Hay recuerdos que jamás se borran, esculpidos en el mármol inmortal de las almas que conservan el privilegio de saltar de generación en generación, camino a la eternidad.
En mi caso, conservo la sencilla pero significativa ceremonia de bienvenida, como estudiante de Medicina de la Universidad de Cartagena en el Hospital Santa Clara, con aroma a ciencia y conciencia, heredadas de la escuela francesa que coloca al ser humano con todas sus virtudes, falencias y cicatrices, por encima de normas y conveniencias. “Muchachos”, iniciaron la bienvenida los doctores Alberto Carmona Arango y Adolfo Pareja Jiménez: “Ustedes se preguntarán, ¿por qué todos los profesores hoy vestimos de saco y corbata? Estamos frente al futuro de esta universidad centenaria fundada por el genio incansable y arisco del ‘Libertador’ Simón Bolívar, y la mesura y sabiduría jurídica de Francisco de Paula Santander. Ustedes ganaron en franca lid este prestigioso espacio académico para cristalizar sus sueños: en cinco años tomarán este lugar y darán la bienvenida a los recién ingresados, de saco y corbata, como lo hemos hecho hoy. ¡Felicitaciones colegas!”.
De inmediato aquellos inolvidables maestros reflexionaron sobre el quehacer médico con la esperanza de convertirnos en invencibles galenos: “Esta es la clave para que se conviertan en médicos integrales exitosos sin importar el rincón del planeta: ‘Trata a los demás como exigirías te trataran o a tu familia: regla de oro de los discípulos de Galeno’, Pimun non nocere, ¡Lo primero es no hacer daño!”, convicción que, durante siglos, ha sido el faro del pulcro desempeño de todos aquellos que tienen en sus manos salud, vida y sueños de un semejante, aplicable a todos y cada uno de los actos de su vida personal, familiar, social y política, colocando por encima de todas las consideraciones, respetar derechos y dignidades, sin tachones, borrones ni enmendaduras; acompañados, ¡SIEMPRE!, de respeto y prudencia. Ustedes son dueños del futuro: deben prepararse integralmente: jamás coloquen su conciencia en subasta. “Lo primero es no hacer daño”, retumbaba en la conciencia de los egresados mientras librábamos batallas campales contra virus, bacterias y restricciones administrativas.
Confieso, una vez más, que aún en estos tiempos aciagos donde convirtieron la salud en mercancía y a los pacientes en clientes, priorizando libros de contabilidad y lucro sobre el bienestar de los enfermos y sus familias, no he podido arrancarme de la memoria la frase que tatuaron nuestros maestros: ‘Primum non nocere’: ‘Lo primero es no hacer daño’, tratando a los demás como exigirías que trataran a tu familia, sin necesidad de acudir a los milagros jurídicos de ‘Santa Tutela’ o al recién canonizado San Gregorio.
