El Colegio La Esperanza, fundado por el connotado educador Abel Mariano de Irisarri, se constituyó, con el paso del tiempo, en institución educativa prestigiosa, donde muchachos de diversos rincones hacían fila para ser admitidos, seguros de recibir sólida e integral educación. En la década de los 60-70, Antonio María de Irisarri, afamado por impartir estrictas normas disciplinarias y excelsa calidad educativa, asumió la rectoría del plantel, enseñando con el ejemplo mientras sembraba estrictas normas forrando en acero inoxidable el carácter de los esperancistas. A tan prestigiosa institución llegó desde Sincelejo, Roberto Samur Esguerra, de ascendencia libanesa, a quien le tocó estudiar latín a cargo de curita asturiano, quien denigraraba de los inmigrantes árabes a Colombia, por lo que Samur preguntó si su animadversión racial venía de la dominación ejercida por los árabes sobre España durante más de ocho siglos, causándole gran encono al punto de ser llevado a la Rectoría y recibir castigo por su insolencia. Afortunadamente el rector Irisarri, reconocido libre pensador, luego de escuchar las partes, no dudó en cancelarle el contrato al reaccionario sacerdote, respaldando, premonitoriamente, a quien se convertiría en líder social y excelente abogado, especímenes en vía de extinción por aquellos que entienden la política, no como gallera u ocasión para llenarse los bolsillos, sino como acto de responsabilidad social, sin otra intención de blindar la Justicia y fortalecer la Democracia. Docente universitario, escritor de campanillas, analista político, columnista, ligado a la construcción institucional del joven departamento de Sucre, unido al pensamiento libertario y crítico del hombre caribe, desempeñándose pulcramente como juez de la república, alcalde de, Sincelejo, gobernador de su departamento, poniendo a prueba su talante democrático. Escritor de campanillas, nos hizo llegar su última producción literaria: ‘La longitud de la vida’, asegurando, entre recuerdos, anécdotas, historias y reflexiones, que: “Esto va de prisa y nada puede contra el tiempo que ordena la vida y la muerte, invisible, infinito a la vez, agónico y apacible, inconmensurable, pues si se pudiera medir también se podría detener atrapado en el daguerrotipo de Melquiades. Es algo que hace que los calendarios sean convención estúpida que solo sirven para saber cuán viejos somos y con cuánta prisa queremos vivir, sin advertir que, mientras más apresuremos las horas, menos nos queda de ellas en la angustiosa longitud de la vida, porque el tiempo somos nosotros”.
PD: Menos mal que el maestro Irrisarri, rector del Colegio La Esperanza, conocía perfectamente el poder descomunal del ‘Efecto Pigmalión’ o ‘Profecía autocumplida’ para bien o para mal, rescatando al arisco y brillante turco-sabanero de las garras implacables y vengativas del curita asturiano, quien pisoteaba la clave de la educación exitosa: “Si lo tratas como basura se convertirá en basura, si respetas su dignidad, germinarán sus alas”.
