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Bazurto, el grito desesperado de una ciudad

Era un pugilato entre los carros y la gente, donde a falta de autoridad y señales de circulación, este personaje encontró su cuchara de cada día. Pero era un servicio a la brava, sin previo acuerdo, ya que al frenar los autos para no atropellarlo, él aprovechaba y con ademanes imperativos hacía que los peatones cruzaran a “salvo”, después venía el cobro de la mano extendida con una cara de “me pagas o me pagas”, coacción que muy pocos estaban dispuestos a resistir.

Bazurto, que así se llama el mercado público, parece una república independiente, un país caótico dentro de una ciudad que se enorgullece de ser Patrimonio Histórico y Cultural de la Humanidad, donde la democracia encontró su lado perverso. Todos saben que es un sitio que desbordó su capacidad de uso, pero hay demasiados intereses económicos y políticos que impiden su traslado a otro lugar más propicio.

El flujo de personas es constante y abigarrado, no hay ninguna clase de control y la ausencia de políticas de funcionamiento es evidente. Antes de entrar, esto es sólo un decir, porque “entrar” lo haces desde que te bajas del transporte, te tienes que enfrentar a un laberinto de motocicletas, que en lenguaje de subdesarrollo se denominan “mototaxis”, solución precaria a un desempleo cabalgante, que ningún gobernante local ha querido enfrentar, quizás por el costo en las urnas a la hora de las elecciones, esto sin tener en cuenta que el 80% de los crímenes que se cometen en la ciudad tiene la participación de un vehículo de esta naturaleza. Lo cierto es que el chorizo que forman las motos es impresionante. Cada quien hace lo que le da la gana, en pocos minutos puedes ver todas las infracciones habidas y por haber en cualquier código de tránsito del mundo.

Después, si has resultado ileso en tu papel de torero espontaneo de carros, mototaxis, buses, “zapaticos” (así le llaman a unos taxis en miniatura, igual o más desordenados y peligrosos que las motos), cualquier cosa que tenga ruedas y sirva para llevar bultos, etc., debes prepararte para el acoso terrible de los vendedores ambulantes que te ofrecen mandarinas, bananas, galletas, agua, manzanas y todo lo inimaginable que se pueda vender. Es un Vietnam de la supervivencia, eres un Leónidas en Las Termopilas, y el truhán tras tuyo ofreciéndote a precio de robo un destornillador multiusos, un reloj de última hora, una cadena de oro caza idiotas, un vendedor de jugos con toda la higiene imposible, el gran “éxito” del Rey de Rocha (un equipo de sonido más grande que el Castillo de San Felipe) y tú disparando noes cada cinco segundos, y te tropiezas con las mesas de los vendedores de minutos con celulares de dudosa procedencia, cds piratas en improvisadas discotecas, rodeadas de una nueva generación de enajenados que llevan el sello del “puro vacile efectivo”, más conocidos vulgarmente como “champetuos”, y basura y más basura, que brota a cada instante ahogándolo todo. Pero si crees que evadiendo esta primera presión estás liberado, te equivocas terriblemente. Allí pronto te emboscan los vendedores de ropa con todas las marcas legalmente clonadas y los vestidores al aire libre bajo la sofocante canícula de julio, entonces descubres que estos malabaristas del espacio público tienen sus propias técnicas para saber si un jean es de tu talla con sólo colocarlo alrededor de tu cuello, y si decides llevarlo te aplican el nada novedoso sistema de precios “depende el marrano” donde tú, obviamente, eres el choncho engordado.

Sacas tu pañuelo, si aún no te han metido mano en los bolsillos, secas el sudor que te cubre la cara, y de pronto estás frente a un tunante con una mesa, tres tapas de salsa de tomate y una pimienta de olor que invita al hijo bobo de alguien, con un anzuelo cantado diciendo: “Dónde está la bola, dónde está la bolita”, y ya te diste cuenta donde la metió y te vuelves un mar de dudas haciendo cuentas con tu bolsillo, quién quita que uno sea el tal hijo avispado, entonces aparece “alguien” que apuesta un billete de veinte y gana el doble, “huepucha, si yo sabía”, te dices para dentro. Cuando estás apunto de arriesgarte, los manes agarran su “escritorio” y salen como alma que lleva el diablo perdiéndose entre el hormiguero. Aparece un señor lloroso con dos policías reclamando por una plata que trajo del pueblo para comprar unas medicinas veterinarias, “ponga la denuncia”, le recomiendan estos genios vestidos de verde. Al rato no queda nadie para echar el cuento y todo listo para la próxima historia anónima, y el empujón de una gorda que se abre paso con una canasta descomunal y un “¿qué te pasa?” a quemarropa para que sigas tu camino, que es ninguno, porque esta colmena se coloniza todos los días, y el paso de ayer, hoy es el puesto de venta de cualquiera que haya caído en cuenta que esto es una tierra donde impera la ley del más vivo, el más fuerte o el más inescrupuloso.

En un momento determinado te preguntas ¿qué estás haciendo allí?, porque verdaderamente no recuerdas qué carajos viniste a comprar. Eres un sonámbulo que camina inmerso en una corriente que te lleva a placer, es una fuerza viva que te desplaza a su antojo por todas las arterias malignas del comercio informal, y debes tener estómago de estudiante de medicina para salir con vida de la zona de venta de pescado, donde el piso es un jabón que te puede matar y la hedentina te deja sin alma porque pareciera que el mismísimo averno se te hubiera metido muy adentro;  te llenas de pavor ante esos enormes cuchillos que destazan lo que se les cruce, entonces agradeces al primer santo del que te acuerdas (¡no, ése Santos no!) por ser una persona de paz, y literalmente huyes para ponerte a salvo no sabes bien de qué.  Te detienes a tomar aire recostado a una pared de tablas, paseas la mirada y puedes apreciar una hilera de cantinas de mala laya, con sus meseras que parecen haberse peleado con las ropas y unos traseros descomunales que se disputan la clientela, que a esa hora de la mañana está compuesta por mayorista de cualquier producto, el prestamista que espera los intereses de su veinte por ciento, el alcoholizado, el ganador del chance de la noche anterior o el cabecilla de alguna banda de delincuentes. También notas la presencia de los “jíbaros” que parecen unos gatos a la caza del adicto y salen presurosos a buscar las dosis escondidas en caletas a la vista de todo el mundo. Haces un inventario a tu cuerpo y a tus pertenencias y das gracias a Dios, a pesar que eres ateo,  porque todavía estás intacto. Una modelo de Aguaslimpias  se te acerca y coquetea contigo, pero tú sólo deseas algo frío para equilibrar el calor que te hierve por dentro. Le dices que quieres una cerveza nada más y ella va a buscarla disgustada por el “nada más”. Al primer trago te da por filosofar sobre la inteligencia humana y no te explicas qué le sucede a los habitantes de esta ciudad, cómo pueden convivir con una porqueriza en las salas de su casa, y en un momento de auto flagelación reconoces que tú también eres cómplice de esta debacle, por tu falta de compromiso, de dignidad, pues sabes perfectamente que esos falsos patricios que se alzan como salvadores de la urbe, sólo les importa recuperar y aumentar sus inversiones. Tomas otro trago y sientes en la boca algo más amargo que la cerveza, descubres que es el sabor de la vergüenza, de la impotencia. Te pones los ojos de los visitantes y te sonrojas, porque aún tienes restos de decencia contigo. Apuras el resto de la botella y cuando vas a pagar descubres con horror que tu billetera ha desaparecido, entonces escarbas a conciencia en todos los bolsillos y un billete arrugado de dos mil pesos te salva la vida, pues alcanzas a imaginar lo que la lengua viperina de la mesera, que antes te sonría, hubiera podido hacer contigo. Denunciar, ¿para qué? Te acuerdas de los tombos: “ponga la denuncia” y sabes más allá de la ciencia que no recuperarás tu cartera jamás.

Resignado marchas a la Avenida del Lago, parte posterior del mercado, piensas tomar un taxi para que lo pague tu mujer cuando llegues a casa. Al acercarte al borde de la carretera recibes el ramalazo de una fetidez desesperante y no te explicas cómo puede haber gente comiendo en los improvisados cambuches que muy rimbombantemente llaman restaurantes. Aguantando la respiración en lo posible detienes la mirada en una bandada de alcatraces enfermos, gaviotas sucias de fango y mariamulatas carroñeras, que se pelean los desperdicios arrojados por los venderos de toda índole y te preguntas si esta escena no es una alegoría de la vida en tu ciudad. Con esta reflexión paras un taxi y subes a él con la miseria de Bazurto pisándote los talones.

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* Juan Carlos Céspedes: narrador y poeta cartagenero, forma parte del Movimiento literario la Generación Fallida. Dirige la revista virtual La UrraKa y el Festival de Poesía Erótica de Cartagena de Indias. Autor de los poemarios: Siddartha, el viajero de los pies de aire; La lucidez del contaminado; La Herencia del Peregrino, entre otros. Este artículo apareció en la revista Cabeza de Gato, y fue cedido por su autor.

 

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