¿Cuál es la relación entre la navidad y el problema más grave que vive la ciudad, al que el discurso de la policía denomina la convivencia?
Si nos guiamos por el significado de las palabras, encontramos que “navidad” se origina del verbo nacer y que, a diferencia de su maestro, el filósofo Martín Heidegger, quien llegó a denominar al hombre el “ser para la muerte”, la gran pensadora política Hannah Arendt, ha encontrado que la “natalidad” (el hecho de tener que nacer y comenzar su vida) es junto con la mortalidad, una de las condiciones que determinan las formas que asume la vida en la ciudad, que para ella es la vida en el “espacio común” o político.
Así que ella no se refiere a la “convivencia” de que habla la policía, una especie de llamado a la cortesía, la templanza, la tolerancia y el respeto mutuo. Pues, como ha dicho el filósofo francés Jacques Ranciere, hay que diferenciar el discurso policíaco, que tiene el fin de convertir el desorden en orden, del discurso político, cuyo fin es mostrar que el pretendido orden que los gobiernos dicen defender es excluyente, deja por fuera del “reparto” de la libertad y de la igualdad a muchos ciudadanos a los que Ranciere denomina, por esta razón, “los sin parte”.
Así que, si reemplazamos el vocablo religioso de “navidad” por el político de “natalidad”, y echamos un vistazo a la historia del siglo que acaba de pasar, encontraremos que la principal característica del ser humano, su capacidad de acción política, de cambiar las formas de vida degradantes, y junto con ellas el desprecio, la venganza, el odio, la envidia de la vida en común, tal como se refleja, por ejemplo, en el pandillismo de los jóvenes actualmente, está relacionada, según Hannah Arendt, con el hecho de la natalidad.
¿Por qué? Ella, dedicada al estudio de los gobiernos totalitarios, encontró que estos trataban de anular la capacidad del ser humano de “comenzar”, es decir, de proponer nuevas ideas que transformen la miseria de las sociedades en las que nacen. En efecto, el ser humano nace, según decía San Agustín, en el cual se basa Arendt, “para que haya un nuevo comienzo”. Arendt transforma este mensaje religioso en discurso político sobre la capacidad de la Acción política, la cual, distinguía de otros dos tipos de actividades, con las que suele confundirse, a saber, la labor y el trabajo.
Hoy los gobiernos autoritarios, al servicio de las políticas de desregulación del mercado mundial exigida por las grandes corporaciones financieras y empresariales internacionales, les han dado a ellas funciones y responsabilidades que desempeñaba antes el Estado y que anulan la capacidad de acción política de los ciudadanos, con lo que se ha producido un declive de la vida púbica y ha desaparecido el espacio público, lo que Arendt denominaba el “entre” que debe existir entre un ciudadano y el otro, basado en el mutuo respeto. Ahora bien, lo que hacen las pandillas o bandas juveniles entre nosotros es precisamente apoderarse de las ruinas del espacio público o común, impedir que aparezcan en ellos los ciudadanos, prohibir el paso por ciertas zonas vedadas.
Y se ha vuelto común que los neurólogos achaquen esos delitos a problemas neuronales ocasionados por la droga y el licor y el lenguaje policíaco los atribuya a la “falta de convivencia”, sin tener en cuenta este tercer punto de vista, de la filosofía política, que observa al pandillero como una expresión de ciudadanía fallida.