A las dos de la tarde, Cartagena de Indias parece derretirse. En la avenida Pedro de Heredia, motociclistas buscan refugio bajo la sombra mínima de un poste; peatones esperan el cambio del semáforo cubriéndose con paraguas, y en las playas la arena quema los pies. En una ciudad donde las altas temperaturas condicionan la vida cotidiana, los árboles dejaron de ser únicamente un elemento ornamental y se han convertido en una necesidad para el bienestar de quienes la habitan.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda un mínimo de un árbol por cada tres habitantes para garantizar una buena calidad del aire y reducir el efecto de isla de calor, un fenómeno propio de las ciudades en el que ciertas zonas concentran temperaturas más altas que las áreas rurales que las rodean. La doctora Elda Luyando, investigadora del grupo de Cambio Climático y Radiación Solar del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM, explica que este fenómeno ocurre por la acumulación de cemento, asfalto y la poca presencia de vegetación.
En Cartagena, una de las ciudades más calurosas del Caribe colombiano, esa realidad se siente cada día. Un árbol no solo ofrece sombra, también modifica la temperatura del entorno, mejora la calidad del aire, aporta frutos y transforma visualmente los lugares. Sin embargo, la discusión no pasa únicamente por sembrar árboles, sino por entender cómo hacerlo correctamente. Lea también: Siembran 3.000 mangles en La Boquilla para recuperar la Ciénaga de la Virgen

Ahí aparece la silvicultura, la ciencia encargada de planificar qué especies sembrar, en qué lugares y bajo qué condiciones, buscando una convivencia armónica entre la sociedad y la naturaleza. Un árbol bien ubicado puede disminuir la temperatura, atraer aves y polinizadores y hacer más fresco un barrio entero, mientras que una especie inadecuada puede terminar afectando redes eléctricas, levantando el pavimento o deteriorando las viviendas.
Cartagena enfrenta hoy un problema doble. Por un lado, las temperaturas son cada vez más altas; por el otro, la ciudad no cuenta con suficiente cobertura vegetal para mitigar ese calor. Un árbol adulto puede refrescar el equivalente a varios aires acondicionados funcionando durante todo el día, pues su sombra reduce la temperatura del suelo y del aire entre dos y ocho grados Celsius.
“A esto se suma otro problema menos visible, pero igual de importante: durante años no ha existido una planeación sólida de silvicultura urbana que aproveche las especies propias del Bosque Seco Tropical, ecosistema natural de la región Caribe”, explica Jorge Sánchez Hoyos, biólogo, magíster en microbiología de la Universidad de Cartagena y doctorando en ciencias de la misma institución.
En muchos sectores todavía persiste la idea de que los árboles representan molestias, porque algunas especies pierden constantemente sus hojas y obligan a barrer con frecuencia. Otras terminan creciendo demasiado cerca de cables y postes, lo que evidencia la necesidad de una arborización mejor planificada.
Para Sánchez el problema radica en la falta de planificación. Explica que existen especies de porte mediano y poca hojarasca que no interfieren con el alumbrado público y aun así brindan sombra y bienestar. Entre ellas menciona el guayacán de bola, el olivo, el olivo negro y distintos tipos de cauchos. Incluso advierte que el actual plan de silvicultura del Establecimiento Público Ambiental (EPA) todavía contempla especies dañinas como el nin y el tulipán africano. Lea también: Siembra de nuevos árboles en Cartagena comenzó con retiro de especies invasoras
Jorge Sánchez trabaja en un manual sobre especies nativas para proyectos ambientales y de silvicultura urbana en el Caribe colombiano. El libro, ganador de la Sexta convocatoria interna de la Universidad de Cartagena para la publicación de libros académicos colección Rafael Núñez, será publicado este año y busca convertirse en una guía para construir ciudades más verdes, frescas y habitables.
Según el censo de arbolado urbano más reciente, liderado por el EPA y la Universidad Distrital, Cartagena cuenta con 186.344 árboles en espacio público. Si se compara con la población proyectada para 2026, que supera ligeramente el millón de habitantes, la ciudad tiene aproximadamente un árbol por cada 5,4 personas. Para cumplir con la recomendación de la OMS serían necesarios cerca de 337.000 árboles, es decir, más de 150.000 adicionales a los existentes.
La situación se vuelve todavía más preocupante al revisar la cobertura arbórea urbana. “Actualmente apenas alcanza el 11,47 % en áreas públicas, muy lejos del 40 % que organizaciones como American Forests consideran ideal para ciudades cálidas. Aunque en los últimos años Cartagena ha vivido las jornadas de siembra más grandes de su historia reciente, la meta sigue estando distante”, explica.

Por eso, en Cartagena, la sombra no representa un lujo, sino una necesidad. No es lo mismo recorrer la Avenida Pedro de Heredia bajo el sol del mediodía que hacerlo por una vía cubierta de árboles. Tampoco es igual esperar un bus o detenerse en un semáforo bajo temperaturas sofocantes que hacerlo en un espacio donde exista sombra y brisa.
Con esa idea en mente, Jorge Sánchez plantea cómo algunos puntos estratégicos de la ciudad podrían transformarse mediante una arborización adecuada, priorizando especies nativas del bosque seco tropical y funcionales, más allá del uso de plantas ornamentales. Con ayuda de la inteligencia artificial, se recrearon varios de esos escenarios posibles.
En las playas de Cartagena, por ejemplo, la vegetación podría convertirse en una aliada fundamental contra el calor y la erosión costera. Especies nativas como el mangle zaragoza, la uvita de playa, el cocotero y el icaco, además de rastreras como la batatilla y la verdolaga de playa, no solo aportan sombra y reducen la temperatura de la arena, también ayudan a estabilizar el suelo y producen frutos comestibles. La presencia de estas plantas cambiaría por completo la apariencia de las playas para el disfrute de propios y visitantes.
La avenida Pedro de Heredia también podría convertirse en una vía mucho más fresca. A lo largo de sus cerca de ocho kilómetros, que atraviesan la ciudad desde la bomba del Amparo hasta la India Catalina, en el Centro Histórico, conductores y peatones enfrentan diariamente temperaturas extremas sin poder resguardarse bajo la sombra.

Allí podrían sembrarse especies de porte mediano como el guayacán de bola, el olivo, el oití y la leucaena, árboles capaces de brindar sombra sin interferir con redes eléctricas ni con el alumbrado público.
En el Centro Histórico las limitaciones son distintas porque el espacio para árboles es reducido y además se debe proteger el valor patrimonial del lugar. Sin embargo, existen alternativas como las enredaderas y pérgolas vegetales. La campana cartagenera y la bugambilia podrían cubrir muros y estructuras aportando sombra y color, mientras especies como el acelere ayudarían a refrescar calles altamente transitadas por turistas y residentes.
La arborización de los barrios también aparece como una necesidad urgente. En sectores donde predominan calles estrechas y pequeños jardines, especies como el maíz tostado, el oití y los guayacanes pueden adaptarse sin afectar la infraestructura de las viviendas, aportando frescura, mejorando la apariencia del entorno y llenando de verde estas zonas.
En parques y zonas comunitarias las posibilidades son todavía mayores. Allí podrían sembrarse árboles frutales como guanábana, mamey, mamón, torombolo, papaya y aguacate, además de plantas aromáticas y medicinales típicas del Caribe como albahaca, mejorana y hierba limón. Más allá de refrescar el entorno, estos espacios podrían fortalecer la seguridad alimentaria al permitirle a los cartageneros consumir sus frutos y generar una relación más cercana entre las comunidades y la naturaleza.
“Si alguien coge un mango de un árbol, quizás esa tarde ya no compre una gaseosa”, comenta Sánchez.
La discusión también ha llegado al Centro Histórico, luego de conocerse la intención de la Alcaldía de sembrar árboles en sectores cercanos. Sánchez considera que cualquier intervención debe hacerse con extremo cuidado para evitar afectar la conservación de este patrimonio histórico. Por ejemplo podrían sembrarse pérgolas con especies trepadoras ubicadas en los bordes de las vías peatonales y pequeños grupos de plantas florales resistentes a las altas temperaturas. Entre las especies sugeridas aparecen la Bignonia magnifica y otras plantas de floración constante capaces de atraer polinizadores, reducir la temperatura y mantener un paisaje visualmente atractivo sin comprometer las estructuras de la ciudad amurallada.
Ante la falta de información técnica adaptada a la región Caribe, el biólogo trabaja actualmente en un manual especializado para el Caribe colombiano que reunirá especies nativas aptas para proyectos de silvicultura urbana, restauración ecológica y recuperación ambiental.
El libro, ganador de la sexta convocatoria interna de la Universidad de Cartagena para la publicación de libros académicos y creación artística, será publicado este año y busca convertirse en una guía para construir ciudades más verdes, frescas y habitables.
