En nuestra cultura la muerte es un tema tabú, inquietante y desagradable; no obstante que es el evento del que tenemos mayor certeza ocurrirá en algún momento de nuestras vidas, hablar de este tema resulta perturbador; creer que tendremos otra vida alivia el sufrimiento y el temor que sentimos al pensar en la propia muerte o en la de nuestros seres queridos. Toda pérdida nos produce dolor emocional y nos adaptamos a ella mediante el duelo, cuya intensidad varia y es directamente proporcional al valor de la perdida.
Las formas de afrontar el duelo son diversas y están matizadas por la cultura, hay tribus que lloran durante el nacimiento de sus niños y celebran festivamente la partida de sus seres queridos. En ‘Tótem y Tabú’, Sigmud Freud anota que en los orígenes de la humanidad, el padre tirano y cruel fue asesinado por sus hijos, lo que originó la culpa, entonces ellos comieron su cadáver, quedan rasgos en nuestra cultura como son los ágapes con los que actualmente culmina el rito fúnebre; en la misa reproducimos el mensaje de la última cena, aproximadamente Jesús dijo “bebed mi sangre y comed mi carne”, refiriéndose al pan y al vino, y “haced esto en mi conmemoración”.
Simbólicamente la realidad se traga, por eso cuando nos cuentan una historia increíble decimos: “Esa galleta no me la trago”, o cuando alguien está enamorado: “Tal persona está tragada de fulano”. Una de las realidades más difícil de tragar y procesar es la muerte, de hecho el duelo es un proceso biológico normal que se puede asimilar a la digestión
El duelo se hace por etapas, la primera es la negación, un mecanismo para defendernos del dolor; la segunda, es el dolor propiamente dicho, cuando cae la negación, hay tristeza, congoja, perturbaciones en el sueño, el apetito y del estado de ánimo, síntomas parecidos a una depresión; la tercera etapa es de rabia o culpa, ambas irracionales; y la cuarta, es la resignación o resolución del duelo. En esta última nos quedamos con las partes buenas de la experiencia y expulsamos los malos recuerdos con el difunto. El duelo está hecho cuando podemos recordar a las personas sin dolor, con la satisfacción de haberlas tenido, haber recibido de ellas y haberle dado afecto o cosas materiales.
La presencia del cadáver y el ritual del funeral son importantes para neutralizar la negación y convencerse de la realidad de la muerte del ser querido. Cuando una persona se ha perdido en el mar o en casos de desaparición forzada, la ausencia del cuerpo imposibilita la elaboración del duelo, y constituye una de las formas como puede convertirse este proceso normal, en patológico.

