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Columna

8 de marzo

“Gracias al feminismo, tengo derecho al voto, a ser elegida, a estudiar cualquier carrera, a decidir si tener hijos o no, a licencias y derechos...”.

MARTHA AMOR OLAYA

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Simona Bambrilla y Rafaella Petrini son ambas, primeras veces. Simona es la primera mujer en la historia en ser la máxima autoridad de una de las principales instituciones del Vaticano, en la que supervisará las órdenes religiosas tanto de hombres como de mujeres. Rafaella, por su parte, es la primera mujer en convertirse en gobernadora del Estado del Vaticano, el principal cargo de administración civil de este territorio. Históricamente la Iglesia ha sido esencialmente patriarcal y discriminadora en los roles de género, tanto al interior de la institución, como en las escrituras. Así que este no es un avance menor.

El 8 de marzo entonces, no ha sido en vano. Estos son solo un par de ejemplos de hasta dónde ha llegado la lucha feminista. Hoy hay muchas mujeres en primeras veces, y algunas, en segundas y terceras en distintos campos, pero no es la meta, hay aún una profunda desigualdad, especialmente en las mujeres racializadas y en culturas en donde la represión es inmisericorde. De los 20 países como los peores para vivir siendo mujer, 16 se encuentran en el continente africano; pero no tenemos que irnos lejos, en nuestro país, el panorama sigue siendo duro, pese a los casos de éxito, producto de leyes de inclusión.

La mayor participación de la mujer en instancias de poder, es una expresión del avance de la lucha feminista, tenemos que seguir trabajando para que no sean excepciones a la regla, sino por el contrario, se normalice y todas podamos contar con garantías para conquistar nuestras propias cimas.

Estos avances son solo recordatorios a insistir por una paridad completa hasta llegar al día en que no tengamos que explicar la lógica de esta lucha diáfana y precisa, que tantos buscan enredar. Y especialmente hasta que, a ningún ser humano en el planeta, le avergüence decir “soy feminista”, porque ha comprendido de una vez por todas, que no se trata de ninguna bandera ideológica, sino de justicia y equidad.

Esta lucha, contrario a lo que digan algunos, no le hace daño a absolutamente nadie, y en cambio sí, mucho bien a la sociedad. En África, millones de mujeres siguen atrapadas en un círculo de desigualdad. En Costa de Marfil, la mitad no sabe leer ni escribir. En la República Democrática del Congo necesitan permiso de sus maridos para abrir una cuenta bancaria o registrar un negocio. En Somalia, el 98% sufre mutilación genital.

Sin educación, sin autonomía financiera y sin derechos básicos, es difícil salir adelante. En Colombia, de acuerdo con la CIDH, las mujeres indígenas y afrocolombianas padecen discriminación múltiple e intersectorial por motivos de sexo, raza, color y origen étnico, y por condición de desplazadas.

Da impotencia quienes se niegan al camino de la deconstrucción patriarcal, de reconocer el sesgo y comenzar a educarnos de manera que podamos comprender por qué, como dice Chimamanda, “todos deberíamos ser feministas”. Porque esto también es con los hombres. El patriarcado, así como les da privilegios, los reprime y condena a roles complicados.

Gracias al feminismo, tengo derecho al voto, a ser elegida, a poder estudiar cualquier carrera que desee, a decidir si tener hijos o no, a licencias y derechos por maternidad, a escribir esta columna de opinión y a un listado de otros derechos que no logro enumerar aquí, pero por los cuales agradezco a las mujeres que se lanzaron a exigirlos. Estos derechos no los tienen todas las mujeres, ni son plenos, además de que ciertas libertades tienen sus condenas sociales. ¡Seguimos!

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