Joe Arroyo cumpliría hoy 56 años

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El gran músico cartagenero Joe Arroyo(1955-2011) cumpliría hoy 56 años. El historiador Javier Ortiz lo evoca desde México.La vida breve y vertiginosa de Joe Arroyo se inmortalizó en sus bellísimas y rítmicas canciones. Cartagena lo recuerda en su natalicio.

A la familia Urueta León.

“Mi Mari ¿tu te acuerdas de aquel día…?” Después del coro, el golpe de campana deja entrar unas trompetas nostálgicas, y uno que se cree muy macho le provoca llamarse María o Mariluz para que un hombre le dedique esa canción.



Una banda sonora para el barrio

En esos días no era difícil soñar con el Joe Arroyo. El éxito de la telenovela y la reclusión en una clínica de Barranquilla lo habían convertido en el personaje central de las noticias de farándula del canal que promocionaba su vida. Cartagena hervía como siempre. Los rumores se extendían como la verdolaga y su música era la banda sonora con la que la barriada soportaba los trabajos y los días.

Cuando Elisabeth, la esposa de mi amigo Kriss Urueta tocó la puerta de la habitación la mañana del 26 de julio y anunció la muerte del Joe Arroyo pensé que estaba soñando. Abrí los ojos, me puse una camisa que busque a tientas y salí de la alcoba. En la sala Kriss, al lado de Alcira León, su madre, veía el recorrido de la vida del cantante en las noticias de las cadenas nacionales de televisión. Tenía los ojos encharcados en lágrimas y Alcira trataba de neutralizar las suyas con comentarios ligeros sobre la ropa que el cantante llevaba en las presentaciones o sobre alguno de los músicos que aparecían en las imágenes que ambientaban la nota.

Desde Ciudad de México había seguido las noticias de las anteriores crisis de salud del Joe y de la arrolladora sintonía de la telenovela. Supe además que varios colombianos que viven en la capital manita la observaban a través de sitios web que permiten ver televisión colombiana por internet. Sin embargo, para los que crecieron bailando echaos pa` lante y apretando en tarde lluviosas; para quienes sabían desde siempre de sus aguajes en tarima, de su bamboleo de caderas, su cabeceo de títere y de su grito de faringe como caballo en celo, les costaba asumir la nueva popularidad gestada en los cenáculos de los que tienen por oficio determinar los gustos a través de la televisión.

Les quedaba, tal vez como consuelo, el encuentro generacional. Por primera vez, así fuera sólo durante el tiempo de trasmisión de la serie, los padres podían coincidir en preferencias musicales con sus hijos. Era común ver a los niños corretear en las calles tarareando canciones creadas durante la niñez y la adolescencia de sus padres.

En cualquier plaza de mercado o esquina del Caribe colombiano te pueden dar detalles de la vida del Joe Arroyo, todos parecen tener algo que contar. A pesar de ese conocimiento, de todas maneras las calles de las ciudades y de los pueblos de la región estarán solitarias a la hora de la emisión de la telenovela. En una sociedad saturada de dispositivos de información, los medios suelen tener el papel no de informar sino de concederle estatus y jerarquía a los acontecimientos. El habitante de barrio sabe más del último asesinato que la escueta nota que saldrá en la página de sucesos del periódico local, pero no ve la hora en que amanezca para lanzarse a comprar la prensa y confirmar la jerarquía de la noticia de la que él fue testigo privilegiado. Entre las ocho y las nueve de la noche, alguien puede desfilar desnudo por las calles polvorientas de un pueblo del Caribe sin ser notado, en esos momentos la aldea se deja encandilar por la luz de una cajita mágica.

Cuando llegue desde México a Cartagena a mediados de junio la ciudad estaba encandilada por las noticias sobre el Joe Arroyo. Kriss Urueta, el amigo en donde me hospedé, es hijo de Oscar Urueta, amigo del Joe y uno de los mejores trombonistas de la ciudad. Durante un importante tiempo Oscar fue integrante de la orquesta La Verdad. La muerte del Joe me había sorprendido en casa del hijo de su trombonista. Ese día, tal vez para justificar sus lágrimas, Kriss comentó que buena parte del dinero para pagar sus estudios de derecho en la Universidad de San Buenaventura habían salido de las notas del trombón de su padre con la orquesta del Joe Arroyo.

En realidad desde hacía mucho tiempo, gracias a la amistad con Kriss y con su hermano Vladimir, el hijo mayor de Oscar, tenía acceso privilegiado a las anécdotas de las giras y los comienzos musicales del Joe Arroyo.



Se va el Joe, se va para Barranquilla

Una mañana de febrero de 1972 dos estudiantes del Colegio Santo Domingo en Cartagena no contestaron el llamado a lista de sus profesores. Una hora antes Arroyo González Álvaro José, se bañó, tomó sus útiles escolares y salió de su casa en el barrio Nariño. Lo propio hizo Urueta Ligardo Oscar, en el barrio El Prado. En vez de dirigirse al colegio, al lado del convento de Santo Domingo en el centro de la ciudad, se encontraron en el muelles de Los Pegasos y se encaminaron al sitio en donde se tomaban los buses con destino a Barranquilla. 

Para ese entonces la voz de un joven humilde que cantaba en los bares de Tesca en la zona de tolerancia y hacía presentaciones con Los Seven del Swing, la orquesta de Manuel Villanueva y Los Diamantes del maestro Rubén Darío Salcedo  ya era conocida en Cartagena. Oscar, entre tanto, intentaba convertirse en trombonista seducido por el ambiente musical de la ciudad. Se habían conocido en el colegio, y ahora, sin el conocimiento de sus padres, emprendían un viaje a Barranquilla en busca de oportunidades.

Joe y Oscar fueron llamados por dos músicos veteranos, Antonio “El Neco” Almarales y Luis Pestana. Almarales era el trompetista y Pestana el congüero de Michi Sarmiento y su Combo Bravo. Junto con otros músicos se separaron de Michi para formar una nueva agrupación. El grupo se instaló en una casa en el municipio de Galapa, cerca a Barranquilla. Después de dos meses, a la casa se presentarían los familiares de Oscar y Ángela González, la madre del Joe, buscando a sus hijos. Debido a la férrea decisión de este par de jóvenes por la música, sus familiares los encomendaron a todos los santos y a los mayores del grupo y los dejaron en aquella casa repleta de ilusiones musicales. 

Fue una época de estrecha camaradería entre Joe y Oscar. Intercambiaban sueños y la escasa ropa que tenían. Los tiempos eran duros pero generosos en el aprendizaje musical. Bajo los consejos de Almarales, Joe se convertiría en un cantante más afinado y Oscar recibía las bases para ser un trombonista reconocido. Con el nombre de La Protesta el grupo grabó en Barranquilla un sencillo que incluyó dos canciones, La Bamba de Los Lobos y Ah ah, oh no de Willie Colón.



De esos tiempos Oscar tiene un recuerdo que contradice la versión de mayor aceptación.  Se dice, que fue el compositor Rubén Darío Salcedo quien le colocó el apodo de Joe al cantante. Oscar dice que recuerda con absoluta nitidez la noche en que el conguero  Luis Pestana en la casa de Galapa le dijo a Álvaro José que era más sonoro que se diera a conocer como Joe. “Álvaro Arroyo no es un buen nombre para un músico, Joe Arroyo es mejor, además tu segundo nombre es José de ahí viene Joe”, comentó Pestana. Oscar afirma que acostumbrado a escuchar nombres de famosos salseros como Joe Quijano y Joey Pastrana, el nombre de Joe Arroyo a él no le pareció sonoro.



Un año después de la experiencia en Barranquilla, Joe comenzaría su brillante carrera con Fruko, Oscar se iría con La Protesta a Bogotá en 1978, y en 1982 partió hacia los Estados Unidos. No se volverían a ver más hasta 1988 cuando ya el Joe tenía varios años de haber formado la orquesta La Verdad y su nombre era tan sonoro como los otros Joe de la salsa. Desde entonces, con algunas intermitencias Oscar sería el trombonista de la orquesta hasta el año de 1999. 



Joe sol

El poeta y escritor mexicano José Emilio Pacheco, contemplando y padeciendo el invierno de Toronto dijo que la nieve era sólo una pregunta que dejaba “caer millones de signos de interrogación sobre el mundo”, “un apocalipsis silencioso y voraz” que precipitaba el aburrimiento. De niño Antonio Benítez Rojo, supo que en el Caribe el apocalipsis no existía. La epifanía llegó una tarde en plena crisis de los misiles. Dos negras pasaron con tranquilidad pasmosa por debajo del balcón de su casa en La Habana. Su andar desprevenido y su parloteo eran un claro manifiesto de resistencia caribeña a bailar la monotonía rítmica del binarismo de la guerra fría. A Antonio le faltó decir algo más: que en el Caribe no hay nieve.

El apocalipsis estaba instaurado el día que mi amiga Tatiana Acevedo llegó a Canadá. Montreal la recibió en diciembre del año pasado con un frío de 10 grados bajo cero y para cuando comenzaba el mes de febrero la temperatura ya estaba en menos 35 grados. Además del frío y la nostalgia, la agobiaba la dificultad para conciliar el sueño. Preocupada visitó un médico y el diagnóstico fue preciso: falta de sol. La escasez de luz y la imposibilidad para procesar la vitamina D en el cuerpo habían alterado su ritmo de sueño.

El médico recomendó practicar deportes de invierno y darle la cara a la luz artificial de una lámpara todos los días a la hora del desayuno. Por cien dólares cada canadiense tiene un pequeño sol artificial para invierno en su casa y todas las mañanas deja que la luz se estrelle en su cara. Tatiana no nació en el Caribe, pero conocía bien los soles de abrazadores de Ocaña y del complejo petrolero de Barrancabermeja donde pasó gran parte de su niñez, como para sentir que pararse frente a una luz artificial, mientras masticaba cereal, era una absoluta ridiculez.

La solución sería menos traumática y más estética. Aprovechó un aparato de música que sus padres le obsequiaron esa navidad y lo cargó con toda la discografía del Joe Arroyo. Lo escuchaba en la casa a la hora del desayuno, mientras hacia el recorrido en metro a la Universidad y hasta en la biblioteca. En medio de la penumbra del invierno de Montreal el Joe se convirtió en su sol. Quizá como agradecimiento, Tatiana dedicó su columna semanal en el diario El Espectador a llamar la atención para que la novela no se convirtiera en otra producción estereotipada sobre la población costeña y afrodescendiente.

A Joe Arroyo no hace falta recordarlo porque es una presencia. Nació un 1 de noviembre, el día de los muertos, de modo que ya traía consigo al inmortalidad. Todos sabemos que por la mañana, cuando el sol empiece a despuntar, en una esquina de cualquier barrio del Caribe alguien se levantará como poseído de la mecedora en la que intenta domesticar los alcoholes. Se despojará de la camisa, cerrará los ojos, abrirá los brazos, bailará uno de sus sones y sentirá que es el rey del mundo.



* Javier Ortiz Cassiani es uno de los jóvenes y destacados historiadores contemporáneos de Cartagena.

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