tiene contadas y organizadas). Porque una tiene sus hijos”, dice, mientras se le resquebraja la voz.

Otro de sus temores consiste en que la tecnología las desplace por completo. Hay clientes que han dejado de comprar los diarios y prefieren informarse a través de la página web.

El papel ha significado para ellas la forma de proveer el sustento a sus familias; y pensar que dentro de unos años podría dejar de existir, les afecta.

Son casi las 10:00 de la mañana y Zoraida ha terminado el extenso recorrido y ha vendido, como es costumbre, todos los ejemplares que le correspondía ese día.

Se acuerda de una anécdota que había intentado borrar de su memoria. El sector por donde se mueve, tiene la mayoría de las calles sin pavimentar; de modo que en uno de esos recorridos pisó mal y cayó en una bajada.

“¡Ay, qué cosa horrible! Un día venía caminado de La Puntilla pa' allá abajo. No sé qué iba pensando que no vi una bajadita y allá fui a tener. Me raspé, me limpié y seguí. Esto es duro, vea. Pero qué hacemos”, dice y se soba una pierna, como si aún le doliera.

Por más elemental que parezca, ser voceadora es una labor de gente valerosa. Si no, que lo digan estas mujeres, quienes, aparte de lidiar con los pesados piropos de algunos hombres, las propuestas indecentes, el peligro de la ciudad, tienen que poner su mejor cara y llevar la información hasta el más recóndito lugar. 

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