Primera parte
Los primeros barcos vuelven a navegar por el estrecho de Ormuz. El 17 de junio, Donald Trump y el presidente iraní Masoud Pezeshkian firmaron un memorando de entendimiento. Por ahora resuelve un solo problema: el bloqueo del estrecho de Ormuz, creado por la propia guerra. Todos los demás asuntos quedan postergados para los sesenta días de negociación previstos. Las críticas más duras contra Trump provienen de su propio partido. Esta primera parte reconstruye lo que realmente se acordó y quién salió perdiendo o ganando, Washington, Tel Aviv o Teherán. La segunda parte analiza las consecuencias para la región de Oriente Medio, para China y para el orden mundial en su conjunto.
Las consecuencias económicas del conflicto, sobre todo el riesgo para el tráfico energético mundial a través del estrecho de Ormuz, parecen haber convencido a Trump de que los costos de prolongar la guerra superaban los beneficios esperados.
Vale la pena aclarar algo: el documento de catorce puntos es un memorando de entendimiento, no un tratado de paz ni un alto al fuego, solo el marco para negociaciones que en sesenta días deberían desembocar en un acuerdo y un cese de hostilidades. La experiencia demuestra que este tipo de marco suele ser la parte más fácil de todo el proceso y, al mismo tiempo, la más expuesta a tropiezos.
Trump firmó el acuerdo de manera muy informal, durante una cena en Versalles al margen de la cumbre del G7, en presencia del secretario de Estado Marco Rubio y del presidente francés Emmanuel Macron. Pezeshkian firmó al mismo tiempo en Teherán, sobre una hoja manuscrita frente a una pared blanca sin adornos.
¿Qué se acordó?
La firma del memorando debe poner fin, por ahora, a las hostilidades, incluidas las guerras por delegación que Israel libra en paralelo, como la que mantiene contra Hezbolá en el Líbano, y prevé la apertura de Ormuz dentro de treinta días. Sin embargo, Irán solo renuncia a cobrar peajes por el tránsito durante esos sesenta días de negociación, y el texto carece por completo de un mecanismo de cumplimiento en caso de un nuevo bloqueo. En el plano financiero, en cambio, el acuerdo es de aplicación inmediata para Irán: suspensión de las sanciones petroleras, acceso a al menos 24.000 millones de dólaresen fondos iraníes congelados y la promesa de un fondo de reconstrucción de 300.000 millones. En materia nuclear, todo queda en una simple declaración de intenciones: diluir las reservas de uranio en lugar de entregarlas. El programa de misiles y las milicias proxy no aparecen en el texto. La población iraní no se menciona en ningún momento, aunque Trump y Netanyahu habían justificado sus objetivos de guerra también en nombre de su libertad.
El eco en Estados Unidos
En el Congreso estadounidense, incluso entre republicanos, las críticas son mayoritariamente negativas. El senador Roger Wicker, presidente del Comité de las Fuerzas Armadas, escribe que el acuerdo regala las ganancias de la guerra y hace que los pagos de Obama en 2015 parezcan una limosna. El senador Ted Cruz pregunta si en serio se enviarán 300.000 millones a los ayatolás iraníes, y espera que no sea así. El senador Bill Cassidy lo llama el peor error de política exterior en décadas. Como era previsible, demócratas como Chris Murphy o Jack Reed hablan de capitulación y de que el acuerdo con Irán de 2015 había logrado más. Sin embargo, el vicepresidente Vance debe defender el acuerdo como un éxito.
El comentarista conservador Tucker Carlson hace el balance más duro, con un paralelo histórico: el Reino Unido, Francia e Israel atacaron a Egipto en 1956 tras nacionalizar el canal de Suez, y debieron retirarse por presión de Eisenhower, el momento que marcó el fin del imperio británico: el poder ya no era sostenible sin el respaldo de Washington. Carlson dice que Estados Unidos vive ahora lo mismo: a pesar del ejército más costoso del mundo, no logró imponer su voluntad a una economía que ocupa apenas el puesto treinta y cuatro del planeta, su propio Suez.
El espejo de 2015
La crítica de Carlson coincide en parte con otro reproche de sectores políticos muy distintos: el contenido mismo del acuerdo. La omisión del programa de misiles iraní fue el principal reproche de Trump contra el acuerdo nuclear de Obama de 2015, el Plan Integral de Acción Conjunta, conocido como JCPOA.Aquel pacto se había negociado durante más de dos años entre Irán y Estados Unidos, junto con socios europeos. En 2018 Trump lo derogó con el argumento de que era el peor acuerdo de la historia.En ese entonces, Irán realmente envió el 97 por ciento de sus reservas de uranio fuera del país, a Rusia. Esta vez solo se diluirán.
Nate Swanson, experto estadounidense en Irán, integró el equipo negociador de su país con Teherán antes de la llamada guerra de los doce días de junio de 2025. Su veredicto en Foreign Affairs es más radical que el de los senadores: Trump habría salido perdiendo tanto en el terreno militar como en la mesa de negociación, porque Irán descubrió en su nuevo control sobre Ormuz un instrumento de presión más eficaz que cualquier arma nuclear. El propio secretario de Estado Rubio ya había llamado a ese estrecho la bomba atómica económica de Irán. La advertencia de Swanson también apunta a Teherán: si Irán abusa de esta ventaja, debilitará el argumento más fuerte contra una nueva guerra, los altos costos de un ataque para la economía mundial. Swanson remata con una referencia histórica propia: Irán haría bien, dice, en seguir la máxima de Lincoln tras la guerra civil, dejar que el vencido se levante con facilidad, en vez de buscar una satisfacción máxima.
Para Israel y Netanyahu, una catástrofe
Si en Washington las críticas se concentraron en las concesiones hechas a Irán, en Israel la percepción fue todavía más negativa. Benjamín Netanyahu quería eliminar la amenaza existencial que representaba Irány crear condiciones para un cambio de régimen. Ninguno de los dos objetivos se cumplió. No existe una ley iraní vigente que obligue a destruir a Israel, aunque sí abundan declaraciones políticas en ese sentido: el propio líder supremo predijo en 2015 que de Israel “no quedaría nada” para 2040, y un proyecto de ley de 2021 que buscaba obligar al gobierno a eliminarlo para 2041 no llegó a aprobarse. Sí se logró matar en ataques selectivos al entonces líder supremo Ali Jamenei. Pero su sucesor es, precisamente, su propio hijo Mojtaba, quien en los mismos ataques perdió también a su madre, su esposa y un hijo, y desde entonces no ha vuelto a aparecer en público. Lejos de abrir una lucha de sucesión o debilitar al régimen, la muerte de Jamenei consolidó, al menos por ahora, a los sectores más duros del poder iraní.
Trump, además, mantuvo a Israel al margen de las negociaciones y socavó su campaña contra Hezbolá en el Líbano. En la cumbre del G7 en Évian llegó a decir públicamente que Netanyahu debía actuar con más responsabilidad y dejar en manos del presidente sirio Ahmed al-Sharaa el manejo de Hezbolá, porque él lo haría mejor. Para Israel fue un golpe, la primera señal de que el respaldo automático de Washington ya no es incuestionable, comparable al momento que vivió Europa hace año y medio, cuando entendió que debía arreglárselas sola. Yair Lapid, ex primer ministro israelí y hoy líder de la oposición, calificó ya en abril el resultado de la guerra como la mayor catástrofe política en la historia de Israel. Su coalición ha perdido la mayoría en el propio país, y las elecciones de octubre podrían, como señala The Economist, costarle el cargo.
¿Cambio a cambio de dinero?
Sin embargo, no todos interpretan el memorando como una derrota estratégica de Washington. Existe, de hecho, una lectura completamente distinta. Trump habría convertido la necesidad en virtud y reconocido deliberadamente a Irán como un Estado soberano con intereses de seguridad propios y legítimos, incluido su arsenal de misiles, y ahora buscaría estabilizar su economíalo más rápido posible. El precedente más citado es el Plan Marshall en la Alemania de posguerra, que convirtió a un enemigo derrotado en un socio estable; algo similar podría buscarse aquí. El dinero, además, cumpliría una función más calculada: si Irán recibe miles de millones sin condiciones, tiene menos incentivo para cobrar peaje en Ormuz, casi un soborno preventivo. La apuesta detrás de esa lectura sería una liberalización desde dentro y, quizás a largo plazo, un cambio del propio régimen, pero no su caída desde fuera. Si esa fuera realmente la estrategia, sería una apuesta casi merecedora de un premio Nobel.
Hay, sin embargo, al menos cuatro razones para poner en duda esa interpretación. Primero, Trump mismo no habla de una estrategia de apertura, sino de una capitulación incondicional de Irán, lenguaje de un vencedor, no de un arquitecto de liberalización a largo plazo.Segundo, la comparación con Venezuela es más ambigua de lo que parece a primera vista: Maduro fue capturado en enero por fuerzas especiales estadounidenses y enfrenta juicio en Nueva York, y su sucesora, Delcy Rodríguez, evitó un destino similar solo al ceder a la exigencia de Trump de acceso total al petróleo venezolano. La presión sostenida puede forzar a una autocracia a adaptarse, pero esto es sometimiento ante la amenaza de la fuerza, no liberalización por apertura económica. Tercero, Amnistía Internacional documenta una represión que se intensificó en Irán durante los meses de guerra, en lugar de disminuir, mientras que un líder supremo que perdió a su familia más cercana en esos mismos ataques difícilmente parece el llamado a encabezar semejante apertura. Hay además una paradoja evidente: el mismo dinero pensado para abrir Irán podría terminar fortaleciendo justamente al régimen que la guerra pretendía debilitar. Y, cuarto, Irán ya tiene su propia bomba atómica, la del estrecho de Ormuz, una espada de Damocles permanente que ningún acuerdo puede desactivar del todo.
Una lección sobre los distintos límites del poder?
Irán ya creó su propia autoridad administrativa para el estrecho de Ormuz, la Persian Gulf Strait Authority. Al parecer, sería administrada junto con el vecino Omán, con quien Irán ya negocia, pero al mismo tiempo deja claro que en el futuro quiere cobrar peajes, sin que exista un marco multilateral para ello.
Existe un precedente histórico para esto: en el Bósforo, el estrecho entre la parte europea y la asiática de Turquía e Istanbul, el Tratado de Montreux garantiza desde 1936 el libre paso de los buques mercantesy solo permite a Turquía cobrar tarifas de servicio limitadas, nunca un cierre. Para Ormuz no existe nada comparable, solo una promesa bilateral, revocable en cualquier momento, entre dos Estados que hasta hace poco estaban en guerra.
La lección provisional de esta crisis parece ser que, en el siglo veintiuno, controlar un cuello de botella energético puede dar más capacidad de presión que buena parte del armamento más sofisticado. Washington, a pesar de su poder de fuego superior, no logró imponer sus objetivos de guerra, y Jerusalén comprobó que ni siquiera la muerte del jefe de Estado enemigo garantiza seguridad estratégica, si su sucesor y la cúpula que lo rodea terminan siendo aún más irreconciliables.

