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Alfredo Guerrero: La luz del silencio

Entrar al estudio de Alfredo Guerrero (Cartagena, 1936) es asistir a la luz del silencio.  Eligió el día de los inocentes para cerrar el año artístico en el Museo de Arte Moderno de Cartagena, con su serie más reciente La pureza visual, promovida y presentada por la Fundación Arte es Colombia. Son sesenta y tres dibujos y pinturas de criaturas desnudas o semidesnudas, todas en reposo o en ademán vigilante o en duermevela, forjadas en los últimos cinco años en un lienzo delgado y en mediano formato. Hay en cada una de estas mujeres elegidas por el artista una introspección profunda, una secreta espiritualidad que semeja la estatuaria egipcia, y que pese a su desnudez parecen vestidas por un pudor y una discrección, ajenas a la eroticidad carnal, nos revelan la virginal transparencia de una belleza abisal. Son autónomas, dueñas de sí misma, con una desnudez interiorizada y un movimiento de espíritu en quietud, poseídas por la otra desnudez de su alma. Todas tienen rasgos distintos, pero el artista las detiene en un instante de un tiempo, en un resplandor de luz sin color, casi bordeando el silencio y el vacío intencional para generar una intención visual complementaria y crear el retrato certero de algo más que un cuerpo desnudo: el retrato de un mundo interior.

“Muchas de estas modelos son amigas y no todas saben posar. Las dirijo y cada una de ellas se vuelven no solo criaturas de mis lienzos sino en mi propia obra”, me confiesa. Nada en estas obras es gratuito. Ha sido estudiado con la paciencia de los monjes tibetanos, cada milímetro de luz, cada pliegue, cada resplandor, cada gesto que se vuelve misterioso e intemporal. El proceso y el resultado tienen una factura sublime, casi oriental, incluso la firma del pintor es otra línea sutil que enriquece la obra, dotándola de rigor y belleza.

“Cuando uno dibuja la figura humana tiene que tener en cuenta tres caminos esenciales: las proporciones. No puedes inventar un volumen o una depresión en el cuerpo. Tienes que saber dónde se está produciendo ese volumen y esa depresión. En segundo lugar, los volúmenes de ese cuerpo: lo que sale, Y finalmente: las depresiones o lo que se hunde en ese cuerpo. Las modelos elegidas son jóvenes entre los veinte y treinticinco años. Son criaturas de carne y hueso todas las mujeres que aparecen en esta serie. Mujeres que conozco y que tal vez estarán en la exposición. Pero al verlas yo percibí que ellas eran una obra. Y dirigí la escena”.

El artista trabaja sus figuras —algunas para ser completadas con la miradaen la pátina de un tiempo entre dorados, verdes y sienas, en una atmósfera de íntima gestualidad, como si fueran captadas en cámara lenta, solo requiere un solo movimiento del cuerpo para suscitar otros giros del alma, en ese ritual oriental del silencio que se habita en la eternidad de un instante.

“El arte además de gozo supremo es cocina y oficio”, me dice enseñándome cada una de sus obras en su taller. “ Yo trabajo todo el día, hasta que veo perder la luz. Jamás pinto de noche. Son cincuenta años en el oficio. El saber hacer es placenterísimo. Saber y sentir que cada material te responde como tú lo querías, y que mientras se seca una obra trabajas simultáneamente otra. El arte es también trementina, aceite de linaza. Lo último es la firma que debe ser discreta, yo la hago con pincel de punta. El arte se aprende. Y con los años se impone un estilo”.

El artista Alfredo Guerrero reconoce que sostener una pasión y una decisión artística en Cartagena no es nada fácil, y celebra que después de medio siglo el arte en Cartagena haya resistido el embiste del olvido y se haya mantenido en pie, con alianzas humanas trascendentales y significativas como Francia Escobar de Zárate, presidenta de la Fundación Arte es Colombia que hace posible gracias a su gestión decisiva, muchas de las acciones estéticas del Museo de Arte Moderno de Cartagena, dirigido por Yolanda Pupo de Mogollón.

Guerrero se ha mantenido fiel a su vocación de niño: retratar, pintar, encontrar la esencia de las criaturas humanas a través de un trazo preciso y de una profunda levedad.

Los llamados “apuntes” de Guerrero son obras acabadas, impecables, en donde aparecen algunas de sus obras en mediano y gran formato resueltas en la maravilla de un pequeño formato.  Hay en ellas destreza del oficio de toda su vida, estudiando la anatomía humana femenina.

“Es un disfrute visual del hacer y el saber”, me dice frente a sus obras. “Saber al final, que resultaron como las pensé”. Se integran en sus obras los objetos que a lo largo de su vida en el taller lo han acompañado: la silenciosa nobleza de aquella mesa de dibujo, la anatomía de un cuerpo, los  capiteles de yeso, la memoria de la vieja casa de sus padres en donde ellos mecían el atardecer rente a la bahía y ahora él y ella (su esposa, la pintora Cecilia Delgado) contemplan la inmensidad del mar desde la terraza del apartamento.



Convicciones de un artista

Como ya lo he escrito en otras ocasiones dos son los temas constantes en la ya extensa obra de Alfredo Guerrero: el retrato y en especial los autorretratos y el desnudo femenino.

Para esta exposición el artista ha reunido un gran grupo de pinturas de no muy grandes tamaños entonadas en habanos. Dos autorretratos, uno acompañado de García Márquez, y un retrato de Alejandro Obregón, como siempre realistas, presentando pormenores físicos y auscultando el carácter de los retratados, se unen a numerosos desnudos en los que la modelo posa acompañada de una tela que la cubre parcialmente. En lo más mínimo son cuadros eróticos. La joven cambia de posiciones lentamente, concentrada en sí misma y obviamente, eso sí, sintiéndose observada. Estamos ante un conjunto de desnudos que sin variaciones y pocos movimientos nos hacen pensar en el “adagio” de una pieza musical, Quizás un “adagio” solo para instrumentos de cuerda.

Si durante más de cuarenta años Alfredo Guerrero insiste en tan pocos temas no puede concluirse que el artista no tiene mucho que mostrar. Pienso, por el contrario que, como se puede estudiar en tantos maestros de la pintura y el dibujo, el artista cartagenero reitera unos motivos porque está convencido que el arte debe fundamentarse en una sola idea y que un maestro demuestra su seriedad y, porque no decirlo, su importancia siguiendo su idea- y sus temas- hasta el final.

   Ante la avalancha de tantos artistas “conceptuales” o “anti-artistas” como dijo Duchamp, resulta excelente que los museos de arte moderno inviten a maestros con largas trayectorias para que presenten lo que están haciendo ahora o en los últimos años. Alfredo Guerrero que viviera muchos años en Italia y Francia ha visto mucho y ese conocimiento le permite regodearse con los grandes del desnudo femenino, con Giorgione, Tiziano, Ingres, Courbet, Manet, Matisse y algunos más y revivirlo en los cuadros.



Germán Rubiano Caballero

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