Sé que esta pregunta no va a sonar muy popular, pero ¿hasta cuándo van a seguir haciendo foros sobre pobreza en Cartagena? Cada mes hacen uno o dos; como si la pobreza que hay en la ciudad fuera un asunto de auditorios, diapositivas y paneles, a los que asisten los mismos personajes de siempre, para socializarse entre ellos mismos, las mismas ponencias de siempre. Porque paradójicamente, los pobres no tienen voz en esos escenarios (ellos solo tienen votos en las urnas).
Es más, muchos de estos personajes se han beneficiado con cierta complicidad de las administraciones de turno, y cuando estallan los escándalos, salen a darse golpes de pecho y a dictar conferencias sobre superación de la pobreza extrema, cuando ni siquiera saben lo que es pasar un día con hambre o estar un minuto junto a ella.
¡Ya basta de tanto foro! Eso está sobre diagnosticado. Existen importantes estudios que han documentado el fenómeno de la pobreza en la ciudad de manera seria y rigurosa; también en el Distrito se han diseñado valiosos programas para combatirla. Pero no es socializándolos una y otra vez que se hacen efectivos, sino implementándolos. La pobreza no necesita ni de más leyes, ni de más foros, sino de voluntad política; de acciones claras y contundentes donde se de una verdadera articulación de los diferentes procesos con un enfoque multidimensional. Ah, y por supuesto, que no se roben los recursos.
En todas las sociedades estamos ligados por un cierto pacto de lealtad mutua, y el hecho de que gran parte de nuestra población esté sumergida en la miseria, nos hace desleales a ese pacto; porque la miseria los separa, los excluye, hasta tal punto, que algunos se ven imposibilitados de continuar en el juego social como los demás. Ellos son los pobres, los aporos, los “nadie” como los llamaba Galeano en aquel poema: “Los hijos de nadie, los dueños de nada, los ninguneados; corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: que no son, aunque sean”.
Por eso estoy convencida que antes de erradicar la pobreza, debemos erradicar la indiferencia ante el dolor ajeno. Educarnos en la compasión como ese sentimiento humano que implica el contacto con el sufrimiento del otro, padecer con él, no desde la lástima, ni desde el asistencialismo, sino desde la comprensión, para que eso se convierta en la motivación que nos lleve a su auxilio; para que su mirada nos lleve a la acción, a la determinación y a exigir el derecho que ellos tienen a estar en el juego social con las mismas garantías que los demás, porque combatir la pobreza no es un acto de caridad, sino de justicia.
*Abogada y analista política.
