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Sinfonía entre África y Colombia

Los músicos africanos sembraron en Cartagena un horizonte estético invaluable: vivir para construir una estética.El Colegio del Cuerpo propuso hablar del Estrato T para referirse al talento que surge en las comunidades más allá de toda pobreza.

¡Qué gran lección de humanidad y virtuosismo artístico ofrecieron los 26 músicos del Buskaid Soweto String Ensemble, en Cartagena!

Un privilegio que permitió enlazar sensibilidades y propuestas con el Colegio del Cuerpo,  los dos grupos surgidos en 1997, con proyecciones comunes en su arte y en su proyecto pedagógico y social, y tender puentes con la  Filarmónica Joven de Colombia.

Hoy el Colegio del Cuerpo, dirigido por Álvaro Restrepo y Marie France Delieuvin, universaliza su visión y trasciende el discurso limitado de los estratos y propone nombrar el Estrato T (Talento), que puede descubrirse en  comunidades pobres y vulnerables, pero la palabra pobreza ha sido revaluada por la compañía de danza:  no es sólo carecer de lo básico, es poseer convicciones y valores humanos y artísticos en esas limitaciones materiales. Y la irradiación formativa del Colegio del Cuerpo no se limita a niños y niñas de la Zona Suroriental, Olaya Herrera, Nelson Mandela, El Pozón, Pontezuela, entre otros. A la compañía de danza contemporánea se han ido integrando jóvenes de otras ciudades de Colombia e incluso jóvenes del exterior. Lo que cuenta a la postre, es la búsqueda insaciable de lo excelso y la creación de una ética y una estética de la danza.

La experiencia de los jóvenes africanos surgidos de una sociedad que padeció la impiedad de la discriminación racial, y ahora es una comunidad que lidera espacios formidables de creación y formación, tiene puntos de semejanza pero a la vez de diferencia con la sociedad cartagenera que más allá de haber sido escenario de la esclavitud y haber librado batallas implacables contra la segregación y exclusión, aún no ha superado la discriminación: más allá de lo normativo está la discriminación silenciosa. Una institución  marcó el espíritu rebelde y contestatario de Cartagena: la Inquisición que amuralló todo fermento de disidencia  con las creencias religiosas, políticas y culturales que imponía España entre  nosotros.

Cuando se observa a estos artistas africanos hay tres dones que salen a relucir: la convicción del quehacer artístico, la entrega absoluta a su arte, la vocación insobornable, la disciplina y la apertura mental de que la música y el arte no deben asumirse por separados. Aún nosotros seguimos enfrascados en la definición de música popular y música cultura, arte popular, artesanía y arte a secas. Los africanos nos dieron una lección de que con los instrumentos de cuerda, viento o percusión, se pueden explorar no sólo las obras clásicas del repertorio clásico sino las obras de música ancestral, el jazz, el bolero, y las expresiones contemporáneas que nacen de la vida en las ciudades. El instrumento en las manos de estos artistas no es sólo técnica exquisita, sino extensión y prolongación de su cuerpo y su espíritu. El instrumento está dentro de ellos mismos. Tocan bien porque antes de hacerlo, ya tienen la partitura dentro de ellos mismos. Son como imán y limadura.

Detrás de un proyecto artístico como el que Cartagena pudo disfrutar como regalo en este Bicentenario de su Independencia, hay por supuesto, grandes seres humanos: la violista inglesa Rosemary Nalden, quien dirige el grupo africano. Vino a dirigir, compartir y abrazar visiones sobre música y sociedad en la era post-Apartheid. Todo este privilegio gigantesco contó con el respaldo de la petrolera francesa Total y de la Fundación sudafricana Umoja, y a esas criaturas decididas y anfitrionas: Álvaro Restrepo y Marie France Delieuvin.

La sinfonía de África en Cartagena rebasó nuestros límites, con el talento musical local y nacional: la Filarmónica Joven de Colombia, con sus 93 jóvenes de toda la nación, entre los 16 y 24 años. El espíritu del músico Adolfo Mejía sembró en Cartagena la apertura de  sentir la música como un arte sin ataduras: lo mismo a la hora de interpretar “Colombia, tierra querida” o una rapsodia europea o una composición africana.

 



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