Una mamá en cuarentena

ENVIAR PÁGINA POR CORREO

He pensado mucho en cómo decirlo sin que parezca un ataque o un desprecio, una carta melancólica o de odio, así que lo diré en palabras tranquilas, y les rogaré que me dejen explicarlo. Aquí va: ser mamá no siempre es maravilloso.

Y sé que no esperas que te hable de eso justo cuando celebramos la existencia de estas mujeres extraordinarias que decidieron parir y criar, pero hoy, en medio de una cuarentena que parece no tener final, debía decirlo. Pero repito, déjame explicarlo.

Soy mamá hace 13 meses y llevaba deseándolo toda mi vida. Disfruto a mi hijo como a nadie. Lloré la primera vez que lo dejé en casa para ir a trabajar. Pero estar encerrada por más de un mes solo con mi esposo y con mi hijo me ha puesto a prueba.

La cuarentena comenzó como esa oportunidad perfecta para llevar a cabo mi “maravilloso” plan de pasar de ser la editora local de este diario a ser exclusivamente ama de casa y la mamá de Nicolás. Esa idea que se forjaba en mí desde hace meses, y que compartí en voz alta por primera vez en una reunión a fin de año con amigos de la universidad, mientras hablaban de viajes, dinero, proyectos para conquistar el mundo o planes para bajar de peso, yo dije más segura que nunca: quiero un trabajo en casa y dedicarme a mi hogar. Y entonces llegó el coronavirus y con él llegó el confinamiento, el trabajo en casa... mi sueño.

Prueba de fuego

Los primeros días me sentía al 100. ¿Quién dice que trabajar y cuidar mi hogar puede ser difícil? Ay, Juliana, cálmate.

6 de la mañana. Nico se despierta, lo dejo jugando en la sala mientras lo miro desde la cocina y hago el desayuno. Le doy el desayuno. Despierto a mi esposo para que coma. Escribo en uno de los 100 grupos de WhatsApp del trabajo para chequear los temas del día, ver quiénes son los responsables y proponer enfoques. Nico se cayó. Corro a consolarlo. Le quito el pañal. Lo baño y cambio. Se duerme. Aprovecho y salgo corriendo a barrer, sacudir, trapear, lavar, y comenzar a hacer el almuerzo.

Me voy a bañar pero Nico se despertó. Baño aplazado. Está listo el almuerzo. Alimento a Nico, llamo a mi esposo, como a medias porque el niño salió corriendo y está en su cuarto solo. Mis periodistas comienzan a exigir más orientación y que defina las páginas. Mi editor me manda un audio de cinco minutos justo cuando intento dormir al niño. Se duerme. Corro a ver si hay páginas para editar. No hay ninguna.

6 de la tarde. Cena lista. Todos comemos y llegan mis páginas. Leo mientras lavo los platos, mientras baño a Nico, mientras lo duermo. Son las 8 de la noche y siento que corrí un maratón. Me acuesto y ya estoy pensando en el desayuno y el almuerzo de mañana, en los temas, en los descansos, en cómo evitar dejar al niño tanto tiempo frente al televisor.

7 días después... colapso. Peleo con mi esposo, comienzo a desesperarme con Nico, exijo ayuda de mala forma y todo es culpa del otro adulto en la casa. Y lanzo la sentencia: “De aquí salimos fortalecidos o divorciados”. Ya veremos.

Otros 15 días...

Terminó la cuarentena. Espera. No. Es el presidente en mi pantalla. Otros 15 días. No recuerdo haber llorado tanto. No podía más, me sentía tan sola, tan llena de tareas y yo, tan humana, con solo dos brazos. Además, había discutido tanto con mi esposo que ya todo parecía insostenible. Hasta que me senté a escribir este texto...

“Estoy terminando el almuerzo, vigilando a mi hijo de un año, arreglando la cama, recogiendo y doblando la ropa que lavé hace 2 días, y me pregunto ¿por qué lo hago sola mientras el adulto que dice ser mi esposo está viendo el video de un youtuber español gritón? Así es más o menos cada hora de mi vida durante esta cuarentena que ya completa demasiados días para mi salud mental”. Ese era mi primer párrafo.

Me di cuenta de que no podía escribir desde tantos sentimientos negativos si lo haría para ti, que seguro estás sola en casa con tu bebé, cumpliendo con tu horario laboral y además haciéndote cargo de los quehaceres domésticos, para ti, que tienes la fortuna de estar rodeada de mucha gente que te ayuda pero que igual tienes momentos de desesperación, no, esto debía ser positivo. Así que ya contado todo lo malo, ahora les cuento lo que esta mamá/ama de casa primeriza ha aprendido en el último mes y medio.

1. No eres perfecta y está bien. Dice la terapeuta española Yvonne Laborda, que no tenemos un camino más sano que validar nuestras emociones y lo que nos pasa, negarlo solo creará una bomba de tiempo. Así que respira y acéptalo. No soy perfecta. Me da sueño. No quiero lavar los platos y eso no me hace mala o insuficiente, soy humana, está bien.

2. Sí puedes pedir ayuda y eso no te hace incapaz. Oye, si tu compañero o tu primo o tu tío cree que tú lo tienes todo bajo control pero sabes que no es así, exprésalo en el instante y pide ayuda. Todos necesitamos ayuda y, mis queridas mamitas, eso está bien, de hecho es perfecto.

3. Tómate cinco minutos. En un baño, en tu cuarto, en el balcón, lejos del niño, del esposo, pide esos cinco minutos fuera para respirar, para recargarte, ¡te los mereces! No es cierto que si no estás el mundo se cae, no, el mundo sigue andando y con gusto te espera.

4. Acude a tu tribu. Esa amiga o compañera que también es mamá puede ser justo lo que necesitas para desahogarte y volver a empezar. A veces sientes que tienes el peor escenario, vas donde tu amiga, y ella está viviendo lo mismo, y entre anécdota y anécdota sale una que otra lección y una carcajada segura.

5. Esto será revelador: lo más importante no es tener la cocina limpia, es ese chiquitito que pide tu atención. ¡Dásela! Que no pasa nada si el plato dura dos horas más sucio y, ¿sabes?, hasta podría fastidiarle a alguien más en la casa y así zafarte de esa labor... ¡Uno nunca sabe!

6. Ser mamá no es siempre maravilloso. Es retador. Es complejo. Muchas veces es frustrante. Es intenso. Es emocionante. Y es sin duda el mejor trabajo del mundo. Sí, un trabajo.

7. Ser ama de casa también es un trabajo. Y si eres tan mujercita, ¡discútelo!

Resultados: mi esposo se encarga de dormir siempre al niño, lava platos, hace el desayuno y lo cuida cuando decido hacer algún curso o terapia sobre crianza y niñez. Hay más sonrisas en casa. ¿Y adivina qué fue lo único que cambié? Dije en voz alta lo que decía en mi cabeza mientras lloraba: no puedo hacerlo sola, aunque lo deseo, no puedo hacerlo, ayúdame. Y funcionó.

Ah... y ese invento de: trabajo en casa, soy ama de casa, que también es un trabajo y mucho más demandante, y cuido al niño, no sucederá en esta familia.

Un abrazo mamitas, ¡lo están haciendo genial!

Ahora te puedes comunicar con El Universal a través de Whatsapp

  • Videos
  • Mensajes
  • Fotos
  • Notas de voz

cuando seas testigo de algún hecho noticioso, envíalo al: 321 - 5255724. No recibimos llamadas.

LEA MÁS SOBRE Suplementos

DE INTERÉS